Posteado por: Juan | marzo 31, 2010

El Corazón Secreto del Cosmos – Brian Swimme

Aunque el descubrimiento del lugar de nacimiento del universo es el mayor hallazgo científico del siglo veinte, o de todos los tiempos, no alcanzará su sentido pleno hasta que se haga vida dentro de nosotros. El descubrimiento mismo no fue el resultado de una acción automática o accidental, sino del esfuerzo sostenido de millones de seres humanos. Así también sucede con su significación. Es fácil que cualquiera se sienta momentáneamente deslumbrado o fascinado con los meros datos del nuevo relato del universo; pero otra cosa es absorberlo en el centro del propio ser. Los hechos mismos no son suficientes; lo que se necesita es “encarnación”. Es necesario transformar la forma de la humanidad de hoy a formas de humanidad congruentes con los modos del universo. Tal reeducación tendrá lugar solamente en aquellos individuos que tengan el coraje, la imaginación y la energía necesarias para emprender el camino. Estudiar la nueva cosmología es transformar la conciencia de las percepciones más deprimentes de tal transformación; es darnos cuenta de lo eficientes que hemos sido en aislarnos, a nosotros de todo contacto con el universo. Considérense, por ejemplo, los billones de galaxias. Hemos aprendido tantas cosas asombrosas sobre las galaxias del universo y, sin embargo, ¿cuántos de nosotros tenemos alguna experiencia directa de las galaxias? Ciertamente algunos de nosotros estudiamos las galaxias en la clase de ciencia, pero sin un encuentro primario con una galaxia, ¿de qué sirve tal conocimiento abstracto? Para aprender realmente sobre las galaxias y sobre el lugar de nacimiento del universo, necesitamos luchar con esta situación en que nuestras vidas y las vidas de nuestros hijos se hallan casi completamente encapsuladas en un entorno artificial. No sugiero ahora volver a modos de vida primitivos, ni a rechazar la tecnología, ni a una fantasía romántica de volver a la naturaleza, abandonando las ciudades y viviendo en “comunas”. El primer paso es, simplemente, tomar conciencia. Lo que necesitamos es el simple reconocimiento de que si nos privamos del contacto directo con las fuerzas numinosas que pueblan el universo, estamos escogiendo una existencia recortada.

EL ASOMBRO REVERENCIAL

En Toronto, Canadá, existe un gran edificio, el Skydome. Una suerte de pequeño universo autosuficiente. En su interior, los hombres ” nunca ven el cielo inmenso o el sol ardiente; nunca huelen la dulce tierra o tocan la rugosa corteza de los árboles; nunca escuchan el viento en los campos ni el chasquido de un pez al saltar de un lago al atardecer” . Frente a este aislamiento sin Tierra ni Cielo, el cosmólogo nos propone recuperar el asombro reverencial…

Si usted nunca tuvo la experiencia de una galaxia, tiene enfrente una de las grandes oportunidades del universo. Todo lo que se necesita es viajar unos cincuenta kilométros para alejarse de la polución urbana. Si vive en el campo, mejor aún, porque ya está allí. Vaya con algunas amistades… y tan pronto anochece acuéstense de espaldas para contemplar el camino de luz lechosa que corre desde el horizonte a través del firmamento entero hasta el lado opuesto del mundo. Esta es la galaxia de la Vía Láctea, nuestro hogar. En un sentido profundo, sabemos muy poco sobre el universo, apenas conocemos el oscuro pasado, y muy poco del futuro que vendrá. Pero sabemos que mientras contemplamos este gran camino nebuloso que nos rodea en la noche, entramos en una experiencia que miles seres humanos compartieron a lo largo del tiempo. Desde cada lugar del planeta, en cada período de la historia, los seres humanos han sentido admiración reverencial al contemplar esta gran luz que rodea el planeta. El principio y el fin de la existencia humana es ese asombro reverencial. Compartimos eso con los innumerables seres humanos que antes de nosotros fueron subyugados por la belleza nocturna. Nuestros ancestros tenían modos de explicarse lo que significaba. Y también nosotros tenemos ahora una forma, una nueva forma, de explicar lo que hay alli. Pero siempre es fundamental el asombro. Y si la explicación es buena, la admiración crecerá. El fin principal de nuestras explicaciones no es anular el asombro, sino llevarnos a un conocimiento más íntimo de los misterios que nos rodean y que nos conducen aún más profundamente al océano de bellleza en que nos encontramos. Durante el periodo moderno, nos hinchamos tanto con nuestro sentido de superioridad por las explicaciones científicas del universo, que ni siquiera nos dimos cuenta de que habíamos dejado de asombrarnos por las estrellas. Parecía razonable dejar de prestar atención al cosmos. ¿Por qué asombrarse de algo cuando estábamos convencidos de que era solo una máquina? ¿Por qué prestarle tanta atención cuando teníamos a los matemáticos que lo explicasen? Considerábamos una explicación científica como algo que quitaba el misterio, ¡ así que llegamos a creer que las explicaciones científicas de los fenómenos eran más importantes que los fenómenos mismos! Si uno cree eso, pronto estará viviendo en el Skydome. El principio y el fin es un encuentro primario con el gran abismo de belleza que llamamos universo. No tener esos momentos de admiración, no preguntarse acerca de tal majestad, no vivir cada día -!al menos por un momento!- flotando dentro de un misterio colosal e íntimo, es vivir una vida carenciada. Aún más: es vivir una vida vulnerable a distorciones fundamentales. Mientras reposamos de espaldas fascinados por la gran Via Láctea sobre nosotros, podemos pensar sobre nuestros descubrimientos recientes para profundizar este encuentro. Ninguno de los miles de millones de seres humanos que nos precedieron pudieron experimentar la Vía Láctea como podemos hacerlo hoy. Porque cuando contemplamos el sendero de luz difusa que se extiende a través del cielo, sabemos que ésta proviene de los 300.000 millones de estrellas de la Vía Láctea.

