Posteado por: Juan | octubre 15, 2010

Reseña de La Historia del Universo de Thomas Berry

Ingrid E. Hecker

Socióloga, Profesora Universidad Bolivariana y de la Universidad Diego Portales

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Todos los humanos, cualquiera sea su edad y en cualquier momento de la historia en que los situemos, se han preguntado de una forma u otra, acerca del origen de nuestra especie, del origen de la tierra, del universo, del origen, en fin, del tiempo y del espacio. Son preguntas eternas que de una forma u otra, reflejan la magia del misterio que envuelve nuestra presencia como especie en este hermoso globo azulado perdido en la inmensidad del universo infinito. Esta Historia del Universo de Thomas Berry, teólogo e historiador, profesor de la Universidad Católica de los Estados Unidos, y autor también de El Sueño de la Tierra, nos transporta al asombroso mundo del origen de nuestro cosmos.

La lectura del texto nos entrega nada más y nada menos, que una forma coherente de comprender una nueva historia de la evolución de la vida en nuestro planeta desde los orígenes del cosmos. El texto está planteado de forma imaginativa, cautivante, y con una profunda preocupación por generar una nueva percepción acerca de la necesidad de comprometernos con la restauración del equilibrio ecológico que es, tal vez, el único camino para asegurar la sobrevivencia de la tierra. El libro de Thomas Berry nos introduce en una narrativa que inicia un proceso largamente esperado acerca de la forma en que tenemos que educar a los seres humanos acerca de quiénes somos, de dónde venimos, y también acerca de la hermosa complejidad de la danza cósmica y ecológica que nos sostiene con vida en esta inmensidad universal. Es el antídoto a visiones fragmentadas y nihilistas acerca del futuro de la humanidad, que le permitirá a las generaciones del Tercer Milenio hacerse cargo de manera constructiva de su verdadera situación natural e histórica, para así iniciar el vuelo infinito hacia la conservación del planeta.

Este texto representa, de manera creativa y hermosa, la unión de las ciencias exactas con las ciencias humanistas explorando, de forma dramática tal vez, el despliegue elegante del universo desde sus orígenes así como también, el lugar tan especial que ocupa este planeta nuestro llamado tierra, en el cual la humanidad se desarrolló y además nos desafía a contemplar las infinitas posibilidades que nos miran desde el futuro. El libro presenta un proceso sistémico de desarrollo del universo con un lenguaje histórico de contenidos didácticos, elegantes y novedosos acerca del origen de éste desde la llamarada inicial primigenia: la bola originaria de fuego, pasando por el momento de cristalina belleza en que se originan las galaxias y las supernovas hasta llegar a la epifanía misma, que es el origen de nuestro sol.

El libro nos ofrece la descripción fascinante de cómo la tierra recibe el regalo de la vida y lo desarrolla desde los primeros procariotes, plantas, animales hasta la aparición del hombre. Berry, nos lleva de paseo por los villorrios neolíticos y de allí a las civilizaciones clásicas, al nacimiento de las naciones, a la revelación de la época moderna y hasta nosotros que damos término al período Cenozoico de la Tierra para iniciar con una celebración a la vida, la época del Ecozoico que permitirá un vivir pleno y feliz de las generaciones futuras.

¿Quién no ha escuchado distintas versiones acerca del origen del universo en multiformidad de lenguajes. Desde la época del paleolítico hasta hoy, hace ya cinco mil años hemos tratado de develar el momento revelador del comienzo de los comienzos. Todas las civilizaciones humanas en sus distintas etapas y circunstancias le han otorgado significación a la vida y a la existencia misma. A través del tiempo la han celebrado con rituales elaboradísimos, con matices distintos de acuerdo al momento histórico en que éstos se dan. Es decir, la historia de todas las historias ha sido celebrada una y otra vez. De hecho, ha sido esta ritualidad la que le ha otorgado sustento y guía a la conformación de los hechos humanos, porque de una forma u otra, nos han servido de referentes para moldear nuestras conductas personales y comunitarias. Y, ¿por qué no decirlo. ha establecido las bases de la autoridad social.

Los pueblos aborígenes del mundo entero, guardaron siempre el sentido mágico del cosmos. Sostenían que para aprender acerca de nuestros orígenes debíamos mirar hacia los cielos. Nosotros en el período moderno le hemos restado el carácter sagrado al cosmos, y los historiadores al intentar articular una explicación de la historia del mundo y de la humanidad lo hacen interpretando tan sólo la actividad de los hombres, y no de una manera holista que integre al mundo con los humanos actuando en él. Los científicos tienden a separarlos, como si fueran apéndices uno del otro. Thomas Berry nos hace comprender que las explicaciones detalladas que nos dan los científicos acerca de las dimensiones físicas del cosmos, no nos sirven de nada si no tomamos en cuenta la dimensión humana de éste. Es por ello que, incluso en nuestra educación aparece esta división odiosa de lo que es “científico” (puro) y lo que es “humanista”, como si ambos fueran independientes uno del otro.

