Posteado por: Juan | mayo 17, 2010

El Patriarcalismo Ecológicamente es Inconsistente

burka

Para desestructurar la lógica patriarcal dominante en las civilizaciones machistas antiecológicas, como la occidental cristiana, es necesario revisar las diferentes etapas culturales y espirituales que subyacen en éstas, específicamente en la cultura occidental cristiana. Porque la crisis ecológica en el fondo es fundamentalmente una crisis cultural y espiritual. La causa no es sólo el estilo del proyecto tecnológico moderno occidental, sino que en la base de este proyecto fallido está la errada autoconciencia del homo faber conquistando, sometiendo y consumiendo a la naturaleza (sin darle tiempo para su regeneración) y toda la biodiversidad.

La figura del misionero conquistador, portador de la verdad, del filósofo abstraído de la cotidianidad, del científico frío y calculador, es construida por una determinada cultura y surge en un determinado momento histórico. El patriarcalismo es una construcción histórica. No estamos condenados al pernicioso dualismo excluyente de materia y espíritu, cuerpo y alma, Dios y mundo, varón y mujer, jerarquía y laicado, ciencia y religión, afecto y razón, teología y filosofía, ternura y rigidez. Esta lógica patriarcal, sexista y elitista nos ha llevado al límite de la debacle planetaria. Es tiempo de la comunidad, antes que de misioneros; de la complementariedad necesaria entre varón y mujer, antes que de sometimiento; de la fraternidad cósmica, antes que de androcentrismo. Hoy, es tiempo en el que todos y todas soñemos y preservamos lo poco que nos queda del planeta. Es tiempo en el que los patriarcas cedan el paso a las mujeres para que nos acompañemos. Es tiempo en el que la razón incisiva ceda el paso a la ternura recreativa. Es tiempo del abrazo fecundo y reconciliador entre lo femenino y lo masculino, entre el poder y la ternura, entre la fe y la razón. Es tiempo de redescubrir la presencia fecunda de Dios Padre y Madre en la roca que brilla en el espacio, en el insecto que juega con la flor, en el llanto de la madre huérfana de su hijo.

Según estudios antropológicos, las primeras sociedades humanas (hasta antes del descubrimiento del metal) fueron matrifocales. Es decir, estaban centradas en la mujer. El símbolo religioso para representar la realidad era el círculo, que representa el espacio como una red comunitaria y cíclica para la regeneración. El círculo representa a la matriz como fuente de vida y a la tierra como una comunidad orgánica, origen y destino de la vida. En esta etapa se adoraba a la Diosa Madre o Madre Tierra, presente en la cotidianidad del cosmos (espiritualidad inmanente). Esta es una simbología todavía presente en las culturas originarias como las andinas.

Luego de la revolución agrícola, con el advenimiento de la revolución metalúrgica, cuando el hombre comienza a crear herramientas y armas de metal, las sociedades humanas se transforman de matrifocales en patrifocales. Hasta llegar, con el tiempo, a un patriarcalismo elitista y excluyente.

Si en la revolución agrícola la Diosa Madre era concebida como una presencia cotidiana, inmanente, en el cosmos, en la etapa del patriarcalismo Dios será Padre, superior, trascendente y lejano del universo. El símbolo para representar la realidad será la pirámide jerárquica que avanza en una sola dirección rompiendo y separando la circularidad comunitaria. Si en la etapa matrifocal era el útero o la matriz, en el patriarcalismo la fuente de vida será el semen masculino, y la mujer o la naturaleza como simples envases depositarios inevitables. Así se entiende la narración del mito cristiano de la encarnación de Dios (Dios Padre que deposita su semilla en el útero de María sin contacto alguno), o las elucubraciones teológicas de tertuliano sobre las semillas del Verbo derramadas en otras culturas. O la caza de brujas (mujeres que contaban con categorías mentales fenomenales para aproximarse a la realidad) en la Edad media que llevó a la hoguera a miles de mujeres que eran consideradas como una amenaza para el patriarcalismo por el tipo de conocimientos alternativas que ellas manejaban. Así se “comprensible”, pero jamás justificable, las injusticias bíblicas que presentan a la mujer como prostituta, sumisa, causa de pecado, próxima a la materia maldita. En el fondo el patriarcalismo es un intento de la aniquilación de la Madre Naturaleza y la expulsión de la mujer de la esfera pública.

Si en la etapa matrifocal a la Diosa Madre inmanente se la buscaba y adoraba en las cavernas, ríos, lagos, manantiales, en la fertilidad de la tierra, de la mujer, de las plantas y de los animales, en el patriarcalismo se buscará a Dios Padre trascendente en las montañas, templos de piedra, campanarios, tormentas, relámpagos, etc. Dios también será representado como un guerrero aniquilador de sus contendientes, entonces, surgirá el monoteísmo. Y así surgió la falsa consciencia de un solo Dios en el cielo que escoge un solo pueblo de patriarcas (señores) en la tierra llamado a irradiar y defender una sola verdad, una sola fe, una sola religión, una sola teología, una sola filosofía, una sola civilización, un solo sexo (macho), un solo imperio. El monoteísmo es la “victoria” de Dios Padre sobre la Diosa Madre (que implica diversidad y comunidad). Estas son algunas de las conclusiones a las que arribaron muchos investigadores dedicados a estudiar la fenomenología religiosa en los pueblos del África y Medio Oriente.

