Posteado por: Juan | octubre 15, 2010

HACER TEOLOGIA FEMINISTA- ENTRE EL CUERPO Y LA PALABRA – Ute Seibert

“Toda experiencia, todo análisis de las situaciones sociales en las que vivimos, todas las críticas de las tradiciones que compartimos y las afirmaciones de construcciones teológicas (los cuatro “puntos” del círculo de Segundo) se han hecho en relación con cómo experimentamos, sentimos, pensamos y vivimos como cuerpos. Dado que las tradiciones cristianas han sido el lugar para la denigración del cuerpo −especialmente del cuerpo femenino− las mujeres concedemos un lugar preferente a las experiencias actuales de nuestro cuerpo, lo que muchas otras teologías de la liberación, a pesar de ser materialistas, no han asumido como central, como principio y fin de todas nuestras experiencias, de justicia/dios en el mundo”.

Isabel Carter Heyward: Introducción a la teología feminista

Somos cuerpos, y es en nuestro cuerpo donde vivimos el dolor, la alegría, el abuso, la violencia, hambre y placer; el cuerpo es nuestro lugar de bendición y maldición. Participamos en el movimiento social como cuerpos; formando parte y queriendo transformar este cuerpo social, nos encontramos en la comunidad, en la iglesia −el cuerpo de Cristo− como cuerpos, compartiendo un cuerpo de creencias acerca de la vida, la muerte y la resurrección de los cuerpos; el sistema, económico negocia con los cuerpos, la cultura los moldea y las políticas afectan su crecimiento o deciden su exclusión. Para las mujeres, nuestro cuerpo muchas veces ha sido un punto de conflicto y de desencuentro con el cristianismo. En nuestros procesos de toma de conciencia hemos tenido que dar nos cuenta, desmitificar y luchar contra una serie de aprendizajes −de negación, desprecio y culpabilización − bien incorporados con relación a nuestros cuerpos que provienen de la tradición cristiana. A la vez, en la medida en que hemos ido habitando nuestros cuerpos y le hemos dado importancia a las experiencias hemos afirmado y descubierto “el cuerpo como punto de partida de la teología” (Ivone Gebara). Hay un camino iniciado que valora los cuerpos y relee la tradición cristiana desde esta perspectiva.

Este proceso se ha realizado como parte del movimiento de mujeres y en relación con el pensamiento feminista, en prácticas comunes y muchas veces desafiado por éste al darse cuenta de cómo los mensajes misóginos en nuestra cultura se han sustentados en la tradición cristiana para mantener políticas que niegan a las mujeres, jóvenes y niñas/os condiciones de vida con menos violencia y el reconocimiento del “derecho a tener derechos” y de ejercerlos, especialmente los derechos sexuales y reproductivos, que menciono aquí porque esta área parece presentar los mayores nudos y evocar las mayores resistencias dentro de las iglesias cristianas, especialmente la Católica Romana.

En adelante trataré de hacer dialogar propuestas metodológicas corporales experimentadas con grupos de mujeres con reflexiones y preguntas para nuestro quehacer teológico, abierto a reflejar la diversidad y las contradicciones, la vulnerabilidad y la belleza de los cuerpos humanos y de todos los cuerpos vivientes.

Las palabras no bastan

En el proceso de trabajo (a)sistemático que iniciamos hace años con el propósito de que las mujeres dijeran su propia palabra también en la teología, un elemento clave fue partir de nuestras propias experiencias. Allí, en el trabajo con Josefina, nos dimos cuenta de que la palabra no basta. En los talleres se repetía el tema de las mujeres víctimas, abandonadas, violentadas; situaciones recordadas una y otra vez en los grupos, lamentadas a veces, entendidas a ratos las causas de la opresión de las mujeres; esfuerzos válidos que sin embargo no lograron romper el círculo vicioso en que las mujeres seguían mirándose como víctimas, agotamiento de recursos y discursos.

