Posteado por: Juan | junio 10, 2010

“Cuando veo los cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas… me pregunto”

La contemplación de un cielo estrellado, en campo abierto, produce en el salmista un sentimiento de admiración que lo inunda. Colocado allí, frente a la vastedad de ese “todo” que se eleva frente a él, resulta inevitable la pregunta íntima, vital ¿Qué somos frente a ello? Esta pregunta busca comprender mejor su posición en el mundo, el salmista busca entender-se y para hacerlo le resulta vital la referencia a ese entorno al cual pertenece. La parte se comprende por referencia al todo. La creación ha estado allí antes que él, y lo estará también cuando él ya no esté. Proviene de la misma mano que lo ha creado. Esta misma procedencia parece insinuarse en el juego de palabras latinas “homos”
“humus” similar al de los términos hebreos “adam” “adamah”: “ser humano” y “tierra”, dos expresiones de
una misma realidad. Es evidente sin embargo, que no todas las personas colocadas frente a un cielo estrellado van a ser conducidas automáticamente a una refl exión similar. Alguien podría preguntarse: “Cuando veo los cielos, la luna y las estrellas… me digo: Aquí quedaría muy bien un ‘mall’ con mirador y restaurante en el último piso”. Esto hace claro que la naturaleza por sí misma no “dice” nada, a menos que algo en la persona sea capaz de ver la conexión.
La naturaleza como lugar de encuentro con el Creador.
El vínculo entre la persona [micro-cosmos] y su entorno [macro-cosmos], así como el valor de la naturaleza en tanto que don de Dios, preparan el camino para la comprensión de la naturaleza como espacio litúrgico, es decir como lugar de encuentro con el Creador. Existen ciertas realidades materiales que tienen la capacidad de comunicar a los seres humanos la acción de Dios, y de provocar en ellos un sentido de acogida y de comunión. La naturaleza, en tanto que creatura, lleva impresa la huella de Dios, su imagen y reflejo, y tiene por tanto, la potencialidad de convertirse en lugar de gracia y de diálogo. La naturaleza es manifestación de la belleza y la bondad divina, y por lo tanto, lugar de encuentro con Dios. La familiaridad con la naturaleza puede llevarnos a descubrir huellas divinas en cualquier paisaje: un bosque, el mar, un atardecer. En principio, cualquier lugar, incluso los lugares interiores [ese “pequeño rincón” dentro de nosotros mismos], puede convertirse en un lugar de trascendencia, en una instancia de nuestro peregrinaje
espiritual.
Ahora bien, en el mundo en que vivimos hoy, un mundo urbano, una economía caótica de mercado, el ser humano se presenta como alguien que se debate entre “el campo y la ciudad”. Los espacios idílicos que rodeaban al salmista son cada vez menos frecuentes, y están al alcance sólo de quienes pueden pagar por ellos, son un lujo selecto de ciertos sectores sociales. La naturaleza, vista desde esa óptica, no invita ya a reflexiones existenciales o meditaciones espirituales, se ha convertido en muchos casos en una postal para mostrar a otros que “estuvimos allí”, como lo ha expresado elocuentemente H. Müehlen:
Anteriormente, cuando las personas vivían inmersas aún en un medio natural, se imaginaban la creación como estática, y al preguntarse: ¿Quién ha hecho todo esto: cielo y tierra, mar y continente, sol y luna, viento y lluvia,
plantas y animales? .. recibían la respuesta del relato bíblico de la creación: todo esto lo ha hecho Dios. Pero si las personas que viven actualmente en un medio urbano se preguntan: ¿Quién ha hecho todo esto: automóvil, tranvía, asfalto, edifi cios, máquinas, luz eléctrica, fibras artificiales, materias sintéticas, cerebro electrónico?, ya no pueden responder sin más: ‘todo esto lo ha hecho Dios’, sino que la respuesta es otra: Todo esto lo ha hecho el ser humano. La causa inmediata y directa de un ambiente tecnificado y artificial ya no es el Dios creador, sino el ser humano. Esta experiencia existencial tampoco cambia cuando esta persona se pone en contacto con la ‘naturaleza’. Los millones de personas que anualmente se tumban en las playas de Europa y América han llegado a ser incapaces de percibir el mensaje que viene del mar y del cielo, la llamada ‘revelación natural’ de Dios (Sal 8). Ya no hay sentido de admiración, la naturaleza no es para ellos más que una gigantesca postal cursi.
Cada uno de estos espacios vitales parece plantearnos retos propios, confrontarnos de distintas maneras con lo que somos, como personas y como comunidad. El contacto con la naturaleza nos confronta con hechos muy importantes de la existencia: como el de la interrelación y la interdependencia de todos los seres o el hecho de que no podemos controlarlo todo, el hecho de que formamos parte de algo mayor de cuanto podemos imaginar. “Necesitamos ver las cosas en perspectiva. Se requiere meditar para percibir las conexiones profundas de los temas. Los momentos de quietud son necesarios para escuchar nuestra voz interior. ¿Cómo podemos tomar decisiones sobre cosas realmente importantes cuando no sabemos qué cosas nos son realmente importantes?” (A.V.Steenhouse, citado en: J. Ramírez Kidd).
José Enrique Ramírez
Costarricense. Bautista. Licenciado en Psicología Universidad de Costa Rica; Bach. y
Licenciado en Teología, SBL; Th.M., Seminario Teológico Princeton; Doctorado de la
Universidad de Hamburgo (Alemania). Docente de Antiguo Testamento, hebreo, entre
otras en la Universidad Bíblica Latinoamericana UBL

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