Posteado por: Juan | octubre 15, 2010

LA ECOLOGÍA COMO NUEVO ESPACIO DE LO SAGRADO – Leonardo Boff

Mi reflexión sobre la ecología como espacio para una redefinición de lo sagrado y un reencuentro con Dios está elaborada desde la perspectiva de la naturaleza agredida, vulnerada, que grita junto con los pobres por una justicia y una reconciliación que les están siendo negadas. Desde 1984, cada año se publica en Estados Unidos un libro con el título El Estado de la Tierra. Es un estado que asusta porque la Tierra está enferma, el planeta y sus habitantes están amenazados. El ser más amenazado de la naturaleza no es el oso panda de China, ni las ballenas: son los pobres del mundo. En efecto, dos terceras partes de la humanidad viven en la miseria y sesenta millones de personas mueren cada año de hambre o como consecuencia del hambre. Los pobres son los seres más amenazados. El ser humano, el más complejo de la creación, se ha planteado ya la cuestión de una ecología social, es decir, de unas relaciones justas que propicien vida, bien común no solamente para los humanos, hombres y mujeres, sino también para la naturaleza y todos sus seres y relaciones. Hay una máquina de muerte que está amenazando a nuestro planeta. Todos conocemos los datos, pero quiero dar uno solamente para concretar ese tipo de amenazas y desde ahí plantear en serio en qué medida nuestra fe —y la fe reflexionada y crítica que es la teología— ayuda a desarrollar actitudes ecológicas, nos ofrece promesas de vida, de salvaguardia de lo creado por Dios.

Los datos señalan que de 1500 a 1850 presumiblemente ha sido eliminada una especie de vida cada diez años. Entre 1850 y 1950, un siglo, se eliminaba una especie cada año. En 1990 desapareció una especie cada día. Y si este ritmo sigue, en el año 2000 desaparecerá una especie de vida cada hora. Estos datos ponen de manifiesto el tipo de agresión que se ejerce sobre pueblos, sobre clases, sobre naciones, sobre y contra la naturaleza. A partir de esta situación se apela a la ecología. La ecología tiene más de un siglo. Los ecólogos estaban trabajando en silencio, pero ahora hablan. Elaboran un discurso de una ecología política, ecología urbana, ecología mental, ecología tecnológica, ecología profunda y también de una ecoteología. Nosotros sabemos que la ecología no reduce su ámbito de reflexión y acción a lo verde de la naturaleza. No. La ecología trabaja las relaciones que todos los entes, todos los seres, particularmente los vivos, mantienen con su entorno. Fundamentalmente, la ecología es el arte, la técnica de las relaciones de todos con todos.

Si algo hemos aprendido de la moderna cosmología, es decir, de la moderna visión del mundo que proviene de la física cuántica, de la biología molecular, de la nueva antropología o de las reflexiones ecológicas, es que todo tiene que ver con todo, en todos los puntos y en todos los momentos. Estamos todos envueltos en una inmensa red de relaciones, y nada ni nadie existe fuera de esas relaciones. La ecología dice fundamentalmente eso. La palabra «ecología» está muy emparentada con la palabra «economía», porque tanto una como otra vienen de la misma raíz griega que quiere decir «casa humana». ¿Cómo vamos a construir la casa, una casa que no es la casa de mi barrio, ni la casa de mis padres, sino la casa humana como planeta?, ¿cómo vamos a construirla para que todo pueda convivir en armonía y paz y justicia, donde haya alegría para habitarla y no existan amenazas?

Ésta es la cuestión que ha aflorado en nuestra conciencia y que ha desplazado a otras muchas cuestiones. La pregunta fundamental ya no es qué futuro tendrán el cristianismo o la Iglesia. La pregunta es: ¿qué futuro tendrán la humanidad y este planeta azul? Porque si este planeta no tiene futuro, tampoco lo tendrá la Iglesia, ni el cristianismo, no tendrá futuro nada de la religión. La pregunta es: ¿en qué medida hay cristianismo en esas iglesias?; nosotros, cristianos, ¿ayudamos para que la Tierra y la humanidad tengan el futuro garantizado y que nuestros descendientes tengan derecho a mirar las estrellas, a enamorarse de la luna, a respirar un aire puro, a beber agua pura? Por eso se nos desafía a tener solidaridad generacional con las generaciones que todavía no han nacido. Tenemos que aprender a amar lo invisible y a defender la Tierra para que los que vengan después no nos maldigan porque les entregamos como herencia un mundo inhóspito e inhabitable, una pésima calidad de vida.

