Posteado por: Juan | marzo 30, 2010

Jesús: el Poder, la Sabiduría y el Amor de Dios

“En verdad te digo que nadie puede ver el Reino de Dios sin haber nacido de nuevo desde arriba” Juan 3: 3

jesus



El gran desafío que enfrenta el cristianismo hoy es uno de  re-interpretación. El piso de la fe ha cambiado. Necesitamos un nuevo tipo de conciencia que nos permita percibir la centralidad de Jesús en el contexto de la Nueva Historia que el descubrimiento científico está revelando. La nueva cosmología nos ofrece una interpretación diferente de cómo el mundo llegó a ser. Esta nueva comprensión inevitablemente plantea cuestiones acerca de la validez de las respuestas dadas por los relatos cosmológicos que prevalecían cuando todas las grandes religiones, incluyendo el cristianismo, se fundaron hace algunos milenios.

Durante los últimos dos mil años, hemos vivido con una interpretación de la vida y la muerte de Jesús, que tenía perfecto sentido en el contexto de la Historia Grande de la Cosmología de lo cual fue escrito el Antiguo Testamento. El núcleo de esta historia es capturado en los primeros capítulos del Génesis. Adán y Eva fueron una creación especial de Dios, fueron colocados en una posición de poder y privilegio, que desobedecieron órdenes de Dios, fueron expulsados del Jardín de Edén, las puertas del cielo se cerraron en su contra. Fueron condenados a vivir en la Tierra en un estado de alienación de Dios, con la terrible posibilidad de la alienación eterna en el más allá. Ellos se mantuvieron en su lucha por la promesa de que un redentor vendría para recuperar el favor de Dios para ellos y abrir las puertas del cielo una vez más.

La Nueva Historia Cosmológica, que la Sabiduría Divina nos ha revelado a través de los descubrimientos de la ciencia, presenta una imagen muy diferente de cómo los seres humanos llegaron a estar en la Tierra. No somos una creación especial no relacionada con todas las otras especies que han aparecido en los muchos eones de la historia biológica de la Tierra. Nuestra historia comenzó con la primera irradiación del Universo 13,7 mil millones años atrás. Cada átomo minúsculo de nuestro cuerpo comenzó su viaje a la complejidad en una explosión de energía y posibilidad. Como organismos vivos, somos parte de la historia evolutiva que se inició con la aparición de la vida bacteriana en la Tierra hace casi cuatro millones de años, y que ha llegado al punto ahora en que los seres humanos nos hemos convertido en la conciencia del Universo.
En todo y cada segmento de esa historia, se manifiesta el poder creador de Dios. Cada ser vivo es una manifestación única de Dios. Dios no “creó” el Universo tanto como “convertirse” en el Universo. Y nosotros, todos nosotros, formamos parte del proyecto. Nosotros los humanos somos manifestaciones de lo Divino. De hecho, todo en la creación vibra con la potencialidad Divina.
Porque la historia del universo es la historia del despliegue Divino, es muy apropiado que Jesús hubiera nacido como una expresión única de este divino desenvolvimiento. Jesús era el producto de casi cuatro mil millones años de evolución. Él “puso su morada entre nosotros” en un corto período de la historia humana, pero su encarnación estaba 13.7 mil millones de años en preparación. Vivió en Palestina durante treinta años. Sus contemporáneos no tuvieron dificultad en aceptarlo como un ser humano como ellos. Sus seguidores lo veían como una persona muy especial, alguien en quien la sabiduría, la belleza y el amor de Dios se manifestaban en una forma eminente. Jesús revelaba un rostro nuevo de Dios. En Jesús, el Dios del amor y de la misericordia tuvo preeminencia sobre el Dios bíblico del temor y de la justicia.

Jesús les reveló una nueva forma de ser en la Tierra. Llegó a ser para ellos una revelación poderosa del Amor y la Sabiduría de Dios. A través de su manera de ser en la Tierra, demostró cómo vivir la auto-consciencia sensible. Desafió las costumbres de su tiempo, proclamando los valores del Reino de Dios sobre y contra los valores del Reino de César. Su vida y su predicación eran consideradas como subversivas por los agentes de poder de su época. Fue ejecutado por una alianza de intereses políticos y religiosos que consideraba ventajoso silenciarlo.
Jesús nunca dijo que su muerte era necesaria para abrir las puertas del cielo. Nunca dijo que su Dios tuvo que ser apaciguado por la inmolación sangrienta de su propia vida. Predicó con el ejemplo de la importancia de vivir con integridad. Murió creyendo que el amor todo lo vence, y que los humanos solamente pueden vivir auténticamente cuando aprendamos a amar con pasión, en su totalidad, inclusivamente y sin condiciones. Este fue el sentido de su vida. Esta fue la receta de la salvación que ofreció a la gente cansada de la vida superficial.

