Posteado por: Juan | abril 4, 2010

La Tarea Grandiosa – Thomas Berry


La historia está gobernada por aquellos movimientos abarcadores que dan forma y significado a la vida al relacionar la aventura humana con los destinos más grandes del universo. Crear tal movimiento puede ser llamado el Trabajo Grandioso de un pueblo. Ha habido Trabajos Grandiosos en el pasado: el Trabajo Grandioso del mundo de la Grecia clásica con su comprensión de la mente humana y la creación de la tradición humanística Occidental; el Trabajo Grandioso de Israel al articular una nueva experiencia de lo divino en los asuntos humanos; el Trabajo Grandioso de Roma al reunir a los pueblos del mundo Mediterráneo y de la Europa Occidental en una relación ordenada unos con otros. Así también en el periodo medieval existió la tarea de dar una primera forma al mundo Occidental en su forma Cristiana. Los símbolos de este Trabajo Grandioso fueron las catedrales medievales alzándose tan graciosamente hacia los cielos desde la región del antiguo imperio Franco. Ahí lo divino y lo humano podían hacerse presente el uno al otro de una manera grandiosa.

En la India el Trabajo Grandioso fue conducir al pensamiento humano a las experiencias espirituales del tiempo y la eternidad y su mutua presencia de uno en la otra con una única sutileza de expresión. La China creo una de las más elegantes y más humanas de las civilizaciones humanas que hayamos conocido nunca como su Trabajo Grandioso. En América el Trabajo Grandioso de los Primeros Pueblos fue ocupar este continente y establecer una íntima compenetración con los poderes que trajeron a este continente a la existencia en toda su magnificencia. Ellos hacían esto a través de sus ceremonias, tales como el ritual del Gran Agradecimiento de los Iroqueses, el ritual del refugio para sudar y la búsqueda de visión de los Indios de las Praderas, a través de los cantos religiosos de los Navajos y los rituales de los Hopi. A través de éstos y multitud de otros aspectos de las culturas indígenas de este continente ciertos modelos fueron establecidos de cómo los humanos llegan a integrarse con el gran contexto de nuestra existencia aquí sobre el planeta Tierra.

Aunque todos estos esfuerzos por realizar un Trabajo Grandioso han hecho significativas contribuciones a la aventura humana, todos ellos han estado limitados en su logro y llevan las marcas de las profundas imperfecciones humanas. Aquí en Norte América es con un triste sentimiento y con temor respecto al futuro que comenzamos a comprender que la ocupación Europea de este continente, aunque hayan sido admirables sus intenciones, ha sido errada desde el comienzo por su asalto sobre los pueblos indígenas y el saqueo del territorio. Sus logros más impresionantes fueron establecer para los colonos un sentido de derechos personales, el gobierno participativo y la libertad religiosa.

Si hubo también avances en captaciones científicas y habilidades tecnológicas llevando al alivio de muchos de los males y la pobreza de la gente Europea, estos avances estuvieron acompañados por la devastación de este continente en su florecimiento natural por la supresión del modo de vida de sus pueblos indígenas y por comunicarles muchas enfermedades previamente desconocidas, tales como la viruela, la tuberculosis, la difteria y el sarampión. Aunque los Europeos habían desarrollado una cierta inmunidad a estas enfermedades, ellas fueron consistentemente fatales para los Indios, que nunca habían conocido tales enfermedades y no habían desarrollado ninguna inmunidad.

Entretanto los Europeos llegados se entregaron al desarrollo de la nueva Era industrial que había comenzado a dominar a la consciencia humana. Las nuevas realizaciones en la ciencia, la tecnología, la industria, el comercio y las finanzas llevaron a la comunidad humana de hecho a una nueva Era. Pero aquellos que hicieron nacer este nuevo período histórico vieron sólo el lado brillante de estos logros. Ellos tuvieron poca comprensión de la devastación que estaban causando en este continente y a través del planeta, una devastación que llevó finalmente a un callejón sin salida en nuestras relaciones con el mundo natural. Nuestras obsesiones comerciales e industriales han trastornado los biosistemas de este continente con una profundidad nunca conocida previamente en el curso histórico de los asuntos humanos.