Así llegamos al cuerpo. Primero de manera intuitiva y luego profesionalmente, en la Escuela de Terapia Corporal, se abrió un proceso personal y colectivo. Me he ido adentrando en el cuerpo como territorio escénico, leyendo en él mi historia, mis memorias y, en forma paralela, aprendiendo a ver también las marcas de las memorias de las otras mujeres en sus cuerpos. La profundidad de estas heridas aflora a veces de manera inesperada. Durante un taller con mujeres líderes se plantearon la tarea de proponer celebraciones en torno a temas variados como salud, solidaridad y justicia, cuerpo, los ciclos de las mujeres, y de la naturaleza. Las celebraciones creadas por mujeres han constituido momentos importantes en la expresión de la espiritualidad. Compartir rituales, símbolos y gestos para celebrar la vida. Las mujeres, sin ponerse de acuerdo, prepararon las celebraciones, todas centradas en la violencia contra los cuerpos de las mujeres. En el transcurso de la celebración, la representaron y la actuaron, algunas de manera simbólica, otras con un realismo escalofriante; luego vino la acogida, la curación de las heridas y todas termina-ron abrazadas, bailando. A pesar de este final, la impresión más fuerte que quedó fue la de la violencia en los cuerpos, cuerpos de mujeres que han hecho un proceso de desarrollo personal, de sanación, de reflexión, cuerpos de mujeres que trabajan con otras, que buscan ayudar y acompañar a otras mujeres en estos procesos.

Desatar los nudos de la violencia, desarmar las relaciones de violencia en el propio cuerpo y en el cuerpo del texto sagrado, en el cuerpo social, eclesial y teológico, parece ser un desafío que se hace más grande en la medida que avanzamos, ya que descubrimos capas más profundas, mitos y opresiones más arraigados en nuestros cuerpos. Adentrarme/nos en estos territorios me/nos ha llevado a la afirmación de la vida y del cuerpo de las mujeres como texto sagrado (Elsa Támez). Entender la vida de las mujeres como texto sagrado y los cuerpos de las mujeres como texto-tejido de múltiples experiencias de opresión, liberación, violencia, deseos y placer, nos desafía a abrirnos a sus diferentes lecturas, a descifrarlos, interpretarlos y reescribirlos. ¿Qué teologías saldrán de ahí, qué textos de opresión y liberación, qué maneras de simbolizar y celebrar lo sagrado?

Partir del cuerpo, ¿qué cuerpo?

Cuando afirmamos la importancia de partir del cuerpo no lo hacemos en un sentido ingenuo o idealista; trabajamos con un cuerpo socializado, disciplinado, nombrado y erotizado, el cuerpo de la cultura:

“En el curso de nuestra historia nuestro cuerpo ha vivido el disciplinamiento de género que nos lleva a ser las mujeres y los hombres que somos hoy día. A través de un proceso complejo y sistemático que se inicia antes de nacer y permanece en la memoria colectiva, vivimos en el cuerpo los reforzamientos y re-presiones explícitos e implícitos de género.

Cuando hablamos del cuerpo y proponemos trabajar desde allí como punto de partida nos estamos refiriendo a este cuerpo con historia, disciplinado, domesticado. Allí donde se encuentran registradas las huellas del sufrimiento y del placer. Al explorarlo afloran sentimientos y emociones latentes y profundas del proceso de domesticación: en qué momento aprendí a ocultar mis pechos, llevando los hombros hacia adelante; cómo se fueron estirando los músculos de mi espalda para dar espacio al miedo; cuándo se hizo necesaria esta coraza muscular para protegerme, para pasar desapercibida. ¿Y el placer?”.

(Josefina Hurtado: (In) corpo narrado, en Conspirando,)

Trabajar corporalmente en los talleres tiene muchas veces un efecto terapéutico, aunque su intención primera no sea ésta, sino proponer ejercicios, movimientos, contactos que quieren abrir la posibilidad de tomar consciencia, entrar en y habitar el propio cuerpo, conectarse con sus sensaciones y emociones. A través de la autoobservación y el espejo que somos unas/os para las/os otras/os; aceptando sin juicio y afinando la percepción. Luego vienen las preguntas: “¿Qué sensaciones siento? ¿Qué sentimientos me despiertan? ¿Qué pensamientos me provocan? ¿Hacia qué comportamiento hacia el entorno me llevan?”. Ensayo de una metodología que es abierta y flexible, escucha las necesidades del momento, el conflicto, la resistencia, aquello que necesita ser explorado, hacerse presente, emerger, expresarse para poder ser leído y modificado en cualquiera de las tres áreas: cuerpo, mente o relaciones interpersonales, ya que “la persona es su cuerpo, pero también su mente y sus vínculos” (Enrique Pichón-Riviere).