Por eso, la pregunta adecuada es ésta: ¿cómo nosotros, desde nuestra fe, desde el capital simbólico que hemos acumulado en dos mil años de vivencia y reflexión, hacemos nuestra aportación, al lado de cuantos también están preocupados por la Tierra, para gestar juntos una habitación donde todos puedan estar, en la que no haya comunitarios ni extracomunitarios, no haya africanos, españoles o turcos; en la que sólo haya ciudadanos humanos, hermanos y hermanas, que sea una gran casa común, una gran familia? Ésta es la mentalidad, la revolución molecular que tenemos que desarrollar cada uno de nosotros si queremos estar a la altura de los retos que nos vienen de la realidad y no permanecer fijados en nuestros intereses mediocres con categorías del pasado, incapaces de entender lo que el espíritu nos indica de la realidad. Es decir, debemos aceptar el desafío, ponernos en una situación de crisis, porque son las crisis las que nos hacen pensar, las que nos obligan a desarrollar actitudes nuevas, exactamente para enfrentarlas y superarlas.

Quisiera desarrollar muy sencillamente unos puntos, desde la perspectiva de la fe, que nos ayudaran a elaborar en nosotros y allí donde vivimos una mentalidad ecológica, una actitud que busque siempre relaciones de equilibrio, de restauración de lo que está herido, y una sanidad fundamental de la Tierra y de los humanos que habitan esa Tierra como parte, expresiones, hijos e hijas de esta Tierra, para que podamos vivir una nueva alianza y restablecer la gracia original que nos reconduce a la patria de origen. En todo el mundo se está produciendo un regreso al hogar, a la patria natal. Regresamos a las montañas, a los árboles, a los pájaros, a los animales, a las piedras, a la naturaleza, como hijos que se habían alejado, que estaban metidos en apartamentos, en oficinas y fábricas llenas de cables e instrumentos, un mundo artificial que nos alejaba de nuestra gran madre. Y ahora estamos volviendo lentamente al hogar, y ahí establecemos una relación de ternura, de cuidado, de una inmensa fraternidad y solidaridad con aquello que antes considerábamos que estaba por debajo de nosotros, a nuestra disposición para manipularlo y construir nuestra riqueza y trabajar no con la naturaleza, sino en contra de ella.

La fe y la teología nos ayudan a llevar a cabo esa vuelta, a recuperar esa gracia original. Estamos tal vez demasiado marcados por el pecado original. Nos sentimos con frecuencia mucho más cercanos del viejo Adán pecador que de quien es el nuevo Adán, Jesús. Porque, desde la fe, el primer hombre no fue Adán, sino Jesús. Y es a la luz de Jesús y a su imagen y semejanza como fue creado el primer hombre histórico, la primera mujer. Por eso tenemos que arrancar de lo que es más originario, más fundamental, que es la gracia originaria. Y desde ella interpretar el pecado que tiene que ser redimido, perdonado, para que la gracia vuelva a brillar. En el carnaval de Río de este año, el gran tema de la escuela de samba que triunfó era: «La vida y la naturaleza existen para brillar». Existimos para brillar, no para sufrir, no para agobiarnos, no para ser explotados. El mundo —nosotros— existe para brillar. Y ese brillo no es sino la gracia originaria que jamás hemos perdido definitivamente. Por más fuerza que tenga el pecado, no puede oponerse totalmente a Dios y ofuscarle del todo, porque gracias a otro nombre tiene la presencia que se irradia, que entusiasma, que irrumpe en la historia del mundo, de las personas y de la naturaleza. Es el Dios presente.

A partir de lo que he dicho, el primer punto que me parece importante recuperar es una teología de la creación, una sana, verdadera teología de la creación. De la creación mirada en su primera dimensión como un gran sacramento, un espejo en el cual Dios mismo se mira. La creación, como dice el Génesis, entendida como algo muy bueno y muy bello. Por eso, mirando a la creación entramos en contacto con el magisterio cósmico, que nos ofrece enseñanzas infalibles sobre la belleza, la providencia, la complejidad, la irradiación de todos los seres; nos pone en contacto con la fuente de ser y de vida que es el creador, que es Dios.