El Trabajo Grandioso ahora, a medida que nos adentramos en el nuevo milenio, es llevar a cabo la transición desde un periodo de devastación humana de la Tierra hasta un periodo donde los humanos lleguen a estar presentes en el planeta de una manera que sea mutuamente mejoradora. Este cambio histórico es algo más que la transición desde el periodo de la Roma clásica al periodo Medieval, o desde el periodo Medieval a los tiempos modernos. Esta transición no tiene paralelos históricos desde la transición geobiológica que tuvo lugar 67 millones de años atrás, cuando el período de los dinosaurios llegó a su fin y una nueva era biológica comenzó. Así ahora nosotros despertamos a un período de amplio desorden en la estructura biológica y funcionamiento del planeta.

Desde que comenzamos a vivir asentados en aldeas con agricultura y domesticación de animales algo de diez mil años atrás, los humanos han puesto cargas crecientes sobre los biosistemas del planeta. Estas cargas eran hasta cierto grado manejables debido a la prodigalidad de la Naturaleza, el número limitado de humanos, y su limitada habilidad para perturbar los sistemas naturales. En los siglos recientes, bajo el liderazgo del mundo Occidental, en gran parte con los recursos, la energía física y la inventividad de las personas de Norte América, una civilización industrial llegó a nacer, con el poder de saquear a la Tierra en sus más profundos cimientos, con impresionante impacto sobre su estructura geológica, su constitución química y sus formas de vida, a través de las amplias extensiones de la tierra superficial y los lejanos confines del mar.

Alrededor de 25.000 millones de toneladas de tierra fértil son ahora perdidos cada año con consecuencias incalculables para la provisión de alimentos de las futuras generaciones. Algunas de las más abundantes especies de vida marina han llegado a ser comercialmente extintas debido a la sobre-explotación por las flotas de pesca industriales y el uso de redes de arrastre de veinte a treinta millas de largo y veinte pies de profundidad. Si consideramos las extinciones que tienen lugar en las selvas tropicales de las regiones del sur del planeta junto con las otras extinciones, encontramos que estamos perdiendo un gran número de especies cada año. Mucho más puede decirse en lo concerniente al impacto de los humanos en el planeta, los trastornos causados por el uso de los sistemas de los ríos para la “eliminación” de los desechos, la contaminación de la atmósfera por la quema de combustibles fósiles, y los desechos radioactivos que resultan de nuestro uso de la energía nuclear. Todas estas alteraciones del planeta están llevando a la fase terminal de la Era Cenozoica (N. del T.: la Era geológica que comenzó hace 55 millones de años atrás). La selección natural ya no puede funcionar como ha funcionado en el pasado. La selección cultural es ahora una fuerza decisiva en la determinación del futuro de los biosistemas de la Tierra.

La causa más profunda de la presente devastación se encuentra en un modo de consciencia que ha establecido una discontinuidad radical entre lo humano y otros modos de ser y la concesión de todos los derechos a los humanos. Los modos de ser diferentes de lo humano son vistos como no teniendo derechos. Ellos tendrían realidad y valor sólo a través de su uso por lo humano. En este contexto lo diferente de lo humano llega a ser totalmente vulnerable a la explotación por lo humano, una actitud que es compartida por todos los cuatro establecimientos fundamentales que controlan el reino humano: los gobiernos, las corporaciones, las universidades y las religiones – los establecimientos político, económico, intelectual y religioso. Todos los cuatro están dedicados consciente o inconscientemente a una radical discontinuidad entre lo humano y lo no humano.

En realidad hay una única comunidad integral en la Tierra que incluye a todos sus miembros componentes, ya sean humanos o diferentes de lo humano. En esta comunidad todo ser tiene su propio papel que cumplir, su propia dignidad, su espontaneidad interna. Todo ser tiene su propia voz. Todo ser se declara a sí mismo al entero Universo. Todo ser entra en comunión con otros seres. Esta capacidad para la relación, para hacerse presente a otros seres, para la espontaneidad en la acción, es una capacidad poseída por todo modo de ser por todas partes del Universo.