En estas circunstancias históricas aparecen las tres religiones monoteístas más grandes: judaísmo, cristianismo e islamismo. Aunque el judaísmo y el cristianismo surgen como movimientos contra la dominación vertical de imperios de su época, ambos con el tiempo terminaron asumiendo el verticalismo jerárquico estructural contra el cual nacieron. De esclavos y perseguidos pasaron a ser amos y perseguidores. Aunque, gracias a la actuación del Espíritu Divino, siempre emergieron y emergen profetas en el corazón de dichas religiones, quienes convocaban y convocan a la permanente conversión.

Si muchos creyeron que Jesús de Nazarét, Mesías de la reconciliación universal, profeta del abrazo fecundo entre lo femenino y lo masculino había fracasado al morir en Gólgota de Jerusalén, se equivocaron. El verdadero fracaso del movimiento jesuánico fue en la Roma del siglo IV (380 años después de la injustita de Gólgota) cuando el cristianismo se imperializó al declararse el cristianismo como religión oficial del imperio romano. Desde allí el cristianismo fue utilizado para legitimizar las peores aberraciones contra la diversidad religiosa, cultural, teológica, filosófica, científica, etc. De aquí para adelante el verticalismo jerárquico someterá a la comunidad de laicos y laicas, como somete a la mujer y a la naturaleza. Con la filosofía griega del siglo IV a.C. se formularon verdades eternas y universales sobre Dios, el hombre y la naturaleza, y para su justificación se recurrieron a textos bíblicos. De esta manera se aniquiló al movimiento comunitario de Jesucristo, recapitulador universal, y se erigió una religión vertical monárquica cuyos dogmas terminaron silenciando y expulsando al mismísimo Dios del pluriverso.

Cuando el cristianismo se imperializó, y ante la desaparición del imperio romano, los monjes (movimiento masculino dedicado a la oración, alejados de la ciudad) se hicieron cargo de la preservación de la cultura europea. La ciencia, la filosofía, la literatura, todo quedó en manos de los monjes. Así se construyeron las bases de la tecnología y del conocimiento moderno excluyendo el aporte femenino. Si la filosofía griega, la teología de los padres de la Iglesia y la escolástica se hicieron condenando a la mujer al anonimato, y silenciando a la Diosa Madre, la tecnología moderna y el capitalismo emergieron de la “omnisciencia” masculina excluyente. He aquí el por qué el capitalismo y la tecnología moderna son insostenibles y antiecológicas. Nacieron desequilibrados, ignorando la inteligencia creativa de la mujer y encaminan al planeta al debacle total.

Dijimos que la humanidad no está condenada a asumir y sufrir las nefastas consecuencias del patriarcalismo machista de forma indefinida. Mucho menos cuando la “venganza” de la naturaleza sobrepasa toda imaginación cinematográfica moderna.

La violencia del cambio climático está obligando a la humanidad a enrumbarse por una nueva revolución. La revolución del abrazo fecunda entre lo masculino y lo femenino, la celebración fecunda cosmoteándrica (Cosmos – Dios – Ser Humano). Para esta revolución, en la comenzamos a celebrar su amanecer radiante, la comunicación es y será importantísima.

En la etapa matrifocal la comunicación era oral y comunitaria, sin ninguna restricción. En la etapa patriarcal y moderna la comunicación fue escrita, reducida a quienes sabían leer y escribir, controlada y censurada por la jerarquía imperial. En la actualidad la cibernética y la electrónica comienzan a devolvernos la comunicación y la expresión de forma directa. Podemos tejer redes planetarias de comunicación y movilizar voluntades en cuestión de segundos. Ya no hay inquisidores, y si as hay no tienen espadas que mutilen lenguas o censuren pensamientos. El talón de Aquiles del imperio del patriarcalismo religioso y cultural es la comunicación. Comunicación que debe facilitar el reencuentro fecundo entre varones y mujeres, entre hombre, Dios y naturaleza. Es tiempo de soñar y reconstruir juntos la única casa que tenemos heredada de nuestros hijos, de aquellos que todavía no han llegado. La consciencia ecológica debe romper el mito griego de la desgraciada división entre varón y mujer (mito del andrógino), el mito judío de la maldición de la tierra y de la materia (mito del pecado original) y enrumbarnos a la complementariedad y relacionalidad ecológica del que nos habla 1 Cor 15,25: “Dios todo en todos”.

Jubenal Quispe Hacia Una Eco Teología (Cochabamba, 2006) p.140-144


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