La creación, en su primer momento, no admite ni tolera jerarquías porque todos venimos de la misma fuente, tenemos el mismo destino; salimos, sin más, todos juntos de las manos de Dios, salimos de su corazón, de su amor desbordante. La creación, en primer lugar, nos coloca a todos en el mismo plano de igualdad, de dignidad; todos somos portadores de un mensaje, todos llevamos una marca registrada de Dios. La creación —la teología de la creación—, también, reubica al ser humano dentro de la totalidad de los seres. El ser humano es el que llega por fin, por último, en la retaguardia de la creación. Y eso tiene mucho significado. Significa que no hemos visto el principio de la creación, que el mundo existió antes que nosotros y sin nosotros, y que el mundo, por eso, no nos pertenece, pertenece a Dios. Nosotros lo recibimos de Dios como una herencia que el padre pasa a sus hijos y a sus hijas para que la administren bien. Es el sentido bíblico del Génesis (1,26) cuando dice que el ser humano, hombre y mujer, fue creado a imagen y semejanza de Dios. Es el ser humano como hijo, imagen y semejanza, como lugarteniente, quien prolonga el gesto creador bueno, bello, de Dios; quien, como dice el capítulo 2 del Génesis, va a habitar el paraíso, el Edén, para guardarlo y cultivarlo. El ser humano está dentro de la creación junto con todos los demás seres, hermanos y hermanas. Por eso no ha de tener vergüenza de sus raíces cósmicas, de su comunión hacia abajo, hacia los lados, y no sólo hacia la cabeza, hacia lo que le destaca y deja el mundo hacia atrás.

Es así como el ser humano aparece como un ser ético, que tiene responsabilidad del mundo, que puede ser el ángel de la guarda del mundo, el ángel bueno. Pero que por su libertad y su responsabilidad puede ser también el Satán de la Tierra. Puede agredir, desestructurar, eliminar hermanos y hermanas. Puede introducir una injusticia ecológica, que es una relación mala con los demás. Pero, a su vez, es llamado a pilotar la creación y el sentido que se lee en la saeta del tiempo; la misma dinámica de la creación, que cuanto más asciende más compleja se vuelve, más interior, hasta irrumpir en la conciencia.

No existe sólo lo infinitamente grande ni lo infinitamente pequeño, sino también lo infinitamente complejo, que es la mente humana, y lo infinitamente profundo, que es el corazón humano. Una totalidad de la realidad capaz de sentir el pulso de la creación en su corazón, capaz de sentir el mundo, no solamente pensarlo, no solamente manipularlo, también vivir lo gratuito con los elementos de la naturaleza. Por eso hay mucha sabiduría en el relato del Génesis cuando termina con el sábado, cuando descansamos.

El fin, la misión del ser humano no es solamente el trabajo y la lucha, es también el descanso, lo gratuito, el hacer gozoso. Y el sábado de toda la creación, sábado de Dios, que es la profunda perfección como comunión, como estar juntos; es la gracia original. Ya sabemos que se produjo la ruptura de esas relaciones. Y ahí irrumpió lo que llamamos pecado original, que es más bien una distorsión del conjunto de relaciones. Tal vez la definición más rica del ser humano sea entenderlo como un nudo de relaciones, volcado en todas las direcciones, hacia arriba, hacia los lados, hacia abajo, hacia adentro, hacia el gran sueño arriba con Dios. El ser humano es un nudo de relaciones, pero ese nudo puede distorsionarse. Por eso falla su comunicación con la naturaleza. Se estropea el juego de relaciones con los demás, se rompe la comunión de Dios. El pecado es un poco eso, el gran grito de la creación. Pablo dice en la carta a los Romanos que la creación gime. No gime solamente bajo el dolor y la opresión, gime gritando por la libertad, reclamando justicia y gracia originaria. En esto consiste la teología de la redención, de la liberación: liberar para que esta gracia que está ahí aprisionada pueda emerger.

Y así recuperamos nuestro lugar dentro de los demás seres, no como alguien que está por encima de la naturaleza, sino junto a ella; que no canta a través de la naturaleza, sino junto con los demás seres porque ellos ya están cantando, como dice san Francisco en su «Himno al hermano sol», que canta con todas las criaturas a través de la naturaleza, utilizándolas para cantar. Ellas ya cantan, lanzan su mensaje. Nosotros nos unimos a ese cántico universal, a ese himno cósmico, como también Ernesto Cardenal cantó en su fantástica obra Cántico cósmico, su última gran producción poética que es un himno cósmico.

Tenemos que recuperar esa teología de la creación en contra de todo un agustinismo teológico de pesimismo sobre el mundo. Tenemos que recuperar, desde la insurrección del corazón, la naturaleza, esa bondad radical, esa convivencia que importa desarrollar si queremos salvar lo que hoy está amenazado. Y salvarnos juntos, porque el reto es ése, no hay un arca de Noé en la que puedan salvarse sólo algunos. Hemos llegado a un punto en el que o nos salvamos todos en esta inmensa arca de Noé que es el planeta azul o no nos salvamos ninguno.