Así también todo ser tiene derecho a ser reconocido y reverenciado. Los árboles tienen derechos de árboles, los insectos tienen derechos de insectos, los ríos tienen derechos de ríos, las montañas derechos de montañas. Así también con la entera variedad de seres por todo el Universo. Todos los derechos son limitados y relativos. Así también con los humanos. Nosotros tenemos derechos humanos. Tenemos derecho al nutrimento y cobijo que necesitamos. Tenemos derecho a tener un hábitat. Pero no tenemos derecho de privar a otras especies de su propio hábitat. No tenemos derecho a interferir con sus rutas migratorias. No tenemos derecho a perturbar el funcionamiento básico de los biosistemas del planeta. No podemos apropiarnos de la Tierra o cualquier parte de la Tierra de ninguna manera absoluta. Poseemos propiedad de acuerdo con el bienestar de la propiedad y para el beneficio de la comunidad mayor tanto como de nosotros.

Una idea del continente (N. del T.: Norte Americano; el autor escribe aquí desde una perspectiva Norte Americana) estando aquí primariamente para nuestro uso ha estado desarrollándose a través de los últimos siglos pasados. Procedimos con nuestra destrucción de los bosques hasta la fase terminal del siglo veinte, cuando encontramos que habíamos cortado sobre el 95 por ciento de los bosques primordiales de este continente. Con las nuevas tecnologías que emergieron en la última mitad del siglo diecinueve y la industria del automóvil que se desarrolló a comienzos del siglo veinte, la industrialización alcanzó una nueva virulencia. Caminos asfaltados, supercarreteras, lotes de estacionamiento, centros comerciales, malls (emporios de compras), y el desarrollo de viviendas tomaron el control. La vida suburbana llegó a ser la norma para la buena vida. Este fue también el tiempo cuando el número de ríos que fluían libremente comenzó a declinar. Las grandes represas fueron construidas en los ríos Colorado, Snake y especialmente el Columbia.

Aún así éste fue el tiempo cuando la resistencia comenzó. La creciente amenaza a los sistemas de vida naturales del continente despertó la sensación de la necesidad del esplendor del mundo natural si es que algún verdadero desarrollo humano iba a continuar en nuestras tradiciones culturales. Esta nueva percatación comenzó en el siglo diecinueve con tales personas como Henry David Thoreau, John Muir, John Burroughs y George Perkin Marsh.

Las grandes dimensiones de lo que estaba sucediendo no podían haber sido conocidas por aquellos que vivían en el siglo diecinueve. Ellos no podían haber previsto la industria del petróleo, la Era del automóvil, el represaje de los ríos, el vaciamiento de la vida marina de los océanos, los desechos radioactivos. Aún así ellos supieron que algo estaba mal en un nivel profundo. Algunos, como John Muir, estaban profundamente inquietos. Cuando se tomó la decisión de construir una represa para cerrar el Valle Hetch-Hetchy como una reserva para la ciudad de San Francisco, él lo consideró como la innecesaria destrucción de uno de los santuarios más sagrados del mundo natural, un santuario que colmaba algunas de las más profundas necesidades emocionales, imaginativas e intelectuales del alma humana.

A través de todo el siglo veinte la situación se ha empeorado década tras década, con el implacable compromiso de hacer beneficio monetario al arruinar el planeta para el incierto beneficio del ser humano. Las grandes corporaciones se han unido de tal modo que ahora unos pocos establecimientos controlan inmensas regiones de la Tierra. Las ganancias de unas pocas corporaciones multinacionales comienzan a crecer hacia el rango del billón de dólares. Ahora, en estos años finales del siglo veinte, encontramos una creciente preocupación por nuestra responsabilidad para con las generaciones que vivirán en el siglo veintiuno.

Quizás la herencia más valiosa que podamos proporcionarles a las futuras generaciones es alguna idea del Trabajo Grandioso que está delante de ellas, el de mover el proyecto humano desde su devastadora explotación hacia una presencia benigna sobre la Tierra. Necesitamos darles alguna indicación de cómo la próxima generación puede realizar este trabajo de una manera efectiva. Porque el éxito o el fracaso de cualquier Era histórica está en el grado en que aquellos que vivan en ese tiempo hayan cumplido el papel especial que la historia les haya impuesto. Ninguna Era vive completamente en sí misma. Cada Era tiene sólo lo que recibe de la generación anterior. Sólo ahora tenemos abundante información de que las varias especies vivientes, las montañas y los ríos, e incluso el vasto océano, que una vez pensamos estaban más allá de cualquier serio impacto por parte de los humanos, sobrevivirán sólo en su dañada integridad.