LA GALAXIA MANTARRAYA

No sólo las nubes del cielo flotan. El planeta y la galaxia también se suspenden de una manera grácil, susurrante, en el vacío. Por eso, Swimme nos manifiesta que…

…yo prefiero pensar en la galaxia de la Vía Láctea como una gigantesca mantarraya. La mantarraya es un pez con un cuerpo achatado, un ligero abultamiento en el centro, y dos grandes aletas con las que se impulsa a través del océano. La principal ventaja de usar la mantarraya como una metáfora de la Vía Láctea, es que ésta al igual que aquella no está apoyada en nada. La Vía Láctea se desliza sin esfuerzo a través del oscuro universo, así como la mantarraya vaga ingrávida por los mares.La Tierra está ubicada a dos tercios de radio desde el centro, dentro de uno de los largos y delgados brazos de la galaxia. Dado que nos movemos dentro de esta mantarraya galáctica, de noche vemos estrellas en todas direcciones, pero cuando nuestra línea visual intersecta el plano del cuerpo principal de la Vía Láctea vemos muchas más estrellas, tantas que su luz se combina en un sendero luminoso sobre nosotros. Este sendero rodea la Tierra entera. No podemos verla durante el día por la deslumbrante luminosidad del Sol. Pero mientras yace de espaldas, imaginándose a la Tierra dentro del cuerpo de la galaxia y el camino brillante que se extiende de un horizonte al otro a través del firmamento, puede empezar a experimentar la Tierra flotando dentro de es cuerpo, la Vía Láctea, que a su vez flota en el gran universo. Ahora necesitamos hacer el intento de alterar los patrones básicos de conciencia que han sido implantados en la línea de los primates desde hace, al menos, setenta millones de años.

Mientras usted descansa sobre la espalda contemplando la Vía Láctea, advierta que un presupuesto implícito en la experiencia es que uno “mira hacia arriba, a las estrellas”. Esta actitud inconsciente tiene una raíz biológica, porque los primates tienen la direccionalidad arriba-abajo cuidadosamente codificada en su funcionamiento orgánico. Un chimpancé que se despierta en la noche precisa orientarse inmediatamente en el sentido vertical. Dicho de otro modo, todos los chimpancés prehistóricos que necesitaban más de un par de segundos para darse cuenta donde era arriba y abajo, han hallado la extinción por mera caída. Un mayor fortalecimiento de nuestro sentido de arriba-abajo está en el código cultural elaborado durante milenios en el sentido de que las estrellas, el cielo y Dios están “arriba”, y la Tierra está “abajo”. Incontables generaciones de seres humanos consideraron la Tierra como el lugar fijo en el centro del universo, alrededor del cual giraban los cielos. Tal visión del mundo simplemente expresa la orientación biológica implícita de todos los primates. Si un orangután pudiera hablar, también él diría que las estrellas están alto y lejos, arriba en el cielo; y si de noche se acostara sobre el lomo en la gramilla, de igual forma pensaría que mira hacia arriba a las estrellas. Pero, ¿qué hacemos ahora cuando nuestro conocimiento trasciende los presupuestos genéticos y culturales respecto al “arriba”? ¿Cómo orientarnos en el universo ahora que sabemos que una Tierra cuasi esférica gira alrededor del Sol, y que ese Sol es una estrella similar a los otros 300.000 millones de estrellas de la Vía Láctea, y que la idea de “arriba”, que podemos experimentar en la Tierra, no tiene nada que ver con la dinámica de la galaxia cuando impulsa las estrellas en sus grandes órbitas?

