Posteado por: Juan | mayo 31, 2010

Creo en un solo Dios – Elizabeth Johnson

El credo empieza: “Creo en un solo Dios”. . . y continúa afirmando que el primer acto característico de este indescriptible Santísimo Ser es crear todo lo que existe, en el cielo y en la tierra, bien sea visible o invisible.  Así como se puede ver en una obra de arte algo del artista que la creó, así también desde los tiempos bíblicos en adelante, el pueblo ha notado que la belleza y el poder del mundo natural revelan la gloria del Dios invisible que lo ha hecho.  En el siglo XIII, el teólogo franciscano Buenaventura observó agudamente esto: “Todo aquel que no es iluminado por el esplendor de las cosas creadas está ciego; todo aquel que no se alborota con el sonido de sus voces está sordo; todo aquel que no alaba a Dios por todas estas criaturas está mudo; todo aquel que después de tantas pruebas no reconoce al Creador de todo es un tonto (stultus est)”. Esta relación con la creación da inicio al principio sacramental, por el cual la presencia maravillosa de Dios se comunica a través de las cosas visibles.  La teología sacramental siempre ha enseñado que las cosas sencillas y comunes: pan, vino, agua, aceite, la relación sexual en el matrimonio pueden ser portadoras de la gracia divina. Para empezar, esto es así porque el mundo creado es el sacramento primordial, el vehículo primario de las bendiciones divinas.  “El mundo está cargado de la grandeza de Dios”, observaba el poeta Gerard Manley Hopkins, y el Credo comienza afirmando que Dios hace y ama todo.

Ésta es una enseñanza católica tradicional.  Descubrimientos científicos contemporáneos la están llevando a un borde dinámico con su conocimiento de que el mundo no fue creado una vez por todas de una manera estática, sino que ha evolucionado a través de un orden deslumbrante de cambios para llegar a ser el lugar en el que habitamos hoy.  Cuando se ve con los ojos de la fe, este nuevo conocimiento está colmado de ideas sobre la creación y sobre su Creador.

Consideremos:

–  Viejo. Hace como catorce billones de años un solo punto numinoso explotó en lo que es (no elegantemente) llamado un Golpe Gigante, un derroche de material y energía que todavía sigue hoy día.  Esta materia era granulosa, extendida desigualmente.  Al pasar del tiempo, esto permitió a la gravedad juntar algunas partículas para que su densa fricción encendiera las estrellas.  Se formaron las galaxias; se prendieron las luces en el universo.  Hace cinco billones de años, algunas de esas estrellas envejecieron y murieron.  Expiraron en grandes explosiones supernovas que cocieron los átomos originales de hidrógeno en elementos más pesados tales como carbón y oxígeno, escupiendo estos desechos en el cosmos. Algo de esta nube de polvo y gas se reformó y se re-enardeció para formar nuestro sol, una estrella de segunda generación.  Algo de eso se incorporó en pedazos demasiado pequeños como para incendiarse, formando los planetas de nuestro sistema solar incluyendo la Tierra.  Y luego hace tres billones de años en este planeta, ocurrió una nueva clase de explosión: la vida, las criaturas que pudieron repetirse a sí mismas.

El universo es muy viejo, y nosotros, los humanos, acabamos de llegar recientemente.  En su libro: Los Dragones del Edén, Carl Sagan usa el año como una medida para lo que va a suceder en la tierra.  Si el Golpe Gigante ocurrió el 1º de enero, entonces nuestro sol y nuestros planetas empezaron a existir el 10 de septiembre.  Los seres humanos llegaron a la escena el 31 de diciembre unos diez minutos antes de la media noche.

Grande. Hay más de 100 billones de galaxias, cada una con 100 billones de estrellas y nadie sabe cuántas lunas y planetas, toda esta materia visible es sólo una fracción del total, que incluye materia  y energía oscuras en el universo.  La tierra es un planeta pequeño dando vueltas alrededor de una estrella de tamaño mediano hacia la orilla de una galaxia espiral.

