Posteado por: Juan | octubre 21, 2010

“Alcanzando a Jesús” Capítulo 1 – Diarmuid Ó Murchú

(Catching up with Jesus. An invigorating story, New York, Crossroad, 2005)

ALCANZANDO A JESÚS
UNA HISTORIA DEL EVANGELIO
PARA NUESTRO TIEMPO
por
Diarmuid O’Murchú

INTRODUCCIÓN

Durante mucho tiempo, diferentes personas me han preguntado sobre el lugar de Jesús en nuestra actual forma de entender el mundo. Pienso en lo que me piden, y lo expreso de tres formas diferentes y superpuestas:
¿Hay lugar para Jesús en esta nueva cosmología?
¿Qué forma tomaría la Cristología en el contexto de la Teología Cuántica?
¿Cómo nos reapropiamos de la fe cristiana en el contexto de la Historia más grande de la evolución?
Estas preguntas teológicas profundas no son fáciles de abordar en el mundo específico de la teología Cristiana. Superan todos nuestros paradigmas convencionales, tanto de nuestra fe como de nuestra comprensión del mundo que habitamos. Sospecho que las preguntas sólo se pueden responder desde una perspectiva multidisciplinaria. Y no estoy muy seguro de que las preguntas puedan responderse conceptualmente con certezas. La sabiduría podría estar más en las preguntas que en las respuestas que los “catedráticos” tratarán de darnos.
Aunque las preguntas son geniales, es obvio que son millones en el mundo los que están buscando respuestas inteligentes. Desde una aproximación cristiana, quienes más desean hallar nuevas verdades no suelen ser ni los que más van a la Iglesia ni los teólogos profesionales. Más bien son un grupo indefinido que conoce la historia cristiana, pero que sospecha que las Iglesias no la revelan totalmente, ni la viven en una forma creativa y liberadora.
Por más de diez años he caminado con esta gente, he escuchado sus historias y me he enganchado con sus preguntas. Como científico social, me he sentido privilegiado de haberme ganado la confianza de los que lanzan las preguntas, y por tener una visión más amplia de la realidad. Puedo contextualizar las preguntas en una forma nueva. No me hace esto superior, ni espiritual ni humanamente. Es una perspectiva fundamental que la enseñanza formal tiende a ignorar. Idealmente, me gustaría enfocarlo como un compendio complementario para los estudiosos del mundo intelectual. Digo “idealmente”, porque mi experiencia sugiere que los catedráticos no están muy abiertos a estas ideas, y muchas veces muestran hostilidad a aquellos de nosotros que tratamos de expresarlas.
Desde esa perspectiva, la historia de Jesús es para los que estudian la Biblia, para los teólogos o para los que están inmersos en la vida espiritual. Formalmente, yo no pertenezco a ninguna de estas categorías, ni tampoco la gente que me ha inspirado a escribir este libro. Pero Jesús también pertenece a aquellos de nosotros que hemos trabajado nuestra fe (y hemos crecido gracias a ello), y que nos hacemos preguntas a la vez que seguimos sus enseñanzas. Para mucha gente de la periferia, o quizás más allá de ella, Jesús es una figura arquetípica de una gran fascinación. Tengo amigos agnósticos y ateos que viven una serie de valores mucho más congruentes con los Evangelios que lo que hacen algunos cristianos practicantes (o por lo menos a mí me lo parece).
Hay algo sobre Jesús que es más grande y comprometedor que la historia cristiana formal. Jesús desafía la imaginación creativa humana hasta hacer que el dogma cristiano se torne insípido y reduccionista. La historia de Jesús despierta sentido en el alma humana y anima a un compromiso con la historia viva, distinta de los dogmas establecidos.
Este libro consiste principalmente en una historia. Es la historia de Jesús narrada por un Jesús imaginario de nuestro tiempo. Es una historia que incorpora algunos hechos bien conocidos de la tradición heredada, pero ensancha el sentido de los hechos incorporando la imaginación contemporánea.
Jesús era un gran profeta con una imaginación creativa, echaba por tierra lo asumido e invitaba a la gente a vivir radicalmente valores nuevos, creando así nuevos horizontes de visión y esperanza.
El libro está escrito principalmente para los que tienen sed de lo espiritual en nuestra cultura o tradición cristiana. Está destinado a gente adulta que puede confiar en su intuición, que se anima a arriesgarse y a ampliar continuamente sus horizontes de comprensión. Respetando el adulto en cada lector, no he adoptado argumentos para justificar o defender la aproximación que uso; ésta puede ser explorada más adelante, honrando el principio de que en cada etapa de la educación adulta aprendemos principalmente de la experiencia y del diálogo mutuo que nace de esa experiencia.
Mi esperanza es que este libro, aunque sea de una forma humilde, nos abra hacia nuevos horizontes y nos dé un nuevo sentido, honrando los cuestionamientos de la gente de nuestro tiempo.
CAPÍTULO 1
LIBERANDO A JESÚS DE SU CAUTIVERIO
El Cristianismo ha fosilizado una historia poderosa… La lista de cristologías de la opresión es larga.
Lisa Isherwood
“Liberen a mi pueblo” es la petición clara y sonora del Evangelio cristiano. El Jesús que vino para que tengamos vida y vida en abundancia (Jn 10, 10) muchas veces ha sido la víctima de aquellas fuerzas que disminuyen el sentido y el potencial de la vida. Antes de que podamos reclamar una versión más liberadora de la Historia de Jesús, necesitamos podar la historia actual de las limitaciones del tiempo y de las calcificaciones de la cultura. Necesitamos permitir al Jesús verdadero que sea real una vez más.
La historia de Jesús desafía todos nuestros esfuerzos de comprensión. Se abre paso por las rendijas de cada nueva generación. Seguramente hay elementos perdurables, y quizás cosas que nunca cambian. Pero nuestra comprensión cambia. Sin duda, necesita cambiar continuamente, si no caemos en la ideología y la idolatría.
Jesús también ha sido el objeto de un reduccionismo ideológico. Ha caído preso en las ideologías del poder y la dominación humanas, y ese mismo proceso destructivo probablemente continúe hasta que las fuerzas del cautiverio sean nombradas y explicitadas. Esto es lo que espero hacer—aunque sea de una forma breve—en el primer capítulo de este libro.
Mi aproximación es similar a la de la teóloga feminista Anne Clifford (2001), cuya reflexión teológica se desenvuelve alrededor de las tareas principales de la crítica, recuperación y reconstrucción.
Por una buena parte del siglo XX, los teólogos limpiaron los restos culturales que se habían acumulado alrededor de la historia de Jesús. Ofrecieron análisis críticos de los contextos religiosos y de las atribuciones religiosas ideadas en el nombre del Cristianismo. Pero hay un aspecto que todavía requiere mayor atención: la cultura del patriarcado -el monopolio racional, imperial y mayoritariamente masculino de cómo Jesús debe ser comprendido, honrado y reverenciado-. Éste es el bastión final que debe caer. Espero que el trabajo presente sea un pequeño paso hacia este objetivo tan largamente esperado.
Al movernos más allá de las limitaciones de la dominación patriarcal, adquirimos una visión más amplia que el patriarcado nunca nos permitió considerar: el reino arquetípico que es fundacional y preexistente al Jesús histórico. Es el terreno en el cual Jesús puede ser realmente Jesús, y en el que nuestra fe en Jesús es ampliada hacia horizontes nuevos e inspiradores (como reviso someramente en el capítulo 2).
Muchos teólogos contemporáneos están moviendo la historia de Jesús en esa dirección.1 Éste es el comienzo del proceso de recuperación, que nos lleva inevitablemente a la fase de la reconstrucción.
Como científico social, me gusta reconstruir alrededor de preguntas genéricas, más que con respuestas bien conocidas y convencionales. En el mundo complejo de nuestro tiempo, comprometernos con las preguntas correctas tiende a ser el secreto hacia posibilidades sin precedentes. Respuestas fáciles de predecir no tienen mucho significado en nuestro tiempo. En la historia de Jesús, la pregunta a la cual quisiera volver una vez más es: “¿Quién dicen que soy yo?” (Mc 8, 29).
Desde el punto de vista cristiano, sugiero que ésta es la pregunta más importante que se ha hecho jamás, y el Cristianismo permanecerá con vida en la medida que nos la hagamos continuamente. El día que ofrezcamos una respuesta dogmática, habremos sucumbido al reino de la idolatría.
La reconstrucción de la historia de Jesús en el capítulo 3 de este libro se hace alrededor de la gran pregunta sobre su identidad. Jesús nunca contesta a la pregunta, pero la usa como un catalizador en el que nosotros, los humanos, individual y colectivamente, somos invitados a preguntarnos cuál es nuestro rol en el mundo de Dios en cada nuevo momento cultural. No hay conclusiones específicas, pero sí hay una historia -siempre vieja y siempre nueva- y nosotros somos los que la contamos hoy. El mundo continúa creciendo en estos tiempos que se caracterizan por las búsquedas y los cuestionamientos.
Al ir profundizando en este asunto, un dicho de Desmond Tutu viene a mi mente: “No queremos que aflojen nuestras cadenas, queremos que nos las quiten”. La cadena que sujeta y encarcela es la metáfora que yo quiero adoptar para las consideraciones de éste primer capítulo, al repasar doce formas de cautiverio que hemos impuesto sobre Jesús a través de los dos mil años de cristianismo. 