POR ENCIMA DE LAS ESTRELLAS

Por eso, por lo dicho anteriormente, acaso podríamos imaginar a la tierra y a las estrellas abajo, muy por debajo de nuestro cuerpo leve, suspendido. Y entonces…

… imagínese penetrando en el gran abismo del cielo nocturno. Si su imaginación es lo suficientemente fuerte, puede entrar rápidamente en una nueva experiencia. De otra manera, podría tomar algún tiempo, pero el momento llegará, en una rápida reorganización de los hechos, cuando todas esas estrellas se experimenten como abajo, muy, muy abajo, y el asombroso sentimiento que acompaña esta experiencia será de sorpresa porque no se está cayendo para unirse a ellas. Porque uno ciertamente no cae. Uno se desplaza en el espacio, observando el tesoro de estrellas, suspendido allí por un vínculo invisible con la Tierra. La fuerza gravitatoria de la Tierra lo sostiene, y uno percibe la fortaleza de este vínculo en la presión que se siente en los hombros, y a lo largo de la espalda, nalgas y piernas. Generalmente atribuimos esta presión a nuestro “peso” pero, en un sentido científico estricto, ningún objeto tiene peso intrínseco propio. Más bien, todos los cuerpos pueden establecer interacciones gravitacionales; y para nosotros, la interacción dominante que sentimos es con la Tierra. No se trata de que un peso intrínseco nos mantiene aquí, porque si la fuerza gravitacional de la Tierra y del Sol desaparecieran súbitamente saldríamos disparados, con una velocidad progresivarnente creciente, hacia ese oscuro abismo de estrellas debajo de nosotros. No se trata de peso. Es la atracción de la Tierra la que nos mantiene suspendidos sobre las estrellas. Y estando allí, tendido, sintiéndose volar dentro de este vínculo gravitacional mientras mira hacia abajo a los millones de estrellas que titilan en la infinita profundidad del espacio, usted habrá ingresado en una experiencia del universo que no es solamente humana y no es solamente biológica. Entra en una relación desde una perspectiva galáctica, convirtiéndose, por un momento, en parte de la Vía Láctea, experimentando cómo es ser la Vía Láctea. El sendero blanquecino que contemplamos soñadoramente tiene el poder de los dioses. El destino de nuestra Tierra, de nuestro Sol, de los planetas y de nuestros propios cuerpos es controlado por esa Vía Láctea que surca el cielo nocturno. Ese camino lechoso hace viajar a nuestro sistema solar completo, como en la punta de una cuerda que gira, a una velocidad de 324 kilómetros por segundo (1.166A00 km/h) alrededor del borde exterior de la galaxia. Mientras uno descansa allí y cuenta hasta veinte, todos los animales, los bosques y la Tierra entera, Júpiter, los asteroides e incluso el gran Sol son arrastrados a una distancia igual al ancho del continente norteamericano. Muchas veces pienso que si yo pudiera levantar una tonelada de ladrillos y arrojarlos a medio metro, estaría en todas las pantallas de televisión del mundo.

Pero la Tierra es mil trillones de veces más pesada que una tonelada de ladrillos, y el Sol un millón de veces más grande que la Tierra. Y todo eso no es simplemente levantado y arrojado un poco más allá, sino que es impelido a 324 kilómetros por segundo cada segundo del día, todo el día, todo el año, por ya cinco mil millones de años. El origen de tal fuerza titánica es ese brillante camino blanquecino que contemplamos mientras la Tierra nos sujeta suspendidos sobre su inmenso poder. ¿Por qué la gente querría verme levantar una tonelada de ladrillos si pueden observar cada noche una fuerza mil cuartillones de veces superior? Los modernos hemos afirmado algunas cosas muy cuestionables sobre el gran avance que representan los seres humanos de perspectiva científica. Caer en los conceptos remanidos sobre las limitaciones que tenían las gentes primitivas es un error en que fácilmente podría incurrir un consumidor. Es decir, no tenían lavavajillas, Chevrolets o computadoras Apple. Pero sí comprendían algo central que se nos escapa a nosotros los modernos y posmodernos. Nos hemos olvidado de lo que era y, peor aún, nos hemos olvidado de que hemos olvidado. Los primitivos, en su trabajo de orientarse dentro de las grandes fuerzas determinantes del universo, lograron una paz que apenas podemos barruntar. Tenían escasa tecnología, carecían de electrodomésticos, eran de mil modos vulnerables, pero vivían en una forma de conciencia que superaba en mucho lo que normalmente experimentamos en nuestras vidas diarias dentro de nuestras jaulas industrializadas. Cada mañana despertaban a una realidad que solemos experimentar sólo en sueños, cuando somos llevados a una gran aventura que involucra al universo entero. Si no sabemos qué era lo que experimentaban, podemos esperar que, a medida que desarrollamos nuestras relaciones cosmológicas con los poderes del universo, también nos despertemos algún día en un mundo encantado, en el cual tenemos un papel que desempeñar y en el cual podemos hablar a nuestros hijos sobre la profundidad de las cosas. (*)

(*) Fuente: Todas las citas de Brian Swimme, El corazón secreto del cosmos, Buenos Aires, Ediciones San Pablo.


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