Dinámico. Del Golpe Gigante salieron las estrellas; del polvo de las estrellas salió la Tierra; de las moléculas de la Tierra salió ¡LA VIDA! Al principio eran criaturas de una sola célula, y luego una marea que avanza, frágil pero incontenible: criaturas que viven en conchas, pescados, anfibios, insectos, flores, pájaros, reptiles y mamíferos, de entre los cuales surgieron los seres humanos, nosotros primates cuyo cerebro tiene una textura tan rica que experimentamos  conciencia auto-reflexiva y libertad, o en términos clásicos, mente y voluntad.  Estamos descubriendo que el pensamiento y el amor humanos, no son algo inyectado en el universo de afuera, sino son el florecer, la concentración, en nosotros, de profundas energías cósmicas. La materia, sazonada con energía, evoluciona hacia la vida, luego a la conciencia, luego al espíritu.  Nosotros, seres humanos, somos criaturas humanas, parte y parcela de este planeta, la parte que ha llegado a estar consciente de sí misma.  Esto nos hace a nosotros, seres humanos, según la hermosa frase de Abraham Heschel, los cantores del universo, los que pueden cantar alabanzas y acciones de gracias en nombre de todo el resto.

–  Interconectado. Como lo muestra esta historia cósmica, todo está conectado con todo lo demás; nada concebible está aislado.  ¿Por qué es roja la sangre? El científico y teólogo Arturo Peacocke explica: “Cada átomo de hierro en la sangre no estaría allí si no hubiera sido producido en alguna explosión galáctica hace billones de años y eventualmente condensado para formar el hierro en la capa de la tierra de la cual hemos surgido”. Casi literalmente, los seres humanos están hechos del polvo de las estrellas. Además, la historia de la evolución en la Tierra muestra evidentemente que todos descendemos de aquellas células vivas originales; nosotros, los humanos, compartimos con todas las demás criaturas vivas en nuestro planeta una ascendencia genética común.  Las bacterias, los pinos, los caballos, las grandes ballenas grises, nosotros estamos todos emparentados en la gran comunidad de la vida.

Cuando la teología dialoga con esta historia científica, por lo menos surgen dos ideas principales.  Primero, vemos que el Creador del cielo y de la tierra todavía está ocupado.  El mundo maravilloso que empezó con la cosmología del Golpe Gigante y la biología evolutiva dicen que la creación tuvo lugar no sólo al principio, sino que aún hoy, cuando el mundo se moldea para el futuro.  La creación continua de Dios obra no sólo sosteniendo al mundo, sino también sigue formando lo que es nuevo. ¿Cómo? Cuando buscamos en la ciencia cómo trabaja la evolución, aprendemos que en cada etapa de la historia del mundo, el azar, la fortuna, tiene un papel.  Nuevas especies surgen de forma intrínsicamente impredecible. Las cosas avanzan suavemente hasta que por casualidad se introduce algo un poco distinto: un gene cambia debido a un bombardeo de rayos solares, o un huracán se lleva unos cuantos pájaros fuera de su camino a una isla nueva, o la Tierra es golpeada por un asteroide.  Esto interrumpe los movimientos suaves casi hasta el punto de romperse.  Luego de este desorden surge allí, desde dentro de la naturaleza misma, un orden más intricado, adaptado a las condiciones nuevas.

Técnicamente hablando, eventos al azar obrando dentro de regularidades legales sobre eones de tiempo oscuro han producido la forma del mundo en que habitamos hoy, y continúan haciéndolo.  Si sólo hubiera ley en el universo, la situación estaría estancada.  Si sólo hubiera el azar, las cosas se volverían tan caóticas que ninguna estructura ordenada pudiera modelarse.  Pero el azar obrando dentro de las leyes de la naturaleza rompe el modelo usual mientras que la ley la mantiene controlada, y al pasar millones de años su interacción permite el surgimiento de nuevas formas genuinas de vida.