Lo que el mundo necesita hoy día es:

  • Una espiritualidad que da sentido a la vida con todas sus luchas y sus incertidumbres.
  • Una nueva comprensión de lo que significa ser libre
  • La liberación de la tiranía del miedo, el odio y la hostilidad
  • La comprensión y aceptación de nuestra condición de ser la consciencia del Universo
  • Un vibrante sentido de lo sagrado que nos motive a respetar toda la creación, y de vivir en armonía con toda la vida
  • Una generosidad de corazón nueva que desafía nuestra codicia y abre nuestros corazones a la llamada de los pobres y los necesitados
  • La fuerza para oponerse a lo que es destructivo del planeta y sus colonias preciosas de vida.
  • Una nueva conciencia de la centralidad del amor para toda la vida.

Jesús era uno en el que la Presencia Divina se manifestó claramente. Teniendo en cuenta todos estos factores, es evidente que Jesús inauguró una nueva forma de ser sobre la Tierra:

  • una nueva forma de estar con el Divino Misterio
  • una nueva forma de ser con los demás
  • una nueva forma de estar con uno mismo
  • una nueva forma de reverenciar a toda la creación

Jesús vivía esta nueva forma de ser con absoluta integridad. Se mantuvo firme a pesar del rechazo, el abandono, la tortura y la muerte.

Y aquí está el gran misterio de su vida. En el momento de su muerte, un momento de total rechazo y abandono, en ese punto de intersección entre dos mundos, la Energía Divina se apoderó de su ser, revelándolo como el Cristo, el Ungido de Dios. Esta fue la aprobación divina de todo lo que él predicó y todo lo que prometió a sus discípulos. En los años inmediatamente después de su muerte, los discípulos de Jesús llegaron a ser conocidos como los seguidores del Camino – el Camino de Jesús – su forma de ser en el mundo.

Para vivir esta nueva forma de ser es necesario nacer de nuevo, entrar en un nuevo tipo de conciencia de lo que significa vivir en armonía con el Divino Misterio. A través de esta nueva conciencia nos convertimos en una nueva creación. Convertirse en una nueva creación no es ajeno a nosotros. Hay en cada uno de nosotros un gen divino, una capacidad para la grandeza, la capacidad de transformarse en Misterio Divino, estar “llena de la plenitud absoluta de Dios” Efesios 3,19.

Preguntas para reflexionar

1. ¿Qué inspiración puedo rescatar de “El camino de Jesús”?
2. ¿Cómo es el camino de Jesús relevante para nuestro mundo?
3. ¿Qué aspecto de la vida de Jesús me habla más claramente?
4. ¿Qué imagen de la Divina Misterio despierta en mí Jesús?
5. ¿Cómo puede Jesús ser una fuente de curación para las personas y para el propio planeta?

Orar una Nueva Historia
Michael Morwood

Creemos en una Presencia sosteniendo, vivificante,
activa en nuestro universo durante los miles de millones de años
desde el primer momento de su existencia.
Trabajando dentro y con lo que estaba allí,
esta Presencia tenía expresión visible
en la formación de estrellas
y las galaxias
y los planetas,
rocas y gases,
agua y el suelo,
los seres vivos
y de nosotros mismos como forma de vida
con la conciencia y el reconocimiento
de esta Presencia.

Nos maravillamos de la vida,
sin saber dónde y cómo comenzó
ni cuando y cómo llegó a este planeta.
Celebramos a nosotros mismos como una forma de vida dando
a la Fuente de todo lo que existe
una expresión única
en nuestra conciencia,
en nuestra inteligencia,
y en nuestra capacidad para comunicarnos.

En nosotros, esta fuente puede cantar y bailar,
escribir y hablar,
amar y crear, mantener y nutrir.

Le damos carne y hueso,
expresión visible,
a este último Misterio.
Somos vasijas de barro que contienen un tesoro,
“Obras de arte”,
“Templos” del Espíritu de la Vida.

A través de la historia humana,
hombres y mujeres han dado una expresión maravillosa a
este Espíritu
ofreciendo sabiduría acerca de la existencia humana
y nuestra conexión
con la fuente de todo lo que existe.

Jesús es la historia que nos reúne
para dar gracias.
Humano como nosotros
discernía donde encontrar la Fuente:
en la interacción humana,
en alimentar,
en cuidar,
en abrigar,
en visitar,
en compartir,
en perdonar,
en ser vecino.

Instó a las personas
a trabajar juntos para establecer
el “reino de Dios”
por la generosidad incondicional,
mediante la eliminación de los límites entre las personas,
y trabajando por la paz y la justicia,
en todas las actividades humanas.

Recordamos su compromiso total
a vivir plenamente y amar totalmente
y su fe es un Dios en que se puede confiar
cualquiera que sean los azares que la vida podría tener en este mundo imperfecto.

Ante el fracaso, el abandono y una muerte humillante
Jesús se mantuvo fiel a su creencia
en una conexión constante y eterna
entre la vida y el amor humano
y la fuente de toda existencia.
Murió en esa creencia,
y de una manera que no entendemos.
Murió en esa fuente,
en el Espíritu que había llegado a ser visible en él.
Damos nuestro “Amén” a su creencia de
que cuando vivimos en el amor
vivimos en Dios y Dios vive en nosotros.


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