Primera Cadena
El cautiverio de dos milenios de reduccionismo de la Encarnación

La pregunta sobre la verdad del mensaje Cristiano tiene que ver con si puede aún desvelarnos la unidad de la realidad en la cual vivimos.
-Wolfhart Pannenberg
Que Dios no puede encarnarse, excepto en el evento histórico y eclesiásticamente controlado de un individuo varón de Nazaret es arrogancia de primer grado.
-Laurel C. Schneider
Los cristianos creemos que Dios ha estado trabajando en la creación desde siempre. Nunca ha habido un lugar en que Dios no estuviera presente. El relato de la Creación en el libro del Génesis indica cómo Dios se involucra, ilusionado, en el proceso de la creación. Todo es bueno, porque todo es de Dios.
Si Dios ha estado comprometido con cada etapa del proceso de la evolución, se presume que incluye la primera aparición de la especie humana, esto es hace 6 millones de años.2 Alrededor de ese tiempo nos separamos de nuestros ancestros y nos convertimos en una especie en sí misma. La creatividad divina había añadido una nueva dimensión a la diversidad y elegancia de la creación.
Uno no necesita ser paleontólogo o teólogo para apreciar el significado de ese momento. Fue otro salto cuántico en la historia evolutiva de la creación. Fue otra manifestación y confirmación de la creatividad divina, otorgada con la abundancia típica con que la fuerza vital se desarrolla.
La Encarnación
Sucedió hace 6 millones de años. Asumiendo que Dios estuvo presente en ese momento cumbre, único en su especie, entonces, es ahí donde se da la encarnación de Dios en nuestra humanidad por primera vez. La encarnación quiere decir que Dios entró de lleno y se identificó con la raza humana.3 Y Dios se encarnó en nuestra especie hace 6 millones de años. Inequívocamente, sin reservas o arrepentimiento, lo divino se manifestó en la creación en una forma totalmente nueva, es decir, en forma humana.
La Encarnación, como un concepto cristiano, no comienza hace 2000 años con Jesús de Nazaret. Comienza hace 6 millones de años, cuando los humanos se desarrollaron por primera vez. El Dios que afirmó de lleno nuestra humanidad hace millones de años, no estaba contemplando la línea de la evolución y pensando: “Estoy creando estas criaturas ahora, pero esperaré 6 millones de años hasta que nazca Jesús de Nazaret, y después los declararé salvados”. Este argumento suena distorsionado, rebuscado y ridículo. Sin embargo, ése es el argumento básico en el cual se asienta la fe cristiana durante los 2000 años de cristianismo.
La civilización global contemporánea -cristiana y no cristiana- usa los 2000 años como un hito, una línea divisoria cultural. Lo usamos como punto de partida de lo que se desarrolla después. Los cristianos la consideramos la fecha antes de la cual nada tuvo importancia. Ésta es una forma de reduccionismo con efectos ridículos de una proporción terrible. Contraria a la percepción tan ampliamente aceptada del evolucionismo, es una comprensión muy limitada que empequeñece la grandeza de Dios seriamente y empalidece la elegancia de la historia de la humanidad.
Como un hito adoptado en todas las áreas del conocimiento humano, aumenta notablemente la voluntad patriarcal de dominar y controlar. Eso que ocurrió dos mil años atrás podemos sujetarlo a nuestro dominio y control. Podemos moldearlo y adaptarlo a nuestra satisfacción antropocéntrica. Podemos crear la realidad para servir a nuestros fines y propósitos, como gobernadores del resto de la creación.
De forma confusa, proclamamos Dios del cristianismo a aquel que valida nuestro deseo de dominación, al Jesús que hemos construido a nuestra imagen y semejanza. Desde una perspectiva cristiana, lo que hemos sujetado a nuestro control y manejo, ha sido la persona de Jesús, su historia, su visión, y su sueño radical de renovar la humanidad.
Jesús y la Historia de la Creación
Para cualquier intento de liberar a Jesús de su cautiverio es necesario empezar desde el principio de la creación.4 Somos sólo una de los miles de millones de especies que habitan el planeta, seguramente únicas y especiales, pero con ningún derecho divino (o humano) de conquistar y controlar todo nuestro alrededor.
Nuestro deseo insaciable de dominación puede apreciarse por lo que realmente es cuando miramos el contexto más amplio de la creación a la cual pertenecemos. De hecho, todo lo que necesitamos hacer es honrar la historia de nuestra evolución en un espacio de tiempo de 6 millones de años.
La revelación de la encarnación de nuestro Dios pertenece fundamentalmente al ciclo de 6 millones de años. Jesús de Nazaret marca, no el comienzo de una iniciativa divina única, sino más bien su conclusión. La historia de Jesús es sobre algo que concluye y no que comienza. La revelación de Dios en Jesús es una celebración y afirmación de todo lo que los humanos hemos adquirido en nuestra historia de 6 millones de años. Quizás es lo que Richard Rohr (2004, 118) tiene en mente cuando escribe: “Somos todos parte de un gran desfile del que sabemos poco. El evangelio esencial no ha sido muy bien proclamado. Preferimos dudar tanto de la encarnación de Jesús como de la nuestra. Es, francamente, demasiado…”
El jesuita paleontólogo Pierre Teilhard de Chardin es uno de los pocos que parece haber captado el contexto más amplio. Escribiendo a principios del siglo XX, él discernió que nuestra evolución humana biológica estaba cerca de su fin. Biológica y físicamente, no podíamos evolucionar más. En la dimensión biológica de nuestra existencia Dios había alcanzado lo que se propuso. La venida de Dios entre nosotros en la encarnación biológica de Jesús fue una afirmación radical de ese logro.
Pero Jesús fue más que esa criatura biológicamente encarnada. Su presencia fue también caracterizada por diversas capacidades transpersonales, todas muy fácilmente explicadas por su atribución divina. Jesús también representó el estado transbiológico que los humanos ahora comenzaríamos a desarrollar. Teilhard lo llamó “evolución psíquica”.5 Se caracterizaría primero por la adquisición y desarrollo de nuevas capacidades mentales y espirituales. El epítome de esta nueva humanidad es lo que los cristianos llaman el Cristo Resucitado.
La venida de Jesús en nuestra historia humana espiritual marca dos momentos en lo que Grace Jantzen llama el proceso de “natilidad” (traducido como deviniendo o florecimiento). El primer momento fue y es uno de afirmación -más correctamente- de confirmación de todo lo que los humanos han adquirido como co-creadores con Dios en el período de 6 millones de años. El segundo momento está marcado por un nuevo umbral evolutivo, apuntando a un futuro crecimiento y desarrollo humanos, principalmente en el área de la mente y del espíritu.
Sugiero que miremos los 2.000 años pasados de forma creativa, como un espacio liminal, como un tiempo intermedio, como un nuevo punto de partida para nuestra especie, con la invitación, una vez más, a convertirnos en co-creadores con nuestro Dios. Nos ha llevado 2000 años alcanzar a Jesús y despertar a lo que nos está realmente sucediendo a nosotros como cristianos. Para nuestras mentes, funcionalmente limitadas, 2.000 años nos parece mucho tiempo. En la escala evolutiva -que es la perspectiva de Dios en el tiempo- son meramente unos pocos segundos.
Ahora que nos estamos despertando, afrontamos grandes adaptaciones. La cultura patriarcal del control y del reduccionismo está comenzando a decaer. No es algo que inspire, y gradualmente, va perdiendo el control. Como especie estamos saliendo del cautiverio y empezando a darnos cuenta de que no sólo fuimos nosotros cautivos del patriarcado encadenador, sino que también lo fue nuestro Dios. Para dar credibilidad a este orden, lo bautizamos y ratificamos con la Iglesia cristiana.
“Liberen a mi pueblo” aún resuena en el mundo sufriente y oprimido de mujeres y hombres cristianos. Es la llamada de Jesús a todos aquellos que están privados de esa plenitud de potencial humano, ilustrado gráficamente en nuestra historia evolutiva. Pero, ¿cómo puede el pueblo ser libre cuándo su Dios está cautivo? Ahora, que podemos liberar a Jesús de su vendaje reduccionista de 2000 años atrás, hay una nueva esperanza y una nueva promesa para aquellos que ansían una libertad verdadera y permanente.