Este conocimiento científico implica que el Creador no sólo establece las regularidades de la naturaleza, siendo la fuente de la ley y el orden, sino también capacita las interrupciones a la regularidad que eventualmente producen algo que es nuevo.  El Creador incluye la posibilidad de cambios al azar, siendo la fuente no sólo del orden sino también del trastorno que causa que ocurra el cambio en primer lugar.  La creatividad divina está mucho más íntimamente aliada al desorden de lo que nuestra antigua teología pudo haberse imaginado.  En el universo evolutivo que surge, no nos debe sorprender el encontrar la creatividad divina cubriendo la turbulencia muy de cerca.

Esta historia de la continua acción creativa de Dios lleva a una segunda comprensión crucial.  Lejos de haber sido creado meramente como un instrumento para responder a las necesidades humanas, el mundo natural goza de su propio valor intrínseco ante Dios.  En recientes siglos la teología ha estado muy centrada en lo humano.  Pero pregúntense: ¿qué hacía Dios por billones de años antes de que nosotros llegáramos?  Ahora empezamos a darnos cuenta que el mundo, lejos de ser simplemente un telón de fondo para nuestra vida o el escenario para nuestro drama es una creación amada y valorada por Dios por sí misma. .

En nuestros días, las prácticas humanas de consumo, contaminación y reproducción están causando un daño terrible a los sistemas que sostienen la vida de nuestro planeta como son el aire, el agua y la tierra, y las otras criaturas que forman con nosotros una comunidad de vida.  El cuadro se oscurece al fijarnos en la profunda conexión entre la devastación ecológica y la injusticia social.  Los pobres sufren desproporcionadamente del daño ambiental; los estragos de los pueblos se dan la mano con los estragos de la tierra de la cual dependen. ¿Por qué sólo recientemente, nosotros que confesamos que Dios creó este mundo nos hemos levantado en masa en defensa del mundo natural?  Una razón es que a través de la unión de la antigua teología con la filosofía griega, hemos heredado un dualismo poderoso que divide toda la realidad en espíritu y materia, y luego devalúa la materia y el cuerpo mientras que valora el espíritu como más cerca de Dios.  Ahora la tarea es desarrollar una teología que afirme la vida de la tierra/materia/cuerpo/, una que sea más justa con este mundo que Dios hace y ama tanto.

En 1990, el Papa Juan Pablo II ofreció un fuerte principio para guiar nuestra conducta: “el respeto a la vida y a la dignidad de la persona humana se extiende también al resto de la creación”. Para los oídos católicos, una frase que empieza con respeto a la vida y a la dignidad de la persona humana terminará muy posiblemente con una referencia a la vida de los seres humanos no-nacidos. Pero esto no cubre lo suficiente.  Debemos amor y justicia no sólo a la humanidad sino a todo lo que comparte nuestro planeta.  Así, el gran mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo se extiende a incluir a todos los miembros de la comunidad de la vida. “¿Quién es mi prójimo?” le pregunta el abogado a Jesús (Lc 10,29).  Al comentar sobre la parábola del buen samaritano, nuestra respuesta hoy día debe incluir no sólo a personas humanas necesitadas, los samaritanos, los marginados, los enemigos, todos éstos, por supuesto, pero también el delfín cazado en la red del atún, el oso polar en el hielo que se deshace, la selva lluviosa que se corta y quema.  Nuestro prójimo es toda la comunidad de la vida, el universo entero.  Debemos amarlo como a nosotros mismos.

Una humanidad floreciente en una comunidad de la Tierra, en un universo en evolución, todos llenos de la Gloria de Dios: esa es la visión a la que la fe nos llama en esta época crítica de peligro en la Tierra. Decir que creemos en el Creador del cielo y de la tierra significa inclinar nuestro corazón hacia el Único que Vive quien ama a toda la creación y, al mismo tiempo que revela su belleza, asume la responsabilidad de su vida.

“En Este Monte Santo” Asamblea de LCWR y CMSM en Denver, 2/8/2008


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