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Con todo el avance científico y tecnológico de la época contemporánea, Thomas Berry nos lleva a aceptar que no hemos sido capaces de otorgarle un sentido, ni un acercamiento significativo al universo, y por lo tanto, hemos distorsionado de manera trágica la comprensión de lo que la presencia humana significa sobre la tierra. No hemos sido capaces de comprender el rol fundamental que nos cabe en esta magna tarea, que es la de habilitar a la tierra y al universo entero para que éstos puedan reflejarse y celebrarse en sí mismos a través de nuestra actividad y de nuestra comprensión de los profundos misterios involucrados en el corazón mismo de nuestra historia cósmica, de tal manera de desarrollar una auto-conciencia “consciente y específica”. El desafío que nos presenta Thomas Berry, es el desarrollo de una historia y de una ciencia de nuevo tipo; con una narrativa distinta que recién ha comenzado a expresarse. Esta historia nueva, este recuento novedoso, tiene en su base primordial el origen del universo procesado a través de una cantidad inmensa de información que obtenemos con instrumentos de gran sensibilidad y precisión, que nunca antes habían estado a nuestra disposición. El problema más grande que enfrentamos no es la falta de información, sino que la capacidad que debemos desarrollar para procesarla, asimilarla y comprenderla, para abrir paso a un período nuevo en el entendimiento que tenemos de nosotros mismos y del universo.

Pareciera ser que el cambio de mayor sentido e importancia que hemos vivido en el siglo XX, es el salto cualitativo que hemos dado de un sentido de cosmos al de cosmogénesis. Berry, nos enfrenta al poderoso impacto que ha tenido sobre el pensamiento humano el aceptar que desde el comienzo de la conciencia humana, ha existido un proceso secuencial de “estaciones” o etapas que siempre se renuevan, con muertes y ciclos de re-nacimiento. Pero el pensamiento moderno entonces, y especialmente el del siglo que ya termina, ha cambiado de un “modo espacial de conciencia” en donde el tiempo se considera como ciclos renovables, a un “modo de conciencia” en que el tiempo se considera como un desarrollo en sí mismo; es decir, el tiempo se experimenta como una secuencia evolutiva con transformaciones irreversibles. Este nuevo prisma, es el de comenzar a comprender la historia del universo en sus dimensiones holistas con toda la riqueza que está involucrada en él; esto es especialmente verdadero en relación a nuestro planeta tierra, “un planeta misterioso” como dice el autor, sobretodo cuando contemplamos las infinitas manifestaciones y complejidades de su desarrollo. Pareciera ser, que la tierra en su maravilloso desplegarse ante nosotros y ante el tiempo, celebra con felicidad el hecho de su existencia.

Si se dudara esto, tan sólo habría que contemplar la magia y el colorido de la multiplicidad de plantas, animales, el vuelo circular de las golondrinas haciendo nido, así como también la maravillosa elegancia del florecer de la primavera y el lenguaje dormilón del invierno, las conchas marinas multicolores, la elegancia de los copos de nieve y la del desplegarse de las galaxias para darse cuenta que esta historia de la tierra es también la historia de los humanos, la historia de todos los seres que habitan la tierra, la historia del universo entero.

La historia contada al estilo de Thomas Berry es fascinante, porque nos permite darnos cuenta del significado nuevo que tiene esta comprensión para nosotros novedosa, pero que ya estaba presente en los mitos que contaban los pueblos tribales y las civilizaciones clásicas en sus épocas. Quizás, el logro final de este re-cuento, sea que la comunidad humana llegue a entender que es parte de una comunidad mayor llamada tierra y que ambas, pueden enriquecerse mutuamente. Berry nos insta a constatar que este hecho aparentemente tan simple implica un re-visar muy complejo de la historia humana. Sin embargo, al final del camino podemos esperar que se sobrepase la mera expresión narrativa de esta historia, y surja una nueva poesía, una música nueva, una nueva ritualidad que abrazará a toda la cultura contemporánea en una escala universal.

La meta entonces, no es sólo leer el libro, sino que permitir que la historia llegue a transformarse en efectivamente funcional. Cuando constatamos que muchos de los sistemas de vida sobre la tierra están dañados extensiva e irreversiblemente, vemos que estamos dando fin al Cenozoico, como decíamos al comienzo de esta reseña. Esta ha sido la época que le ha otorgado identidad a los procesos vitales de la tierra durante los últimos 67 millones de años, y durante ese tiempo la vida se expandió con una brillantez y belleza sorprendente incluso para el más indiferente, hasta nuestra llegada. El humano ha tomado el control absoluto hoy en día de los sistemas vivientes de la tierra tanto así, que ahora el futuro de ésta y de nosotros mismos depende de las decisiones que tomemos.