El segundo punto que me parece importante es la recuperación del concepto más íntimo que el cristianismo tiene de Dios: Dios no como soledad, sino como comunidad, como comunión de personas. Dios como juego de relaciones de vida y de amor entre Padre, Hijo y Espíritu Santo, los tres iguales en vida, dignidad y generosidad, y a la vez distintos. Uno no es el otro, pero por el amor se unifican y tenemos no tres dioses, sino un Dios, por el amor, por la vida, por las relaciones que se entrelazan entre ellos. El concepto que tenemos de Dios es el de un Dios profundamente ecológico. Decíamos antes que ecología es el conjunto de relaciones que tenemos todos con todos, en todos los puntos, en todos los momentos; así decimos que Dios se está revelando en todo, como explicaba el gran místico Meister Eckhart, que Dios desde lo más profundo de nuestra alma, Dios padre, está generando a su Hijo en la fuerza del Espíritu, y en ese movimiento nos genera a nosotros, todo el universo, como ese conjunto de relaciones.

Por tanto, Dios no está apartado del mundo, sino junto con el mundo. Efectivamente, una comprensión de Dios sin el mundo nos ha llevado a un mundo sin Dios; ésa ha sido la constatación del Vaticano II y que nos compromete a nosotros, cristianos. Así se entiende a Dios como fuerza, energía; relación de vida, de conciencia, de amor, que se refleja en el universo entero y fundamentalmente en nosotros, humanos, que somos ese nudo de relaciones, y en la sociedad como conjunto de relaciones de los actores, de las personas, de sus instituciones. Se redescubre a Dios en esa compleja inmensidad de lazos que nos une de tal forma que la hormiga de la calle tiene que ver con la galaxia más distante, que el pensamiento que pasa por mi mente tiene que ver con la materia y con los elementos básicos de la realidad, porque todos constituimos un gran sistema. Y Dios es el denominador común, el hilo que todo lo amarra, que todo lo une, que todo lo unifica, que hace que incluso el caos sea generativo y cree cada vez más complejidad, más brillo, más belleza en el universo. No solamente se debe recuperar un concepto de Dios más ligado a la realidad —Dios comunión, relación—, sino que también tenemos que redescubrir dimensiones del misterio de Jesús que están presentes en la conciencia colectiva de la Iglesia desde los inicios del cristianismo. Si leemos el prólogo del evangelio de san Juan o la carta a los Hebreos, los grandes himnos de las cartas a los Efesios y a los Colosenses, nos damos cuenta de la dimensión cósmica de Cristo. Cristo no es una cosa mediocre, meramente mediterránea. Él, siendo Dios, tocando la santa humanidad de Jesús, en cierta manera toca la totalidad del Universo, toca las energías más originarias, los elementos más subatómicos, porque todo forma parte de su cuerpo universal, habitado, visitado por Dios.

Por eso tenemos que ver también a Cristo ligado al misterio de la creación. Es el Cristo cósmico de san Pablo; y el de ese gran místico de este siglo, Teilhard de Chardin; o el de la experiencia franciscana, profundizada después por san Buenaventura, del descubrimiento de Cristo, de Dios, en cada detalle de la naturaleza, haciendo que cada ser sea sacramento portador, revelador de Dios. El Cristo cósmico ganó su verdadera dimensión con la resurrección porque ahí sí llenó todos los espacios, como dice san Pablo. Cristo es todo y todas las cosas, es cabeza del cosmos, cabeza de la Iglesia. Y lo es como resucitado, porque como resucitado su humanidad supera espacios y tiempos, se distiende a las dimensiones del universo y lo abraza todo, lo redime todo desde dentro, empujando la creación para que ascienda y llegue a la convergencia de su punto máximo de rescate, hasta implosionar hacia dentro de Dios. El Cristo cósmico que está en la altura de nuestra fe, grande como el universo, y no pequeño como nuestra cabeza, pequeño como el nuevo catecismo.

En el evangelio apócrifo de santo Tomás hay un texto, el fragmento número 77, que es bellísimo para mostrar esa dimensión cósmica de Jesús resucitado. Ahí dice Jesús: «Yo soy el universo. El universo salió de mí y el universo retorna a mí. Corta un trozo de madera, yo estoy dentro. Levanta una piedra, yo estoy debajo de ella porque yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación de los días». Así, pues, el Cristo resucitado está ahí, está en la madera, debajo de la piedra, en el corazón de cada persona humana, y está en el dinamismo del universo.