El Trabajo Grandioso ante nosotros, la tarea de mover a la moderna civilización industrial desde su actual influencia devastadora sobre la Tierra hacia un modo de presencia más benigno de ésta sobre ella, no es un papel que hayamos escogido. Es un papel dado a nosotros, más allá de cualquier consulta con nosotros. Nosotros no escogimos. Nosotros fuimos escogidos por algún poder más allá de nosotros para esta tarea histórica. Nosotros no escogimos el momento de nuestro nacimiento, quienes serían nuestros padres, cuál sería nuestra cultura particular o el momento histórico en el cual naceríamos. Nosotros no escogimos el status de percatación espiritual o las condiciones políticas o económicas que serían el contexto de nuestras vidas. Nosotros fuimos, por así decirlo, traídos a la existencia con un desafío y un papel que está más allá de cualquier elección personal. La nobleza de nuestras vidas, sin embargo, depende de la manera en que lleguemos a entender y cumplir nuestro asignado papel.

Aún así debemos creer que aquellos poderes que asignaron nuestro papel deben en ese mismo acto habernos otorgado la habilidad para cumplir este papel. Debemos creer que somos cuidados y guiados por estos mismos poderes que nos hicieron nacer.

Nuestro propio papel especial, que debemos pasar a nuestros niños, es el de manejar la ardua transición desde la terminal Era Cenozoica hacia la emergente Era Ecozoica, el periodo donde los humanos estarán presentes en el planeta como miembros participantes de la amplia comunidad de la Tierra. Este es nuestro Gran Trabajo y el trabajo de nuestros niños, tal como a los Europeos en los siglos doce y trece les fue dado el papel de dar a luz una nueva Era cultural desde las dificultades y conflictos del largo periodo que duro desde los siglos sexto al once. En ese tiempo, la grandiosidad del periodo clásico se había disuelto, y la vida en todos sus aspectos físicos y culturales continuaba en los grandes castillos y monasterios para constituir lo que llegó a ser conocido como el período feudal en la historia Europea.

En los siglos nueve y diez los Normandos estaban invadiendo la naciente cultura de Europa desde el norte, los Magyares estaban viniendo del este, y los Musulmanes estaban avanzando en España. La civilización Occidental estaba situada en una muy pequeña región bajo sitio. En respuesta a esta situación amenazante, la Europa medieval hacia fines del siglo once comenzó las guerras de las cruzadas que unieron a las naciones de Europa y por dos siglos las mantuvo ocupadas en un movimiento al este hacia Jerusalén y en la conquista de la Tierra Santa.

El período puede ser considerado el comienzo del impulso que ha llevado a los Europeos a su búsqueda de conquista religiosa, cultural, política y económica del mundo. Este movimiento continuó a través del período de descubrimiento y control sobre el planeta en nuestro propio tiempo cuando la presencia Occidental culmina políticamente en las Naciones Unidas y económicamente en tales establecimientos como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de Comercio, y el Consejo de Negocios Mundial para el Desarrollo Sustentable. Podemos incluso interpretar este impulso Occidental hacia la dominación ilimitada en todas sus formas como llevando eventualmente al impulso hacia la dominación humana sobre el mundo natural.

El logro inmediato, sin embargo, del siglo trece fue la creación de la primera integración de lo que llegó a ser la civilización Occidental. En ese siglo nuevos y deslumbrantes logros tuvieron lugar en las artes, la arquitectura, en el pensamiento especulativo y en la literatura. Al elevar las catedrales medievales fue creada una nueva y original arquitectura. En esas elevadas estructuras se manifestó una audacia y refinamiento artístico que ha sido igualado sólo en raros momentos en la larga historia de las civilizaciones. Ese fue también el periodo de Francisco, el pobre hombre de Asís, quien estableció en la civilización Occidental tanto el ideal espiritual del desapego de las posesiones terrestres como una intimidad con el mundo natural. Ese fue también el período de Tomás de Aquino, quien originó los estudios Aristotélicos, especialmente en el campo de la cosmología, en la civilización Cristiana medieval. Dentro de ese contexto Tomás reinterpretó la entera gama del pensamiento teológico Occidental. Como el filósofo Alfred North Whitehead ha notado, ese fue el tiempo cuando la mente Occidental emprendió ese entusiasmo y proceso de razonamiento crítico que hicieron nuestros procesos modernos científicos de pensamiento posibles. En literatura el incomparable Dante Alighieri produjo su Divina Comedia a comienzos del siglo catorce, un tiempo cuando Giotto estaba ya comenzando, con Cimabue, el gran período de la pintura Italiana.