* La mujer encorvada

Caminen por la sala normalmente, sientan el apoyo de sus pies, el movimiento del cuerpo hacia arriba, los brazos, la postura/movimiento de la cabeza, su respiración. Lentamente, después de haber registrado todas las sensaciones e imágenes, se van levantando, caminen de manera normal, y luego conscientemente muy erguidas… ¿cómo están sus pasos?, ¿qué pasa con la espalda, la cabeza, los brazos?, ¿dónde está el peso del cuerpo, cómo respiran, qué pueden mirar?, ¿cómo sienten caminar así?, ¿qué imágenes aparecen?

Después de este ejercicio cada una encuentra un pedazo de greda y modela en silencio una mujer encorvada y una erguida. Luego miramos las creaciones de cada una, compartimos la vivencia. Y después la pregunta: ¿qué nos hace encorvar a las mujeres? ¿qué nos ayuda a levantarnos? En este diálogo aparecen las experiencias de sometimiento, carencias y abandono, la falta de autoestima y la falta de recursos y oportunidades, la preocupación por los demás que aplasta tanto como el machismo y la violencia dentro de la familia. Los grupos de mujeres, lugares seguros que permiten expresarse, compartir y sentirse escuchada y acogida, levantan la autoestima, considerada muchas veces como lo fundamental para poder levantarse y enfrentar los próximos pasos; y el compartir momentos y espacios gratuitos, sin exigencia de deber ser para… De esta manera hemos luego dialogado con el relato de Lc 13, 10-17.

Representar con el cuerpo, asumir posturas corporalmente, expresar una emoción o una relación con el cuerpo, “ponerse en el lugar de la otra” en un movimiento, un desplazamiento, un gesto o una postura abre nuevas comprensiones porque estamos presentes “de cuerpo entero”, podemos usar los diferentes canales de conocimiento para acercarnos a entender. Es una manera de relectura de los relatos y personajes bíblicos (como lo ha desarrollado por ejemplo el Bibliodrama). Se puede convertir en un momento clave dentro del proceso de hacer teología crítica feminista, ya que desde la vivencia del trabajo corporal y plástico surgen preguntas no habituales, emerge la sospecha, el cuestionamiento, se aclaran gestos o movimientos de los cuerpos en el texto al leerlos desde las propias memorias y sensaciones; se pueden desmitificar personajes y actitudes tomados por normativos hasta el momento; y a través del juego se pueden recrear, simbolizar y llegar a un nuevo ordenamiento, una nueva comprensión.

* Cuerpo y memoria, hitos de nuestra historia

Cuando descubrimos las vidas y los cuerpos de las mujeres como textos sagrados necesitamos formas que nos permitan descifrar estos textos, las marcas de violencia y opresión que allí se han plasmado, como también los lugares y momentos de transgresión y conflicto, de placer y bienestar. Una manera que hemos utilizado para este fin en diferentes momentos es el trabajo con los hitos de la historia en nuestros cuerpos para descubrir la historia personal y colectiva. En diferentes contextos que requieren conectarse con la memoria en el cuerpo (por ejemplo para comprender qué nos ha pasado durante los años de la dictadura y la transición a la democracia, o para abordar el tema de la violencia o mirar −en forma más global− nuestros procesos como mujeres).

Después de una relajación, conectadas con la respiración y recorriendo las diferentes partes del cuerpo, se propone una imaginería que ayuda a que cada persona se visualice, retrocediendo en el tiempo y mirándose hace 3, 5, 10 y 20 años atrás. ¿Qué imágenes aparecen, qué sensaciones, qué emociones, qué pensamientos?, ¿qué de estos momentos está presente en mi vida actual?, ¿de qué manera me ha marcado?, ¿cómo llego con esta historia a ser la que hoy día soy? (¿Y qué me gustaría resolver, completar, transformar?).

Luego cada persona recibe cuatro hojas de papel con la silueta de una mujer. Se invita a que plasmen allí en este cuerpo de mujer cuatro momentos importantes en su vida; se puede dibujar, escribir, simbolizar de alguna manera los acontecimientos; cada mujer le coloca también algún signo especial a sus siluetas y se le pone a cada hito el año correspondiente. En pequeños grupos se comparten las historias, cada mujer es escuchada, aparecen coincidencias, historias similares y se destacan diferencias. Al volver al plenario, cada persona coloca sus siluetas en la gran línea del tiempo que está puesta en la pared (y que marca en intervalos los últimos 50 años y termina hoy día). Cuando termina de poner sus figuras, al final de su recorrido, es recibida por otra mujer que la acoge, la puede abrazar y afirmar en su historia.