Tenemos que recuperar esa dimensión del Cristo cósmico para entender que tocando el mundo, metiéndonos en él, con el trabajo, con la historia, con los esfuerzos de la masa humana para ascender con el universo de las materias y las energías, tenemos que ver con el Cristo cósmico resucitado, tenemos que ver con lo crístico, como decía Teilhard de Chardin. Lo crístico, como una realidad objetiva que pertenece a la creación y que se transforma en cristiano y cristológico por nuestra conciencia, por la visión de nuestra fe, por percibir esa realidad de la creación, aceptarla, incluirla en nuestro acto de fe en Jesús. Y ahí lo crístico se transforma en cristológico, en cristiano, como consciencia colectiva de comunidad que celebra esa presencia de Jesús. No sólo la hostia consagrada —sí, él está ahí, deificado—, no sólo las personas humanas —sí, él está ahí, especialmente en los más humillados, como siervo sufriente—, sino que también el universo entero es portador de esa inefable presencia del Cristo cósmico resucitado.

Sólo hay una categoría que nos ayude a reinterpretar el mundo y hacerlo lugar de experiencia de Dios: es la categoría del Espíritu; el mundo como templo, como habitación del Espíritu. Para nosotros no es difícil entender el misterio de la encarnación, nos hemos acostumbrado a todo un lenguaje que nos habla de que Dios, con una inmensa simpatía, viene a nuestro encuentro, asume nuestra miseria, se hace uno de nosotros, es hombre de verdad y hombre pobre y oprimido, carne. Eso lo hemos asimilado, pero nos cuesta mucho entender que el Espíritu hizo algo análogo, que asumió la creación, que ha hecho de la creación su templo. Por eso los teólogos hablamos de «inhabitación». El universo se ha hecho habitación entrañable del Espíritu. Como dice el evangelio de san Lucas (1,35), el Espíritu armó su tienda. Es decir, habitó, inhabitó sobre la Virgen, sobre ese ser de la creación, femenino, mujer. Lo que ocurrió con la Virgen ocurrió con el universo. Por eso, el universo hoy está lleno de la energía del Espíritu, del entusiasmo del Espíritu. Esa palabra, entusiasmo, es rica porque por su etimología significa «tener un Dios dentro», tener entusiasmo es tener una divinidad dentro que aparece en el lenguaje, en la presencia de una persona, en el aura, en la irradiación, en la fuerza de convicción. Es el Espíritu que llena la faz de la Tierra, que se mueve en las fuerzas más originarias, que crece en las plantas, que emerge en la conciencia humana como pensamiento, como palabra, como relación, que irrumpe en los carismáticos, en los políticos, en los profetas. Es el Espíritu que está en el mundo como en su casa. Abrazando ese mundo estamos abrazando el Espíritu. No está allí, está aquí, está llenándolo todo.

Un poema muy espiritual de los indígenas americanos —hoy encontramos poesía similar en los indígenas brasileños xavantes— dice: «El espíritu duerme en la piedra. El espíritu sueña en la flor. El espíritu despierta en el animal. El espíritu sabe que está despierto en el hombre». Y siente que está despierto en la mujer. Esto último es un añadido mío. El espíritu que está ahí, está en la piedra, durmiendo como la piedra, pero sueña en la flor. ¡Qué cosa más bella! La flor como el sueño de la naturaleza, tan sensible, tan tierno, ahí está el espíritu. Despierta el animal. El animal como expresión de vitalidad, de ánima, de vida. Como sabe que está despierto en el ser humano y siente esa realidad del espíritu. Y más que los varones, las mujeres lo sienten mejor. Las mujeres están más cercanas al misterio de la vida. Ellas generan vida. El Espíritu, pues, está ahí, en todo. Y entender a Dios como espíritu es entenderlo como energía y crear toda una metafísica del Ser supremo, en la pirámide del universo, como la energía más fundamental, como el amor más violento y cósmico, como el viento más creador, como la energía que más empuja, que es más creadora, es tener otra experiencia de Dios. Nos corresponde a nosotros elaborar para nuestro tiempo esta experiencia de Dios. No se trata de que vengan otros a decir cosas sobre Dios, no. Hacer nosotros la experiencia de Dios, porque todos estamos cansados de doctrinas. Queremos hacer la experiencia de Job (cap. 32): «Yo vi a Dios con mis ojos, yo lo experimenté. Por eso hablo de él».

