Posteado por: Juan | junio 5, 2010

Tao Yuanming ¡Ah, ya vuelvo a casa!

¡Ah, ya vuelvo a casa! ¿Por qué no volver, si veo que mi campo y mi huerto están llenos de cizaña? Ya he hecho de mi alma un siervo del cuerpo ¿Por qué tener pesares vanos y dolerme a solas?

Sin que me inquiete el pasado, siempre caminaré hacia delante. Sólo la breve distancia hace un mal camino, y hoy sé que estoy en lo justo, si el camino de ayer fue lo errado.

La barca flota ligeramente a la deriva y suavemente cae y aletea mi túnica. Pregunto el camino a un viandante, y me incomoda la semioscuridad del alba.

Luego, cuando aviste mis viejos techos, la alegría dará prisa a mis pasos. Allí habrá gente para darme la bienvenida y a saludarme en la puerta saldrán mi hijos.

Acaso estarán los senderos del jardín estarán invadidos por la hierba, pero ¡todavía quedarán crisantemos y permanecerá mi pino! ¡Llevaré al niño más pequeño de la mano y en la mesa habrá una copa de vino!

Sostendré la copa en la mano, y beberé, feliz de ver en el patio las ramas colgantes. Me inclinaré sobre la ventana meridional con una satisfacción inmensa, y disfrutaré la comodidad de este lugar y de caminar por sus aledaños.

El jardín se hace más familiar e interesante con las diarias caminatas. ¿Qué hay de malo en que nadie golpee la puerta siempre cerrada? Deambulo en paz con mi bastón y a ratos miro el azul de arriba.

Allí las nubes se alejan vagas de sus escondrijos en la montaña, sin fin ni propósito, y los pájaros, cuando se cansen de sus errantes vuelos, volverán a sus nidos. Oscuras caen las sombras, y presto para el regreso acaricio holgazán los pinos solitarios.

¡Ah, ya vuelvo a casa! Dejadme que desde ahora aprenda a vivir solo. El mundo y yo no estamos hechos el uno para el otro. ¿Para qué buscar y buscar lo que nunca se encuentra?

Contento estaré con las conversaciones de los míos, con la música y los libros para pasar las horas. Vendrán los granjeros y me dirán que ha llegado la primavera y tendremos labor que hacer en la granja de occidente.

Algunos piden carretas techadas, a otros les gusta remar en botes pequeños. A veces exploramos estanques tranquilos y desconocidos, y a veces, trepamos por los montes ásperos y empinados.

Allí los árboles, sanos de corazón, crecen maravillosamente verdes, y el agua de las fuentes salta con risueño sonido. Admiro como crecen y prosperan las cosas según las estaciones y siento que así, también mi vida dará su giro.

¡Basta! ¿Cuanto tiempo más he de aguantar este comportamiento mortal? ¿Por qué no tomar la vida según viene, en lugar de darse prisa y quehacer como quien lleva un recado?

Riqueza y poder no son mis ambiciones y la morada de los dioses resulta imposible de alcanzar. Partiré solo una clara mañana, o quizá, clavando el bastón, empezaré a quitar la cizaña y labrar la fecunda tierra.

O tal vez componga un poema junto a un claro, o acaso me iré a Tungkao y gritaré muy fuerte en la cumbre de la colina. Así estaré contento de vivir y morir, y sin interrogar constantemente al corazón, aceptaré alegre la voluntad del Cielo.


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