Cuando miramos luego la línea del tiempo con las siluetas coloridas y marcadas de las memorias de las participantes, hay hitos que se repiten: imágenes de la infancia conectadas con miedos, intentos de violación, figuras tras rejas, trajes de niña, colores suaves y flores, la prohibición de tocar el cuerpo, experiencias de trabajo temprano: tener que lavar ropa todo el día, también poder jugar sin preocupación, surge el recuerdo de la soledad; los hitos de la adolescencia aparecen asociados a rebeldías, menos ataduras que en la infancia, mujeres con vientre, pechos, pisando hierbas, pololeo (noviazgo), grupos de jóvenes, ser revolucionaria, tener que cumplir con roles femeninos tradicionales: cuidar, servir, ser responsable, fiestas y rebeldía; en la edad adulta los hitos se asocian a la pareja, el nacimiento de los hijos, abortos, la vida en casa, un cuchillo sobre el útero, separación de pareja, duelo y mayor conocimiento de sí misma, con pocas ataduras, pechos, corazón y vientre, mirada abierta.

Muchas de estas vivencias hacen aparecer una historia colectiva de las mujeres, una manera de formar nuestra identidad de género. En un próximo paso colocamos otros contextos a nuestros textos-historias-cuerpos: escribimos en carteles acontecimientos políticos, sociales, económicos y eclesiales, hitos importantes en el movimiento de mujeres, los movimientos sociales, las comunidades, los grupos de pertenencia de cada una que forman los contextos dentro de los cuales nuestras historias se desarrollan. Terminamos en círculo, bendiciendo nuestras vidas, nuestros cuerpos mutuamente.

* Posturas de cambio. El espejo de la postura

Afirmamos la necesidad de cambio, social, político, económico, buscamos cambiar las relaciones machistas, de violencia. ¿Desde qué lugar? ¿Cuáles han sido las dificultades que vuelven a aparecer, los patrones de relación que no se modifican de manera radical y duradera?

Trabajamos en parejas, una se para con su postura habitual, la otra observa bien hacia todos lados; luego se para de la misma manera, ofreciéndole un espejo a su compañera. Esta observa su postura reflejada, percibe las tensiones, aquello que le parece incómodo en esta postura (un hombro más bajo, la cabeza hacia un lado, las rodillas tiesas, etc.) y va modificando la postura de la otra de una manera más cómoda, más en el eje… y al finalizar la mira y asume ella misma esta postura corregida.

En estos ejercicios ambas están atentas a sus sensaciones, tanto corporales como emocionales. Comentan muchas veces lo incómodo que fue la “nueva” postura, por mucho que era más adecuada, facilitaba repartir el peso, estar en el eje, aliviar tensiones. Surgen las resistencias al cambio; los patrones habituales, por poco cómodos o sanos que sean, en algún momento fueron adoptados como la mejor manera de pararse en el mundo, ayudaron a sobrevivir, a enfrentarse a la violencia, etc. Quizás hoy día no se necesita andar siempre a la defensiva o dispuesta para el ataque (y expresar eso corporalmente), pero al modificarlo me hace vulnerable. Para algunas resulta cómodo, atractivo para seguir explorando las emociones, las situaciones que llevaron a asumir determinadas posturas, a ensayar otras posturas corporales de acuerdo con sus nuevas intuiciones y pensamientos.

En este proceso se reflexiona también acerca de la complejidad del cambio: “Nosotras no podemos pedir a los otros que cambien y asuman ciertas cosas si el cambio no se produce en nosotras… Entiendo la política como la manera de relacionarse humanamente; este trabajo me sirve mucho ya que tengo que estar atenta a que las personas tengan espacio para sus cosas personales”.

* Relaciones de poder

El tema del poder representa un importante nudo para las mujeres; por su condición de género, en el contexto de sociedades y culturas machistas, con tradiciones dictatoriales e iglesias que representan relaciones autoritarias y jerárquicas y predican a un Dios que es todo poder. La consecuencia es que muchas mujeres interpretan el poder como algo que no les pertenece, afirman que no tienen poder (y que tampoco lo quieren, porque es “malo”). Al mismo tiempo hablamos entre mujeres del empoderamiento, muchos de nuestros trabajos apuntan a que las mujeres reconozcan y ejerzan su poder.

Todas nuestras relaciones, que siempre son relaciones de poder, las aprendemos e internalizamos en contextos emocionales y afectivos; desde ahí surgen imágenes, interpretaciones, mitos, símbolos, maneras de acercarnos y entender el mundo. ¿Podríamos acercarnos a las relaciones de poder vivenciándolas/evocando su presencia y resonancias en nuestros cuerpos?