 

Segunda Cadena
Del Cautiverio de la Supremacía Divina

La Iglesia perpetuamente enseña la unión lograda de la divinidad y humanidad en Cristo, y perpetuamente fracasa en transmitir lo que promete. La promesa de que los dos mundos ahora están unidos es mantenida por una institución que insiste en mantenerlas separadas. Aquí Cristo está atrapado en una burda doble atadura, que debe desconcertarlo grandemente.
Don Cupitt
Al reducir nuestra historia humana a un contexto congestionado de solamente unos dos mil años, inevitablemente distorsionamos el rol de Dios en esa historia. Las proyecciones humanas actúan creando varios falsos ídolos. En nuestro deseo de proteger la primacía de lo divino, empezamos imaginando lo divino de una forma que validará y justificará nuestro deseo humano de poder absoluto. En nuestro deseo de absoluta claridad sobre la interrelación de lo divino (la doctrina de la Trinidad), no confrontamos la relación opresiva y destructiva de los humanos, frecuentemente validada por la religión patriarcal.
Al esforzarnos por dar una atención prioritaria a la divinidad de Jesús, hemos caricaturizado su humanidad de tal manera que compromete seriamente el potencial divino de lo humano mismo. Como los apóstoles, hemos tratado con constancia de poner a Jesús en un pedestal divino, evitando así el desafío de una nueva manera radical de ser humanos. Inconscientemente, en gran parte, parece que nos centramos en su divinidad porque justifica nuestro deseo humano de poder absoluto. ¡Uno se pregunta si ésta no era la primera intención tras las doctrinas cristológicas de Nicea y Calcedonia!
Del Poder a la Confianza
Sugiero que nos hagamos la pregunta, ¿por qué los humanos estamos tan preocupados por la divinidad de Jesús? Asumimos que dicha preocupación resalta nuestro crecimiento en la fe y refuerza nuestro sentido en la vida. A lo más, logramos estos objetivos de una manera parcial, con un enfoque dualista, más allá de esta vida que dentro de ella. El dominio de lo divino se proyecta en ese dominio eterno, perfecto más allá de la creación precaria y no digna de confianza de nuestra experiencia diaria.
¿Es eso lo que Jesús quería lograr mediante su testimonio de vida? ¿Fue la salvación del alma inmortal su interés primario? Según el Evangelio de Juan, la unión de Jesús con el Padre en gloria exaltada parece ser un tema central, pero necesitamos preguntarnos cuánto de ese interés pertenece a Jesús y cuánto pertenece a el/los teólogo/s que compilaron el Cuarto Evangelio.
Ya en los Evangelios Sinópticos detectamos un movimiento sólido que interpreta a Jesús como una figura divina exaltada. En la cultura de la opresión romana y la esperanza milenaria religiosa, la promesa de un libertador divino ejerce una atracción poderosa. ¿Pero era esa la prioridad de Jesús? ¡Sí, prometió liberación y una nueva vida! Para los discípulos en el camino a Emaús (Lc 24:13 y sig.) esto principalmente significaba liberar a Israel de la ocupación extranjera. ¿Fue esa la libertad que Jesús prometió, o fue mucho más que eso?
¿Dónde recae el énfasis?
El erudito en escritura Robert Funk (1996) hace una observación intrigante. Dedicó más de treinta años de su vida a la exploración y enseñanza de las escrituras, y dio muchas conferencias en EE.UU. y Canadá. En ocasiones innumerables se le preguntó si creía en la divinidad de Jesús; los que lo escuchaban no estaban seguros de si creía o no, y frecuentemente se lo preguntaban en público. Pero nunca –en más de treinta años- se le preguntó si creía en la humanidad de Jesús.
Aquí sugiero que toquemos el crisol de nuestra fe cristiana. Me parece que al tomar el Reino de Dios como el foco central de su vida y ministerio, Jesús estaba ofreciendo una nueva manera radical de ser humano. Era una comprensión relacional, fundamentalmente diferente del enfoque patriarcal caracterizado por el poder y la dominación. Hay amplia evidencia en los evangelios de que los primeros seguidores, especialmente los doce, no podían comprender esta verdad esencial en la historia de Jesús. La preocupación por el mesianismo y la gloria exaltada fueron los mayores obstáculos para apreciar la verdad más profunda de lo que movía a Jesús.
Al ubicar a Jesús en el contexto reduccionista del tiempo lineal, los primeros cristianos no pudieron comprender la visión liberadora de Cristo en profundidad, el Jesús que marcaba y celebraba el cumplimiento de seis millones de años de creatividad divina en nuetra especie. Los primeros cristianos ignoraban la gran historia humana y en consecuencia no podían comprender la faz humana de Dios revelada por medio de esa historia, llegando al ápice evolutivo en la vida y ministerio de Jesús.
Al saborear la gran historia y discernir la gracia y creatividad de Dios puesta en práctica en ella, tenemos un acceso más auténtico y creíble a la divinidad de Jesús. Y también empezamos a darnos cuenta de que la divinidad de Jesús no es un interés primario para nosotros, sino la nueva manera radical de ser humano, el programa del Reino de Dios, para el cual Jesús es el discípulo primario.
La superioridad divina que le atribuimos a Jesús, el entendimiento que cuidadosamente honramos en el culto y la doctrina, bien puede ser un obstáculo mayor para un verdadero seguimiento de Jesús como el Cristo de la fe. Condenamos a Jesús a un cautiverio divino, así ofuscamos su divinidad y su humanidad. En el pedestal exaltado de proyección patriarcal, Jesús es tan divinamente santo y remoto que su nueva manera radical de ser humano termina arriesgándose y está seriamente comprometida. Se domestica el poder de su mensaje, se silencia el desafío, se eclipsa la gloria de Dios totalmente viva en lo humano por el hambre adictiva de poder y gloria. Nuestra preocupación por la divinidad de Jesús bien puede ser una gran distracción para saber quién es Jesús realmente.
Tercera Cadena
El Cautiverio del racionalismo académico.
Los académicos están dominados por ortodoxias intelectuales que se perpetúan en el tiempo. Los catedráticos profesionales tiranizan a sus alumnos y también se tiranizan entre ellos. Si quieres pensar distinto, sal al desierto.