La importancia de recontar estas fuerzas formadoras en el cuento narrativo de la civilización Occidental es que ellas surgen como una respuesta a la Era oscura que va desde los siglos sexto hasta el once en Europa. Necesitamos recordar que en éstas como en tantas otras instancias los períodos oscuros de la historia son los períodos creativos; porque estos son los tiempos cuando nuevas ideas, artes e instituciones pueden ser dados a luz en el nivel más básico. Tal como el brillante período de la civilización medieval surgió de esas tempranas condiciones, así nosotros podemos recordar el período en China cuando, en el siglo tercero, las invasiones tribales desde el noroeste habían roto la regla de la dinastía Han, y por varios siglos trajeron una desunión en todo el imperio. Aún así este período de disolución fue también el de los monjes Budistas, los eruditos Confucianos y los artistas que dieron expresión a nuevas visiones y nuevos pensamientos de los más profundos niveles de la consciencia humana. Los estudiosos que transmitieron las tradiciones Taoísta y Confuciana inspirarían más tarde a figuras literarias como Li Po y Po Chi en el periodo Tang del siglo octavo. Siguiendo al período Tang, el período Sung de los siglos décimo al catorce daría nacimiento a tales maestras interpretaciones del pensamiento tradicional Chino como las presentadas por Chou Tun-i y Chu Hsi. Artistas tales como Ma Yean y Hsia Kuei del siglo doce y poetas tales como Su Tung-po completarían este período creativo en la historia cultural de China. Estas son algunas de las personas que permitieron a los Chinos sobrevivir como un pueblo y como una cultura y descubrir nuevas expresiones de sí mismos después de ese largo período de amenazas a su supervivencia.

Debemos considerarnos a nosotros mismos en estos tempranos días del siglo veintiuno como experimentando también una amenazante situación histórica, aunque nuestra situación es en último término incomparable con todo período anterior en Europa o Asia. Porque aquellas personas estaban tratando con ajustes humanos a perturbaciones de patrones de la vida humana. Ellos no estaban tratando con el trastorno e incluso la terminación de un período geobiológico que ha gobernado el funcionamiento del planeta por algo de 67 millones de años. Ellos no estaban tratando con nada comparable con los tóxicos en el aire, el agua y el suelo, o con el inmenso volumen de químicos dispersados en todo el planeta. Ni estaban ellos tratando con la extinción de especies o la alteración del clima en la escala de nuestra actual preocupación.

Aún así podemos ser inspirados por su ejemplo, su coraje e incluso sus enseñanzas. Porque nosotros somos herederos de una inmensa herencia intelectual, de las sabias tradiciones por las cuales ellos fueron capaces de cumplir el Trabajo Grandioso de sus tiempos. Estas tradiciones no son los pensamientos pasajeros o las percataciones inmediatas de los periodistas ocupados con el curso diario de los asuntos humanos; estas son expresiones en forma humana de los principios que guían la vida humana dentro de la misma estructura y funcionamiento del Universo mismo.

Podemos observar aquí que el Trabajo Grandioso de una persona es el trabajo de todas las personas. Ninguno está eximido. Cada uno de nosotros tiene su propio patrón de vida individual y responsabilidades. Pero más allá de estas preocupaciones cada persona en y a través de su trabajo personal puede ayudar en el Trabajo Grandioso. El trabajo personal necesita ser alineado con el Trabajo Grandioso. Esto puede ser visto en el periodo Medieval, cuando los patrones básicos de vida personal y habilidades artesanas fueron alineadas con el trabajo mayor del esfuerzo civilizatorio. Mientras que el alineamiento es más difícil en estos tiempos, éste debe permanecer como un ideal a ser buscado.

No podemos dudar de que a nosotros también se nos ha dado la visión intelectual, la percatación espiritual e incluso los recursos físicos que necesitamos para llevar a cabo la transición que se demanda de estos tiempos, transición desde el período cuando los humanos eran una fuerza perjudicial sobre el planeta Tierra al período cuando los humanos lleguen a estar presentes en el planeta de una manera que sea mutuamente mejoradora.


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