Esa fue la propuesta durante la I Escuela de Espiritualidad y Etica Ecofeminista con el tema “Mitos y Poderes”. A través de una serie de ejercicios que gradualmente pasaron de lo individual al trabajo con una pareja, a lo grupal y lo colectivo, con la intención de contactar cada vez un sentido diferente de poder, de detectar las huellas que de estas relaciones han quedado en nuestros cuerpos y reflexionar sobre ellas. Cada mujer busca su lugar de poder dentro del jardín, explora posturas, sensación que se traduce en una potente conexión con el suelo, el cuerpo se pega, vibra en una intimidad y expansión profunda. De ahí trabajan en parejas, sosteniendo una a otra alternadamente, ser grande, contenedora, poderosa, sentir-se dependiente, acogida, amenazada; ambas midiendo fuerza, empujándonos una a otra, resistir y ceder…; dejándose guiar una por otra, con los ojos cerrados por el espacio, y luego acoger dentro de un círculo a una persona que se deja caer y enviada hacia otro costado, cuerpos que viven esta experiencia con entrega, resistencia, confianza en el cuidado de sus pares, tensión y miedo, control del cuerpo. Terminan la experiencia con una danza en espiral que se va cerrando cada vez más, acercándose las mujeres y apoyando la cabeza sobre el hombro de la compañera, un movimiento-fusión.

Cada uno de estos ejercicios, movimientos y relaciones evoca diferentes sensaciones, memorias de relaciones de poder. A partir de este registro en el cuerpo podemos revisar los diferentes tipos de poder: poder jerárquico (poder sobre), poder desde adentro y poder-con. Cada persona detecta cuáles son sus posturas de poder en diferentes ámbitos de la vida cotidiana. La afirmación inicial, más bien estereotipada, de que las mujeres no tenemos poder… cede espacio a miradas más diferenciadas y reflexiones sobre nuestras relaciones de poder en la vida cotidiana. Este trabajo se abre también a un análisis de nuestras imágenes de Dios. ¿Cómo se ha ido modificando a partir de los procesos de toma de consciencia y del empoderamiento que las mujeres han vivido? Nos acercamos a eso a través del dibujo −como un recurso metodológico más conectado con el hemisferio derecho− que permite un acercamiento más intuitivo, menos “pensado” o intencionado. Con trazos sencillos y colores simbolizan las imágenes de Dios/lo sagrado en la niñez y la vida adulta.

Las imágenes muestran un desplazamiento del Dios del cuco de la niñez (simbolizado por el ojo en el triángulo, la correa, la mirada desde arriba, Jesús con la corona de espinas) hacia círculos de mujeres diversas, amigas, una espiral de múltiples colores, el pan compartido, imágenes de la naturaleza. Los testimonios relatan el cambio de un dios lejano al que había que tener miedo al igual que a los padres, que todo lo miraba y sabía, hacia un Dios cercano amigo/a que está dentro de cada una, y está allí porque la persona lo escogió.

* Cuerpo y palabra

Luego de estos ejercicios en los grupos siempre conversamos. A veces después de un trabajo individual, en grupos pequeños y luego en un espacio común. Palabras encarnadas en los cuerpos −como los mensajes que afirman la negación−, el menor valor y el pecado pueden ser dichas, reconociendo cómo han moldeado los cuerpos, cuál ha sido su fuerza de deformación. Es posible reconocer las huellas que estas palabras han dejado en los cuerpos, las múltiples maneras en que han truncado el despliegue de la vida. Surge el dolor, la rabia y la pena por lo no o lo mal vivido. Pero también se pueden reconocer en estos diálogos los lugares de las alegrías, las caricias, la fuerza, la creatividad y el placer. Aparece el cuerpo como lugar que guarda las memorias de las heridas, produce tensiones y enfermedades, y a la vez hay un cuerpo capaz de transformarse y de sanar. Lugares desde donde una se siente querida, puede afirmarse, es bella y buena; una autoestima y valoración que permiten también una mirada diferente a las demás mujeres, las/os hijas/os y que abre a transformar las relaciones con los demás.

En la confrontación con otras, las propias experiencias se relativizan, se ponen en contextos, pueden ser comprendidas y cuestionadas; a la vez se pueden constituir en interrogantes de certezas, mitos y verdades de los cuerpos sociales, teológicos, ideológicos. El espacio grupal permite los reordenamientos y el aprendizaje. Las celebraciones o rituales constituyen otro paso importante, donde es posible conjugar diversos lenguajes simbólicos, como la música, la danza, colores, objetos, gestos y posturas a fin de confirmar o sellar un aprendizaje y celebrar un momento especial en el proceso de (trans)formación.