El control de la vida o la muerte que tenemos como especie sobre nuestra supervivencia y la de todas las especies, es mayor de lo que nunca soñamos. Estamos decidiendo qué especies desaparecen o no; estamos determinando la estructura química de la tierra, el aire y las aguas, estamos en fin, construyendo un mapa del que desaparecen áreas de flora y fauna nativa, negándole a nuestro planeta su autorregulación funcional que ha sido su genial forma de sobrevivir a los cambios a través de modalidades muy propias que le son naturales. Todo el riesgo, la presunción, la pedantería, la irresponsabilidad con que los humanos enfrentamos los procesos de la tierra viviente deben cambiar urgentemente para tomar decisiones complejas y difíciles que implican re-conocer los aspectos más íntimos del mundo natural. Nuestras ciencias, poco a poco, comienzan a recuperar esa mística nueva que se necesita, asociada con el nivel más alto del conocimiento holista y de la competencia crítica, para dar paso a lo que el autor llama el período ecozoico, para indicar con ello la magnitud del cambio que es preciso generar, y el extenso e importante papel que el ser humano debe jugar desde el inicio del nuevo siglo.

Este nuevo período biológico exige la participación de toda la comunidad planetaria para su logro total. Thomas Berry sostiene por ejemplo lo siguiente: “las bio- regiones en las que la tierra está dividida de acuerdo a su estructura geográfica, necesitan ser reconocidas como la base de estas comunidades de especies múltiples que deben desarrollarse más integralmente, con respeto por sí mismas”. El autor sostiene que el movimiento que realizan las Naciones Unidas, debe llegar a ser mucho más que eso y convertirse en uno que se llame las Especies Unidas, indicando la necesidad de una comunidad entera vista de forma sistémica y holista enfatizando el hecho de que a ella, pertenecemos todos. De hecho esta nueva concepción tiene una manifestación temprana y hasta ahora insuficiente, en el Acuerdo Mundial por la protección de la Naturaleza y el Medio Ambiente, aprobado en la Asamblea de las Naciones Unidas en 1982.

El título completo del libro de Thomas Berry, nos ilustra aún más acerca de la urgente necesidad de hacernos cargo como educadores y como masa crítica intelectual de los desafíos ya explícitos en lo que ocurre con nuestro planeta: “La Historia del Universo: desde la llamarada primordial a la Era Ecozoica; una celebración del despliegue del Cosmos” es inspirador, revelador y desafiante. Al explicar el origen de las primeras formas de vida en la tierra, desde los procariotes hasta las grandes civilizaciones, el autor utiliza las hipótesis que aparecen como más convincentes, evitando involucrarse en debates académicos acerca de lo mismo, de tal manera que pone al alcance de todos nosotros, la complejidad de lo que se está planteando.

Para mi visión de educadora y de socióloga, el valor agregado del libro lo encontré en la presentación de una historia fascinante, que está escrita con una elegancia infinita, y sobre la cual se puede construir un programa educacional tanto para las ciencias exactas como para las ciencias humanistas, el cual podría contribuir enriquecer los procesos de enseñanza/aprendizaje de nuestros estudiantes creando paso a paso, una nueva conciencia planetaria y cosmológica que desafíe la complacencia del relativismo cultural. Nuestros estudiantes (y me refiero al país, al continente, al mundo), carecen de una narrativa coherente del origen del universo y del planeta tierra. Berry contribuye con su libro, a darle este sentido de unidad hasta ahora ausente en los procesos educacionales. Y lo hace de manera tan eficiente, que puede ponerse en práctica desde los primeros comienzos en que el niño se enfrenta con las preguntas básicas como el “¿de dónde venimos?”, hasta en los niveles más altos del entrenamiento educacional en las distintas esferas profesionales. Nos permite identificarnos y describir de dónde venimos y adónde estamos en el espacio y en el tiempo. Nos otorga una conexión, un sentido de comunión con los componentes vitales y no vitales de la tierra. Lo maravilloso de esta historia contada por su autor es descubrir al final de sus líneas que todo lo que vive en la tierra tiene una misma línea genética de desarrollo. Y que, incluso más allá del reino de la vida misma, tenemos un origen común en la Llamarada Original Primordial, en las energías que se desplegaron para dar origen al universo entero, desde la cual emergieron todas las cosas.

Thomas Berry plantea su libro de manera humilde porque sostiene que es tan sólo un aporte, algo secundario contenido en un relato maravilloso y difícil de narrar, quizá porque la aventura que está envuelta en el desarrollo del universo mismo, es muy sutil, emocionante y demasiado misteriosa para ser capturada de manera definitiva y absoluta en un texto. El libro tiene muchos méritos, pero lo cautivante de su lectura es, como señalara anteriormente, su objetivo central: intentar despertar la sensibilidad humana ante esta historia maravillosa, llena de esplendor que se manifiesta en cada forma de vida en nuestro planeta para así permitirnos creer en que podemos participar de manera activa en el desarrollo de lo que continúa de la historia; presentarnos ante la expectación que despierta siempre el “continuará…” de todas las historias que nos maravillaban con su magia en nuestros días infantiles.


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