S. Warren Carey

Ésta es la mejor época de la vida, cuando descubres que casi todo lo que sabías ya no sirve.

Tom Soppard
En la Ética a Nicómaco, Aristóteles declara que el poder de la razón es la característica más importante de la naturaleza humana. En otras palabras, descubrimos la verdad a través de la razón. Conocemos nuestra realidad, pensándola clara y racionalmente. La imaginación y la intuición son inferiores, y la narrativa del cuento es para aquellos que no están tan avanzados para conocer los hechos concretos y duros de la realidad de la vida.
El Jesús Racional
Una gran parte de la retórica Cristiana condena a Jesús a ser un gran razonador. Lo hacemos caber en el sistema dominante, rastreando su descendencia en la realeza masculina (Mt 1,1-17) y acentuando su status patriarcal como el primer nacido varón en una familia judía convencional. Nuestra cristología heredada muestra a Jesús como un judío fiel y leal, aunque un examen más exhaustivo de las fuentes muestra claramente una divergencia grande respecto a esa fe. Su obediencia al Dios Padre -aún hasta la muerte- ha sido usado para exonerar sistemas de opresión en y fuera de las iglesias cristianas. Y el seguimiento de Cristo ha sido postulado como una adhesión racional y una fidelidad a leyes y reglas sancionadas por la divinidad.
Aunque Jesús ha sido la fascinación de profetas y sabios, poetas y místicos, artistas y dramaturgos, muy pocas veces lo que ellos expresan ha sido tomado en serio. Aquellas expresiones que muestran a Jesús como un gran rebelde, un justiciero apasionado, un visionario de la imaginación profética, son muy ambiciosas y “salvajes” para el mundo de la retórica racional. La cultura dominante no podría contener, manejar o controlar este soñador tan creativo. Entonces, lo confinamos al culto del discurso racional, atribuyéndole certezas dogmáticas a lo que podemos establecer con argumentos racionales y deducciones lógicas.
La historia de Jesús se conoció como una serie de hechos alrededor de los cuales su vida fue escrita y explicada, una serie de verdades decretadas por eclesiásticos masculinos, una serie de normas indicando quién puede estar “dentro” y quién debe quedarse “fuera”. Dentro de lo posible se lo mostró como muy respetado por su cultura, un movimiento que comenzó mientras vivía y culminó al ser declarado el Pantocrátor, el gobernador del universo según Constantino. El triunfo del racionalismo fue así asegurado y controlaría la historia cristiana durante los próximos 1700 años.
Recuperando la Historia
El discurso racional no aparece con fuerza en la vida o misión de Jesús. Él solamente contaba cuentos o historias, algunas de las cuales escandalizaron, y todas ampliaban la mente.
Transgredió los límites que incapacitaban a los pobres y marginados, y la nueva liberación fue la base de muchas de sus historias milagrosas. Desafió la convención-religiosa, social y política. Quizás lo más fantástico de todo, quebró el orden establecido, llamando a una nueva forma de gobierno, basada en la igualdad radical y la inclusión.
Las historias son de una importancia fundamental en nuestro deseo de acceder al Jesús real. Algunos catedráticos contemporáneos están convencidos de esto, pero pocos son los que continúan la lógica inherente de esta misión, proponiendo como Nicola Slee que la parábola puede ser el medio literario más genérico para descubrir la vida de Jesús. Slee (en Hampson 1996, 42-47) dice:
Como las parábolas, la historia de Jesús es contada con brevedad y con una descripción y evocación muy nítidas. La ausencia de explicación e interpretación es tal que es la historia misma la que sostiene el sentido, y el lector es importunado para que saque su propia conclusión. Y, como las parábolas, es una historia caracterizada por elementos de shock, sorpresa, extravagancia y contradicción, que sobrepasa los horizontes de la normalidad y obliga al lector a llegar a su decisión y juicio. Y, como las parábolas, es una historia que está abierta a múltiples interpretaciones, respetando tanto la libertad como la imaginación creativa de cada lector… (La historia de Jesús) no permite una imitación literal o una mera repetición, y obliga al que escucha a hacerse responsable de la aplicación en su propia vida y tiempo; la historia provoca un marco inicial que sólo puede ser completado por quien escucha, con sus propias palabras y formas. Y como la parábola, rechaza todo intento de tener un final cerrado.
El discurso racional está marcado por una serie de etapas establecidas; la estrategia de contar historias es como la naturaleza de la luz en la física cuántica, explota en erupciones creativas de energía. El discurso racional presupone a alguien que da y alguien que recibe, un maestro y un discípulo; el contar historias en cambio, es una interacción mutua, enriquecedora entre el que cuenta y el que escucha. El discurso racional busca separar las cosas en partes constitutivas; el contar historias invoca el principio de que el todo es más grande que la suma de las partes. El discurso racional tiende a beber de las tradiciones pasadas y de lo que es cierto; el cuento abre mundos de posibilidades alternativas. En el discurso racional hay un punto claro de llegada, mientras que las buenas historias siempre dejan las posibilidades bien abiertas.6
Asociamos el contar cuentos con la infancia, y quizás haya habido un intento subconsciente de subvertir el poder de contar cuentos. Nos olvidamos de que a los adultos también les encanta contar historias y muchas veces lo hacen para comunicar su experiencia y sus conocimientos. El contar historias, o más precisamente, el compartir historias, es un medio poderoso de llamar al adulto en los otros. Podríamos sugerir que esa fue la razón principal de por qué Jesús (y muchos otros de los grandes líderes religiosos) usaron el medio del cuento o historia para impartir verdades profundas. No sólo fue una cultura predominantemente oral, sino que precisamente esa inclinación a la articulación oral es lo que los humanos han conocido por miles de años en su compromiso con la vida, con la creación, y con lo divino.
El discurso racional se deleita en los hechos y en el diferenciar lo que es cierto de lo que no lo es. El contar historias se regocija en el mundo de la creación, de la evolución, de la imaginación y del proceso. Mientras que el primero trata sobre la exactitud, el segundo sobre el expandirse. El racionalismo marca límites dentro de los cuales se puede ejercitar el control; en cambio, el contar cuentos nos abre a horizontes que nos inducen a seguir adelante.
Jesús contaba historias, y su capacidad para una buena historia no puede ser reducida a un análisis racional. Jesús se sentía en casa en el mundo de las historias, porque su propia identidad nació de la historia, precisamente, de la historia de la creación con toda su fertilidad relacional. Sólo cuando elegimos liberar a Jesús del tedio de lo racional, sólo entonces podemos conocer la sabiduría de la divina iluminación. Iluminada por esa sabiduría, la vida parecerá diferente, y entonces, podemos dejar ir ese apego equivocado que tenemos por el mundo del pensamiento racional.

