Posteado por: Juan | junio 5, 2010

Hsin Sin Ming , Seng Tsan

Muy poco se sabe de la vida de este hombre. Cuando se inició el Zen (Chan), con la llegada de Bodhidharma a China, se fue transmitiendo esta genuina manera de entender el budismo, y Seng Tsan fue el tercero de sus maestros. En esos primeros tiempos el Zen se amalgamó de tal forma con el taoísmo chino que dio lugar a una de las tradiciones antiguas más ricas de significados. De Seng Tsan no se sabe mucho, pero dejó este hermoso poema titulado Hsin Sin Ming que destila aroma taoísta por todos sus poros. Transcribo aquí la versión del libro de Mariano Antolín y Alfredo Embid “Introducción al budismo Zen”, 1972, de Barral editores.

El camino perfecto no conoce ninguna dificultad, sino que evita toda preferencia.
Se revela plenamente sin máscaras cuando te has liberado del amor y del odio.
Una diferencia de un décimo de pulgada y el cielo y la tierra quedan separados.
Si deseáis que se manifieste, no abriguéis ningún pensamiento, ni a su favor, ni en contra de ella.
Oponer lo que amáis a lo que no amáis es la enfermedad del espíritu.
Cuando no se comprende su sentido profundo la paz del espíritu se turba y nada se gana.
Perfecto, como el vasto espacio, nada le falta y nada le sobra.
Cuando se elige la verdad absoluta desaparece.
No persigáis las complicaciones exteriores, no os detengáis en el vacío interior.
Cuando el espíritu permanece sereno en la unidad de las cosas, el dualismo se desvanece por sí mismo.
Cuando la unidad de las cosas no es comprendida hasta el fondo, el error se manifiesta de dos maneras:
el rechazo de la realidad que puede llevar a su negación, y el detenerse en el vacío que puede llevarte a una contradicción contigo mismo.
Frases huecas, juegos del intelecto, cuanto más nos entregamos a ellos, más nos perdemos.
Alejémonos de ellos y no habrá ningún lugar por el cual no podamos pasar libremente.
Cuando descendemos hasta la raíz, alcanzamos el sentido.
Cuando perseguimos los objetos exteriores, perdemos el sentido.
En el momento que obtenemos la `iluminación´, trascendemos el `vacío´ del mundo y su oposición a ti mismo.
Los cambios que se producen en el mundo `vacío´ que se mantiene frente a nosotros, parecen reales debido a la `ignorancia´.
No intentéis buscar la verdad, dejad de abrigar opiniones.
No os detengáis en el dualismo, evitadlo con cuidado.
En cuanto establecéis el bien y el mal, surge la confusión y el espíritu se pierde.
La dualidad existe debido al uno, pero no os aferréis ni siquiera a ese uno.
Cuando la unidad del espíritu no es turbada, las diez mil cosas del exterior no pueden ofenderlo.
Cuando de ellas no viene ninguna ofensa, es como si no existieran.
Cuando el espíritu no es turbado, es como si no hubiese espíritu.
El sujeto se calma en cuanto cesa el objeto, el objeto cesa en cuando el sujeto se calma.
El objeto es un objeto para el sujeto, el sujeto es un sujeto para el objeto.
Sabed que la relatividad de los dos reside, en último término, en la unidad del `vacío´.

En la unidad del vacío los dos son uno y cada uno de los dos contiene en sí a las diez mil cosas.
Cuando no se discrimina entre esto y aquello, no puede surgir una visión parcial y preconcebida.
La visión es calmada y de espíritu amplio, en ella nada es fácil y nada es difícil.
Las opiniones parciales son indecisas, cuanto primero se adoptan, más tarde desaparecen.
Al aferrarse a las pasiones se va más allá de los límites justos, lanzándose con seguridad por el camino equivocado.
Suelta la presa, deja a las cosas como están, su esencia ni se mueve ni permanece inmóvil.
Obedeciendo a la naturaleza de las cosas, estáis de acuerdo con ellas, pero cuando tus pensamientos están aferrados a ellas, os desviáis de la verdad.
Si deseáis recorrer el camino del ‘Gran Vehículo’, no mantengáis ningún prejuicio con respecto a los objetos de los sentidos.
Cuando ya no mantengáis prejuicios contra ellos, os identificaréis con la `iluminación´.
Los sabios practican la no-acción y los ignorantes se encadenan a sí mismos.
Aunque en el `dharma´ no hay individualización alguna, se aferran por `ignorancia´ a los objetos particulares y sus propios espíritus crean las ilusiones.
Ésta es la mayor de las contradicciones.
La `ignorancia´ origina el dualismo entre el reposo y el no-reposo.
Todas las formas de dualismo son inventadas por la propia `ignorancia´ del espíritu.
Son como visiones y flores en el aire y entramos en la confusión al intentar aferramos a ellas.
Si el ojo nunca duerme los sueños desaparecerán.
Si el espíritu mantiene su unidad, las diez mil cosas exteriores son de la misma esencia única.
Cuando las diez mil cosas exteriores son consideradas en su unidad retornamos al origen y siguimos siendo lo que somos.
Olvidando el porqué de las cosas, alcanzamos un estado situado más allá de la analogía.
El movimiento inmóvil es no-movimiento y la calma en movimiento no es calma.
Cuando ya no reina el dualismo la unidad no subsiste.
El fin último de las cosas, más allá del cual no pueden ir, no está limitado por reglas ni medidas; el espíritu en armonía (con el `Camino´) es el principio de identidad donde todas las acciones permanecen en un estado de quietud; las vacilaciones son apartadas totalmente y la fe justa es restaurada en su rectitud original; nada queda retenido ni hay nada que se deba recordar, todo es `vacío´, luminoso, y contiene en sí un principio de `iluminación´.
No hay trabajo, ni esfuerzo, ni pérdida de energía.
Hasta allí no alcanza el pensamiento, ni la imaginación puede evolucionar.
En el dominio más elevado de la verdadera esencia no hay ni «otro» ni «sí mismo».
Cuando se quiere dar una identificación directa, no podemos decir más que «no dos».
No siendo dos, todo es lo mismo, y todo lo que es, allí está comprendido.
En todas las partes de la tierra, los sabios comparten esta fe absoluta.
Esta fe absoluta está más allá del tiempo y del espacio, en ella un instante es diez mil años.
Poco importa, como estén condicionadas las cosas, sea por el “ser” o por el “no ser”.
Todo se manifiesta en todas partes ante nosotros.
Cuando los límites objetivos se apartan de la visión.
Lo infinitamente pequeño es tan vasto como pueda serlo la inmensidad, cuando se olvidan las condiciones exteriores; lo infinitamente grande es tan pequeño como lo pueda ser lo infinitamente pequeño, cuando los límites objetivos se apartan de la visión.
Lo que es, lo mismo que lo que no es, lo que no es, lo mismo que lo que es.
Cuando este estado de cosas no llega a producirse, no os detengáis.
Uno en el todo, todo en el uno.
Si únicamente realizáis esto.
¡No os atormentéis respecto a vuestra imperfección!
El espíritu que cree en esto no está dividido, pues el espíritu que cree es individido.
Por eso las palabras son impotentes, puesto que esto no pertenece ni al pasado, ni al futuro, ni al presente.


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