Decía san Ireneo que el Padre nos alcanza con los dos brazos, el Hijo y el Espíritu Santo, nos lleva hacia sí, nos abraza y nos salva. El brazo derecho, el Hijo, asumió lo masculino, los varones. El Espíritu asumió la creación, la Virgen, lo femenino y nos elevó hacia sí, divinizó el universo entero. Así podemos entender lo que los antiguos decían: «La historia está grávida de Cristo, grávida del Espíritu Santo». La historia encinta de Cristo, encinta del Espíritu. No están lejos de nosotros, están en nosotros. La experiencia de san Pablo hablando a los griegos filósofos: «en Dios somos, existimos y nos movemos», es decir, jamás vamos a Dios, nunca salimos de Dios, estamos siempre dentro de Dios, respirándolo, sintiéndolo.

Todo eso lo resume una doctrina vieja del cristianismo que hemos olvidado por puro temor, la doctrina del «pan en teísmo», que no es lo mismo que el «panteísmo». Por temor al panteísmo hemos olvidado el pan en teísmo. Voy a aclararlo. El panteísta dice: «Todo es Dios, esa luz, esa iglesia, ese reloj, todo es Dios». Dios se transforma así en un adjetivo que se agrega a todas las cosas. Nosotros no aceptamos eso. Los cristianos jamás hemos aceptado eso porque es confundir criatura y creador, es impedir la comunicación, es un mundo demasiado homogéneo. Y eso es el panteísmo. El pan en teísmo dice: «Todo está en Dios» o «Dios está en todo». Está en la piedra del camino, en la hormiga que con dificultad atraviesa el camino, está en la estrella más distante, está en el corazón del niño, está en el ojo de las personas. Dios está en todo y todo está en Dios. No es que todo sea Dios, sino que todo está dentro de Dios, Dios tiene una presencia en todas las cosas.

Porque ésa es nuestra fe de cristianos, podemos decir que comulgando con el mundo, trabajando, conviviendo, entrando en contacto con todas las cosas estamos comulgando con Dios y con las cosas. Y porque es así nos llenamos de ira sagrada cuando por la injusticia, por la violencia, por la deshumanización, no reconocemos al otro como otro, lo atropellamos, y no lo reconocemos como sacramento de Dios.

Como decía san Pablo en la carta a los Romanos, por la injusticia mantenemos cautiva la verdad de la realidad del mundo. La injusticia nos pone unas cataratas en los ojos que nos impiden ver el mundo como espejo de Dios, como lugar donde Dios quiere ser encontrado, donde vive Dios. La injusticia significa excluir a los demás, atropellados, no aceptarlos en nuestra convivencia. Si miramos el cosmos descubrimos una inmensa tolerancia de todos los seres que conviven; se equilibran entre la vida y la muerte, pero conviven. La presencia de Dios, detallada, diversa, tan ricamente diversa, se manifiesta en cada expresión de la creación. Así, mediante la fe que se transforma en mística, en capacidad de ver el otro lado de la realidad, de ver con más hondura, se descubre a Dios.

El mundo, así, no es enemigo de Dios. No vemos a Dios a través del mundo, sino que encontramos a Dios en el mundo. De nuevo recuerdo la frase del Meister Eckhart, el gran místico cristiano: «Si el alma humana no pudiera conocer a Dios en el mundo, Dios no habría creado el mundo». ¿Qué significa esto? Que si el mundo está ahí es porque es un lugar de encuentro con Dios. Hoy es preciso abrir los espacios de lo sagrado, no mantenerlo recluido, cautivo en esas cuatro paredes de las iglesias; abrir las dimensiones de lo sagrado, poder descubrir a Dios, sí, en un espacio más densamente sagrado; pero no son menos sagrados el trabajo, la calle, la naturaleza, las personas, el Cristo de los oprimidos. Son otras formas de presencia de Dios dentro de este inmenso universo. Así redescubrimos un reencantamiento de la creación, que fue dominada, secularizada, atropellada, por el proyecto científico, técnico, pero hoy estamos en condiciones —por la nueva imagen que se nos presenta de la complejidad del universo, de su movimiento, de sus energías, de lo que la fe siempre nos decía— de recuperar lo sagrado de una manera menos apologética, más tranquila, más universal, involucrando las instituciones sagradas pero yendo más allá de ellas, teniendo una experiencia más total de Dios.


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