Cuarta Cadena

El Cautiverio de los Dogmas Absolutos

Nunca se le hubiera ocurrido a nadie dudar de la existencia de Dios, si los teólogos no hubieran tratado tan arduamente de probarla.
-Anthony Collins

Ante el gran misterio de Dios, ninguna figura religiosa y ninguna religión pueden atribuirse el derecho de tener la última palabra.
-Stanley J.Samartha
Los cristianos tienden a ser juzgados, y muchas veces se juzgan a sí mismos, por su adhesión a alguna fe, ya evidente en la confesión de los cristianos de los primeros tiempos: “Jesús es el Señor”. Las fórmulas litúrgicas de la primera Iglesia se centran en el poder y el gobierno de Dios, transmitido por Jesús, apropiado por la Iglesia e impuesta a los fieles. Después del 325 d.C., el Credo de Nicea se convirtió en una fórmula universalmente aprobada. Se convirtió en “la única fórmula” del credo cristiano que ha perdurado hasta nuestro tiempo.
¿La Fe o el Poder?
El credo es una constelación de verdades dogmáticas, a ser observadas en todos los tiempos y consecuentemente no sujetas a ninguna revisión o modificación. Está compuesto por una serie de afirmaciones declarando la supremacía de Dios, primero como Creador, luego como un gobernador supremo y finalizando con la legitimación de quienes ahora protegen las verdades dogmáticas, es decir, las autoridades eclesiales. El poder, y no la fe, es el valor central que los credos enuncian y proclaman.
El credo cristiano promulga la primacía suprema del Creador, quien tiene poder absoluto. El poder es pasado sin ninguna adulteración por la sucesión de la línea masculina, vía el Único Hijo engendrado. El Espíritu Santo, a pesar de su significado femenino en tantas tradiciones de fe, es construido como un poder dominante legitimando la autoridad de la Iglesia sobre el Pueblo de Dios. La intención es empoderar al Pueblo con el don de la fe, pero esta aproximación realmente los desempodera, haciéndoles destinatarios pasivos de verdades doctrinales más que co-creadores en un camino espiritual evolutivo.
En el modelo dogmático patriarcal, el crecimiento en la fe está determinado por un asentimiento verbal a afirmaciones de fe, una adaptación a un conjunto de prácticas religiosas y una adhesión a un sistema religioso, fomentando así fácilmente una cultura de co-dependencia. Sin duda, los cristianos han frecuentemente desobedecido estas restricciones, internalizando su fe por medio de un compromiso de mente y corazón, más que por uno basado principalmente en una observancia externa. Precisamente de ese mismo camino interior viene la primera sospecha de que ese modelo dogmático es muchas veces errado y frecuentemente no confronta el desafío de seguir a Jesús con autenticidad.
La nuestra es una exploración descrita por muchos catedráticos como una hermenéutica de la sospecha. Porque mucho de lo dicho y escrito sobre Jesús despierta sospecha, por ser tan parecido al modelo patriarcal de gobierno. Éste se fundamenta en la necesidad de alguien que está por encima de todo, en la protección y promoción del poder que gobierna, ajustándose a una cadena muy clara de órdenes, de arriba hacia abajo, con un grupo en la base que vive y se comporta con una obediencia incuestionable.
Una lectura rápida de los Evangelios sinópticos revela que Jesús no pertenece a este paradigma. Una toma de conciencia de la historia cristiana indica que la historia de Jesús ha sido truncada y domesticada para acomodarse a la cultura dominante. El estudio bíblico en el siglo XX comenzó a unirse a la hermenéutica de sospecha y a honrar su deseo de una búsqueda más transparente de la verdad. Para muchas de las Iglesias Cristianas esto se ha convertido en un tema urticante y muchas veces paranoico, al querer alimentar y buscar la adhesión de los fieles.
A pesar de que el sentido de sospecha está muy difundido en el mundo cristiano contemporáneo, no está del todo claro cuál es el próximo paso a dar. Una vez que nos damos cuenta de la imposición patriarcal y tratamos de rastrear un Jesús pre-patriarcal, todo el edificio cristiano comienza a temblar, a no dar seguridad y confianza.
La historia de Jesús está empapada de la voluntad dominante; sin los atavíos convencionales se siente frágil y superficial. Sin embargo, la historia de Jesús liberada de los añadidos patriarcales, se siente como un ataque al mismo patriarcado y el Jesús real comienza a emerger de una prisión muy opresiva.
Siendo Cristo para Otros
Algunas veces gradualmente, otras veces, más rápidamente, un Jesús diferente comienza a emerger. Un Jesús revolucionario, buscando la igualdad, dotado de una sabiduría intuitiva, cambiando la conciencia hacia un empoderamiento radical de los débiles y marginados, siendo una amenaza sin precedentes a las fuerzas establecidas del poder y el control. El Reino de Dios se torna diferente entonces, Dios no es un tipo de dictador benigno, gobernando en nombre de los buenos, sino más bien, el que empodera las masas que “pueden derrocar a los poderosos de sus tronos y exaltar a los anawim” (Lc 1,52)
El dogma tiene poco peso o relevancia para las masas que buscan nueva esperanza. En su mundo, predicar a Cristo o enseñarlo, no tiene mucho significado, ser Cristo para ellos es lo que sería diferente, y ser Cristo para muchos no es una opción racional de la mente, sino una respuesta emocional, inspirada por el corazón. Al final del día es el amor más que “la verdad” lo que perdura.
Los dogmas han ayudado a mantener a los cristianos juntos en comunidades de fe, pero no son los dogmas los que animan e inspiran. Vivir la fe pertenece más al corazón que a la cabeza. La gente crece en la fe a través de encuentros con otros cuya fidelidad a Cristo es una experiencia vivida y testimonial, más que una fidelidad a una serie de verdades. La fe cristiana es una experiencia vivida más que un consentimiento intelectual a un credo formulado.
Los cristianos tienden a juzgarse entre ellos -y a los de afuera- por lo que creen. Esto inmediatamente crea un grupo que “está dentro” y otro que “está afuera”. Esta clasificación social y religiosa es la base de tanto racismo, fanatismo y sectarismo en nuestro mundo; la sangre ha sido derramada por eso y se han producido guerras; y en su nombre cada religión ha recurrido a brujas y exterminaciones brutales. Hay aquí poca semblanza con la radical inclusión del Jesús que nos ordenó amar hasta a nuestros enemigos.
Afortunadamente en nuestro tiempo, un número cada vez más grande de gente le da poca atención a los dogmas, ya sean religiosos, políticos o científicos. Al tener más educación y ser más críticos, se resisten a creer algo simplemente porque es una verdad incuestionable para las instituciones que gobiernan el mundo. Para los cristianos de nuestro tiempo, éste es a la vez un momento liberador y confuso. Intuitivamente saben que aquello que han abandonado tenía que ser abandonado, pero con qué reemplazarlo es muchas veces una búsqueda agonizante. No puede ser sino una evangelización totalmente nueva, una catequesis adulta, lo que ayudaría a esta gente, empoderándola. Y las Iglesias y las religiones no podrían responder apropiadamente hasta que comiencen a liberar a Jesús y a sí mismas del cautiverio de los dogmas absolutos.