Desde ahí se despliega un movimiento/una reflexión constante como en una espiral; aparece la necesidad de crear espacios para otros cuerpos, otras mujeres, los/as jóvenes, los/as niños/as. Y aunque no es nuevo que las mujeres se comprometen para resolver los problemas que las rodean, sin embargo parece que hoy el “deber ser” tiene menos fuerza y llega a ser reemplazado por una entrega porque lo bueno (los descubrimientos, las liberaciones, las nuevas herramientas y visiones) necesita ser compartido, y abre a un proceso de nuevos caminos compartidos, revisiones y proyectos.

Ponerle cuerpo a la teología

Las mujeres somos cuerpo y tradicionalmente en nuestra cultura y religión se nos concede más corporalidad que a los hombres: Las vivencias de la menstruación, los embarazos y los partos llevaron a atribuirle al cuerpo de la mujer una mayor cercanía a la naturaleza, mientras a los hombres se les ha identificado con la mente y la cultura; visión dualista que separa y descalifica los cuerpos con relación a la mente, y los cuerpos femeninos con relación a los masculinos. En la cultura cristiana occidental el cuerpo de la mujer como cuerpo sexuado ha sido visto frecuentemente como el cuerpo del pecado; como señala Ivone Gebara:

“El cuerpo de la mujer es el lugar privilegiado para simbolizar el enigma de la sexualidad humana. El cuerpo de la mujer, lugar de placer difuso, de útero oscuro, de sangre de vida, de las secreciones, de larga espera gestadora de vida, lugar de prisión y de libertad, lugar de resurrección. Este cuerpo es privilegiadamente el símbolo del misterio de la vida, del enigma de la sexualidad humana. Desafía cualquier principio preestablecido, cualquier teoría que desea ser única o absoluta.

Una figura mítica-simbólica en este contexto es Eva, ‘la madre de todo lo viviente’: El útero oscuro, primer espacio de vida en conjunto, la profundidad de la tierra fértil, las grandes aguas, o la leche que alimenta, o la sangre que corre, o el regazo que acoge y protege, seduce y asusta al mismo tiempo”.

(Gebara, Ivone: As incomodas filhas de Eva na Igreja da América Latina,)

En la historia del cristianismo esta ambivalencia frente al cuerpo ha llevado a geopolíticas del cuerpo, donde los cuerpos parecen tener presencia como cuerpos de servicio, cuerpos para los demás, para el Señor, cuerpos negados o sacrificados, y muy escasas veces como cuerpos habitados con placer. En el caso de las mujeres el disciplinamiento del cuerpo −con justificación teológica− ha sido constante, llegando al extremo en la persecución de millones de mujeres como brujas. Hoy no se dan estos extremos, sin embargo las políticas acerca de la sexualidad humana que actualmente imponen los representantes del Vaticano en las Conferencias internacionales y a nivel nacional siguen promoviendo una teología del sometimiento de los cuerpos de mujeres, hombres, jóvenes y niñas/os a una teología dogmática con verdades absolutas.

El trabajo relatado se realiza a partir del cuerpo y en la dialéctica entre cuerpo y palabra en el contexto de espacios grupales. La capacidad de observar(se), de percibir y de reconocer las propias sensaciones como válidas abren nuevas posibilidades. Los espacios grupales favorecen el proceso de escuchar y compartir, confrontar y reflexionar –y con eso la posibilidad de flexibilizar los estereotipos y permitir nuevos movimientos. Aparece en este proceso la riqueza de la diversidad y la posibilidad de una mayor integración. Surgen palabras propias enraizadas en las experiencias de vida, palabras capaces de desconstruir la teología patriarcal y las relaciones de violencia.

Palabras que habitan los cuerpos y hacen habitables los espacios, palabras que contribuyen a desarrollar teologías que reflejen la diversidad y contradicción, la belleza y la vulnerabilidad de los cuerpos humanos, y de todos los cuerpos vivientes. Teologías que puedan tomar en cuenta la relación entre la represión del cuerpo, la depresión y ausencia de fe por un lado y la fe, el placer y la energía de vida por el otro, entendiendo el cuerpo no como objeto de la teología, sino como su fuente e inspiración.

 


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