Quinta Cadena
El Cautiverio del Imperialismo Blanco

Cualquier afirmación sobre Jesús hoy, que no considere el color negro de la piel como un factor decisivo de su persona, es una negación del mensaje del Nuevo Testamento.
-James Cone
Sólo un cristianismo que se ve a sí mismo en el contexto de las religiones del mundo, tendrá sentido en el siglo XXI.-Chester Gillis

La Romanización de la Iglesia Cristiana ha tenido un impacto tambaleante en la iconografía cristiana. En las partes de África donde el cristianismo ha penetrado, las Iglesias aún hoy están adornadas con un Cristo blanco y varón, con barba, vestido como los antiguos romanos o como los señores del medioevo europeo. Igualmente extendida es la caricatura de María como una europea blanca en una postura de humilde sumisión. Tanto Jesús como María son gente de origen palestino con piel oscura y facciones distintivamente no europeas.
En países como Brasil y las Filipinas, en las fiestas populares que honran a Jesús y María, con grandes procesiones y ceremonias, las estatuas de ambos están vestidas con ropa de reyes y reinas tomadas directamente de las culturas de España y Portugal. Muchas veces María está adornada con pesadas vestimentas y coronada como reina gobernando desde arriba, una cruel ironía en culturas donde el culto a la Gran Madre Diosa fue muy fuerte en tiempos antiguos. Esta creencia es vivida cotidianamente (como atestiguan muchos misioneros) y se la evidencia así en las costumbres e historias de gente indígena; es quizás en ningún lado más tangible que en la gran devoción de la Madona Negra, como se da en la expresión contemporánea de nuestra Señora de Guadalupe en Méjico.
La Tarea de la Recuperación
Lo blanco y masculino de la figura de Jesús se convirtieron en hechos indiscutibles, a pesar de que lo primero -lo blanco- fue una gran mala interpretación, y lo último -lo masculino- una imposición de género impuesta por la voluntad de los dominantes. Biológicamente no estoy discutiendo el género de Jesús. Lo que quisiera desafiar y confrontar es el reduccionismo biológico a que fue sometido Jesús. En muchas tradiciones espirituales antiguas, los líderes religiosos, como las y los chamanes fueron vistos como bisexuales o andróginos. El arte antiguo hindú y el arte chino están repletos de tales figuras.
Esto no es un intento de crear un tipo de obra fragmentaria en la cual Jesús es todas las cosas para todos. No es el caso de querer crear un Jesús contemporáneo que sea negro para el bien de la gente negra o bisexual para conformar a aquellos cuya orientación sexual no cabe en las normas establecidas. Mi objetivo no es recrear o redescubrir, es recuperar más que modernizar. Si Jesús es la encarnación de Dios que co-crea todo el tiempo en y a través de los seis millones de años de evolución humana, entonces necesitamos crear una historia humana de ese Jesús que honra esas realidades arquetípicas primordiales. No hay lugar para un reduccionismo cultural y menos patriarcal en el Jesús del Nuevo Reino de Dios.
En su deseo de reclamar una comprensión más fundacional de Jesús, la artista americana contemporánea Janet Mckenzie pinta a Jesús del pueblo como una persona negra andrógina (ver el National Catholic Reporter, 24 diciembre 1999). No sólo es el cuadro más congruente con la identidad arquetípica de Jesús, sino también honra la alianza histórica de Dios en Jesús con nuestros ancestros antiguos, tal como evolucionamos en África de Este a través de millones de años.
Nuestra Tierra Santa de África
Como Pueblo de Dios, cubriendo una periodo temporal de seis millones de años, nuestra historia pertenece a África. El color negro de la piel es más básico a nuestra identidad que la apariencia infiltrada en y a través de la colonización y distorsión. La demonización del color muchas veces perpetuado por misioneros en días pasados, alimenta la cultura del racismo, mientras que la creciente crisis de identidad de los blancos, en el mundo contemporáneo, parece justicia poética. El color negro de la piel -sea en su contexto asiático, africano o latino- es un poderoso símbolo perdurable de lo que significa ser humano. Nuestra solidaridad compartida con lo oscuro de la piel no es un signo de inferioridad primitiva; sino más bien lo opuesto- es la primera pigmentación que nosotros los humanos hemos conocido por mucho tiempo como criaturas bendecidas, amadas y afirmada por nuestro Dios creativo.
Intelectual y académicamente, el estudio de Jesús, como la cristología cristiana en general, pertenece a los especialistas del mundo occidental. Aún los académicos de origen latino, asiático y africano adoptan la comprensión europea occidental. La mayoría de los esfuerzos de comprender a Jesús en un contexto del Hemisferio Sur tiende a comenzar con la versión colonizadora del Occidente. Trágicamente, lo que luego tiende a suceder es que la historia indígena del sur es una versión disfrazada del prototipo europeo.7 Necesitamos honrar a Jesús, quien arquetípicamente pertenece no a la tierra de Israel, ni mucho menos a la Europa Occidental, sino a la primera tierra de África del Este, donde los humanos se desarrollaron hace seis millones de años.
El Jesús blanco europeo es una caricatura del deseo patriarcal de dividir y conquistar. Necesitamos desvestir la figura del rey, adicto al poder y a la gloria del triunfalismo, y reclamar el siervo sufriente vulnerable que se hace amigo de los humanos en su camino a la verdadera libertad. En una cultura de diálogo con las diversas religiones, necesitamos un Cristo que pueda dialogar con las culturas diversas, así como el Jesús humano tuvo un lugar en la mesa que incluía a todos, sea cual sea su credo, color y condición cultural.

Sexta Cadena
El Cautiverio de la Exclusividad Masculina

Cualquiera que quiera enfatizar la masculinidad de Cristo en orden a establecer prerrogativas de varones (“sacerdotes”) sobre mujeres, no ha comprendido bien a Jesús como el liberador de todos, hombres y mujeres, ni tampoco ha comprendido la forma en que nos ha liberado.
-Bernard Häring
El núcleo del problema no es que Jesús fuera un varón, sino que más varones no sean como Jesús.
-Elizabeth A. Johnson
En la sección anterior, describí la masculinidad de Jesús como un aspecto de la dominación blanca de Occidente. Pero, de hecho, involucra mucho más que eso. Por miles de años antes de Jesús, sólo los varones eran considerados seres humanos plenos. Sólo los varones poseían la “semilla” por la cual la vida nueva podía procrearse. Las mujeres eran receptáculos biológicos para la fertilización de la semilla masculina -una visión respaldada por Aristóteles, Santo Tomás de Aquino y Martín Lutero-. Más aún, los chicos eran reclamados como propiedad, valorando mucho más los bebés varones que las bebés hembras.
Para los cristianos, Jesús, entonces, el Mesías -eso es, el Hijo de Dios- debía descender de una línea varonil. Esto es descrito en el Evangelio de Mateo con la inclusión, sorprendentemente, de tres personajes femeninos (Rahab, Ruth, Bathsheba, la esposa de David, a quien había seducido Eurías) cuya moralidad es un poco ambigua. El nacimiento de Jesús en esta tierra tenía que trascender el proceso reproductivo femenino, que en ese tiempo, no era considerado de mucha importancia y desde un punto de vista religioso estaba cargado de impureza y consecuencias pecaminosas.
Estas creencias arcaicas y destructivas, y su inculturación en la vida y ministerio de Jesús, tienden a ser subvertidas en el romanticismo del nacimiento y niñez de Jesús. Figuras angélicas, una “virgen madre”, pañales, pastores, sabios,… todo ayuda a distraernos de la inmersión radical de lo divino en nuestro medio. La llegada provocativa de Dios en y con lo humano es, o bien espiritualizada hacia el reino celestial, o bien exaltada como un homenaje en el reino terrenal. En ambos casos lo que prevalece es la cultura imperial masculina del momento.
¿Imponiendo un estereotipo masculino?
El contexto dejó al Jesús histórico con poca opción para ser algo más que el típico varón. Pero el Jesús que proclamó y vivió la visión del Reino de Dios claramente no es un varón en el sentido convencional. No adopta ninguno de los comportamientos masculinos estereotipados de dominación, control, racionalidad e improbabilidad (ver Plumwood 2002, 72 y sig.), o aún la prerrogativa de la propagación masculina de la especie. En cambio, se compromete íntima y apasionadamente con la gente y la cultura de su tiempo, especialmente con aquellos desapoderados por la política prevalente y los regímenes religiosos.
En vez de controlar el poder, Jesús lo cede abiertamente; en vez de un discurso racional, cuenta historias; en vez de reclamar status como los rabinos, él se abaja a los humildes, en vez de excluir la plebe, los incluye aún en la mesa. Más aún, los cobradores de impuestos, los pecadores y las prostitutas parecen estar “en casa” en su presencia. Éste no es meramente un Jesús masculino reblandecido. Es un Jesús cuya misma identidad es radicalmente diferente de la personalidad humana que prevalecía en ese tiempo. Relacionalidad más que racionalidad ilumina toda su historia.
Pero hay algo más de la identidad de Jesús, una dimensión que se le ha escapado a los académicos de casi toda la era cristiana. Como una figura espiritual inspiradora cuyo impacto excede su cultura indígena judía, Jesús es portador de un significado arquetípico que trasciende el tiempo y el espacio. Su identidad arquetípica es frecuentemente observada en la vida de místicos, chamanes y sabios. “Intoxicados con Dios”, por así decirlo, estas son gentes profundamente inmersas en la realidad terrenal y dejan un impacto duradero en la vida y en la cultura.
Tales personas tienden a expresar una identidad sexual que frecuentemente escapa a la atención de los académicos. El dualismo estereotípico de lo masculino versus lo femenino es trascendido a favor de una integración andrógina que relativiza tanto lo masculino como lo femenino en el enraizamiento ideológico de la biología básica.
El Jesús Andrógino
El concepto andrógino es uno de los conceptos peor interpretados en los estudios contemporáneos de género y sexualidad humana.8 Desde el tiempo de Aristóteles, la sexualidad humana ha sido considerada fundamentalmente como una capacidad biológica, con el propósito único y exclusivo de la reproducción humana. Mientras que las ciencias sociales tienden a adoptar una comprensión más integrada de la sexualidad humana, el énfasis biológico todavía tiene una superioridad cultural, haciendo que la androginia (y la homosexualidad) se consideren desviaciones y anormalidades.
En el andrógino la identidad biológica es clara. Es la energía psíquica que ha cambiado significativamente. La energía creativa interior orienta las capacidades generativas más allá de los roles estereotipados de varón y mujer. Los andróginos expresan más cualidades femeninas. Se relacionan más inclusivamente y tienden a organizarse en una forma más igualitaria. Se sienten muy a gusto en el ámbito espiritual, nos ayudan a ampliar los horizontes de sentido y, son buenos en dar cabida a lo paradójico. Ellos perturban las ortodoxias de todo tipo e inevitablemente se los percibe como extraños. Son un estorbo, por eso mejor, mantenerlos lejos.
Como muchos grandes místicos y sabios, Jesús tiene mucho de andrógino, relativizando así su singularidad masculina en el sentido convencional. Aquello que constituye su identidad biológica como varón es secundario a su generalidad como andrógino. No sólo esto relativiza su masculinidad, sino, más importante todavía, la trasciende -y trasciende también lo femenino, como un concepto puramente biológico- a favor de una forma más profunda de ser humano, más allá de lo limitado de un reduccionismo biológico.
Sugiero que es esta identidad andrógina de Jesús, más que cualquier otra característica, lo que el cristianismo ha eludido por casi dos mil años. La masculinidad biológica es uno de los principios más apreciados del patriarcado. Esto ha causado estragos en la singularidad sagrada tanto de varones como de mujeres. Y también nos ha dejado algunas nociones muy equivocadas de grandes líderes espirituales de todas las religiones, de los cuales pocos han sido los que han rendido culto a la masculinidad patriarcal.
De todas las “cadenas” que estoy buscando liberar en las reflexiones de estas páginas, sospecho que la del Jesús andrógino va a ser la más enredada y anudada de todas. Las culturas patriarcales parecen sentirse muy incómodas cuando tratan el tema de la sexualidad. Éste es un gran tabú especialmente para las religiones e iglesias que viven y se mantienen en la represión sexual.
Esa gran capacidad, que es tan central y sagrada en cada ser humano, y es la base de la creatividad humana por tiempo inmemorial, es claramente uno de los dones más apreciados de Dios. Un Jesús sin una sexualidad exuberante y plena le restaría sentido e integridad a la encarnación. No tendríamos que comprometer la sexualidad creativa de Jesús, sea cual fuese el precio a pagar.
Séptima Cadena
El Cautiverio del Culto a la Violencia Redentora
La religión ha sostenido amar la vida al perseguir la muerte—y ha sido guardiana de la ley ejerciendo el terror.
-Robin Morgan
¿Puede uno imaginar un fantasma más obsesivo que el de un Dios que demanda la tortura de su único Hijo hasta la muerte como satisfacción de su ira?
-Antoine Vergote
Las mujeres derraman sangre para dar vida, los varones tienden a derramar sangre para quitar la vida. En muchas culturas antiguas, la sangre tiende a ser el primer canal universal de la fuerza de vida. En las manos humanas la fuerza de vida es muchas veces abusada o mal usada, y para aplacar la ira del dador de vida en las alturas, el derramamiento de sangre se convirtió en un ritual muy común de apaciguamiento y propiciación.
De modo que el sacrificio se convirtió en un elemento central de las culturas antiguas y modernas. Es asumido ampliamente que el ritual del derramamiento de sangre es tan viejo como la misma humanidad. Esta es una generalización superficial basada en poca o ninguna evidencia y sostenida por un análisis falso, que culturas oprimidas adoptan con facilidad. La noción del sacrificio de sangre como un acto de apaciguamiento puede ser asimilada al derramamiento de sangre animal para que los humanos pudieran sobrevivir.
Cuán antigua es esta creencia depende de cuando ubicamos el surgimiento de la caza como una empresa humana. Basando la investigación en grupos tribales existentes, los estudiosos tienden a asumir que nosotros, los humanos, hemos siempre cazado y hemos matado animales en busca de comida. Aunque la evidencia sugiere que tan recientemente como la era Paleolítica (40.000-10.000 a.C.), los humanos sacábamos la comida de los recursos vegetales y muy probablemente no matábamos animales excepto cuando otras formas de alimento no eran posibles. El mito del cazador devastador podría ser una vez más una proyección hipotética para la cual hay muy poca evidencia (ver Ungar y Teaford 2002; Whiten y Widdowson 1992)
Apaciguando la Deidad
Irónicamente, el matar animales parece haber sido practicado durante el principio de la era agrícola. A pesar de que muchas más comida se adquiría de la tierra, el deseo de carne prevaleció. Era durante este tiempo que el derramamiento de sangre tomó un significado religioso importante. La sociedad era regida así en su totalidad por varones muy agresivos, cuya estrategia era validada por la creencia en un Dios del cielo. Este Dios rápidamente se convirtió en ellos mismos: poderoso, fuerte, demandante y cruel.
Para apaciguar esta deidad demandante, algunas estrategias se instalaron. Los animales eran las primeras víctimas y se ofrecían los primeros frutos de estación. En raras ocasiones, los humanos eran sacrificados, como vemos en el Antiguo Testamento, con Abraham llevando a su hijo Isaac para el sacrificio. Y entonces, la noción del chivo expiatorio se estableció, probablemente alrededor del 5000 AC.
El concepto del chivo expiatorio sacrificial ha sido estudiado extensivamente por Rene Girard (1977; 1986; 2001) y sus discípulos. Girard rastrea la noción del chivo expiatorio a un deseo fingido, llevándolo a una rivalidad y a un comportamiento violento; entonces el mecanismo del chivo expiatorio era requerido para salir al encuentro de la amenaza de una violencia destructiva. Para Girard y los académicos cristianos atraídos a sus ideas, la muerte de Jesús se convierte en el último acto de sacrificio que hace que el chivo expiatorio sea innecesario y redundante.
Girard ha sido criticado en distintas oportunidades (ver Bartlett 2001, Wallace 2002), particularmente por la simple observación de que el chivo expiatorio del Calvario no ha disminuido el poder del sufrimiento violento en el mundo. Más aún, muy al contrario, la cruz es a menudo enarbolada para justificar la opresión colonial y el derecho de los poderosos a gobernar sobre los débiles.
Un defecto mucho más obvio caracteriza el análisis de Girard, a saber, el hecho de que basa toda su investigación en la evidencia tomada de los últimos 5000 a 10.000 años y parece apoyarse exclusivamente en los estudios que toman como irrelevante cualquier cosa que pasó antes de ese tiempo. De todas formas, su atención a los mecanismos culturales de chivo expiatorio y de víctima como problemas importantes para nuestro tiempo son un hecho.
¿Una Proyección Antropocéntrica?
La noción de la sangre del sacrificio es más un invento de los tiempos patriarcales para los cuales hay poca evidencia antes de 10.000 años atrás. Antes de ese tiempo, la fuerza de vida era comprendida en términos de aire, agua y fuego, metáforas mucho más congruentes con cómo la física moderna comprende la fuerza universal de vida. El derramamiento de sangre y el sacrificio comenzó a desarrollarse como una visión del mundo antropocéntrico, que tomó al hombre como la medida de todas las cosas. En el humano, la sangre parece ser la energía de vida, y consecuentemente, debe ser la fuerza de vida de todo lo demás en la creación, incluyendo Dios mismo.
El derramamiento de sangre vino a ser como la forma de compensar la pérdida de equilibrio, tratando de poner las cosas en su lugar para el ofendido. La noción de “victoria” se metió en el vocabulario, particularmente para el Dios vengativo y sus representantes en la tierra. Y así, podemos ver en las Escrituras Hebreas un Dios que se goza con matar al enemigo y cuya gloria se enaltece con la victoria de la espada. Esto está muy lejos de la Diosa de los tiempos paleolíticos, cuyo derramamiento de sangre estaba inequívocamente al servicio de una fertilidad prodigiosa.
En la historia de Jesús, esas dos vertientes se confunden. La metáfora de la vida nueva resuena profundamente en la nueva visión radical abrazada por Jesús bajo el lema del Reino de Dios. Pero la teología cristiana rápidamente perdió esa visión de vida al ganar más énfasis la retórica de la salvación por la muerte en la cruz. De ahí en adelante, el lenguaje sacrificial se extendió, como así también las nociones de la “obediencia mediante el sufrimiento” y “sacrificando todo por Jesús”, se convirtieron en los ingredientes centrales del discipulado cristiano.
La Opción por la No Violencia
Para Jesús, sin embargo, la no violencia está en el corazón de su mensaje, en el cual somos llamados a amar y a perdonar aún hasta nuestros enemigos. Tan amenazante fue su sueño para las autoridades romanas y judías que eliminaron a Jesús, esperando que su sueño desapareciera. Pero el mensaje prevaleció más que el mensajero, y la Iglesia Cristiana, preocupada con un culto al heroísmo, se enganchó con la muerte violenta de Jesús, muy incapacitada para comprender el poder dinámico de una vida vivida radicalmente hasta el punto de morir. No comprendieron el mensaje de vida y terminaron exaltando la muerte como el catalizador primario de la liberación redentora.
En los 2000 años siguientes el mito de la violencia redentora cautivó la imaginación humana. La salvación es percibida como viniendo por la cruz, obtenida por el que se hizo perfecto a través del sufrimiento, obediente a un padre irascible hasta el punto de derramar su última gota de sangre. La parodia sórdida de la venganza patriarcal está escrita en toda esta creencia tan universalmente extendida.
El culto de la violencia redentora ha inspirado a muchos a derramar su sangre y a dar sus vidas por la Gloria de Dios y la salvación de la humanidad. En un examen más sutil, ésta es una martiriología muy masculina promovida por una Iglesia dirigida por hombres. Porque las mujeres muchas veces rehúsan a conspirar con la violencia redentora; su deseo de obtener un resultado no violento es mirado como una debilidad femenina. El compromiso de las mujeres de mejorar la calidad de vida, mediante el ser buenas personas y madres, el cuidar la tierra, el cuidar el hogar, la atención de los pobres y enfermos, el educar a los que no saben…. muy pocas veces ha sido tomado como un verdadero mérito evangélico. No es suficientemente heroico para satisfacer un sistema sangriento y sacrificial.
Si disminuimos el significado de la muerte de Jesús, ¿no estamos socavando el significado de la Resurrección? Ésta es otra asunción que necesitamos revisar. Si honramos, como lo hizo Jesús, el papel fundamental del Reino de Dios, que es sobre la vida vivida radicalmente en plenitud, entonces la Resurrección no es tanto sobre la vindicación de la muerte como lo es sobre una vida vivida en plenitud. La Resurrección pertenece a la vida más que a la muerte de Jesús. De una forma similar, la Resurrección es una afirmación y celebración de la plenitud de vida, ejemplificada por Jesús y ofrecida como un nuevo horizonte de compromiso creativo para todos aquellos que siguen el camino de Jesús.
Octava Cadena

El Cautiverio de la domesticación Eclesial

El modelo que nos conduce a buscar el fundamento de este mundo en algún lugar fuera de él, buscando apoyo de ciertas divinidades, parece que está destinado al olvido.
-Ivonne Gebara

Si la Iglesia no pide justicia a las autoridades gobernantes que practican la injusticia hacia el pueblo, la Iglesia ha optado por apartarse de la política de Dios.
-C.S.Song
Los cristianos tienden a ver a Jesús como el fundador de la Iglesia, sin la cual sienten que no pueden seguir a Jesús de forma auténtica. El seguimiento de Jesús no se concibe sin una adhesión a una u otra denominación cristiana. Todas las Iglesias cristianas pertenecen esencialmente a la cultura de la primera sociedad romana, y en el tiempo, han sido fuertemente domesticadas por el culto de la colonización europea.
Consecuentemente, se ha concebido a Jesús como un Señor, un rey todopoderoso y conocedor de todo, el pantocrátor de Constantino. Como Easterbrook (1998) gráficamente ha ilustrado, éstas son proyecciones humanas que distorsionan y enmascaran el Cristo servidor, cuya liberación pertenece más a un empoderamiento igualitario que a un gobierno soberano.
Un Nuevo Reino de Dios
En ningún lado la domesticación ha sido tan corrosiva como en el impacto que ha tenido en lo que los Evangelios describen como el “Reino de Dios.”10 Esta es la estrategia subversiva paradójica que hace a Jesús verdaderamente único entre todos los sistemas de fe conocidos por la raza humana. Para el tiempo de Constantino, el proyecto del “Reino de Dios” ya estaba bien reflejado en el sistema imperial romano. Hasta nuestros días, la fe cristiana ha estado comprometida y acomodada por esa realidad cultural y política.
La estrategia de Jesús ha sido tanto paradójica como subversiva. Fue paradójica en el sentido de que la liberación por la cual los judíos luchaban sería dada no por una intervención imperial sino por un empoderamiento de abajo hacia arriba; de modo que en el tiempo tal liberación subvertiría la misma necesidad de una clase gobernante. Los logros del pasado no garantizarían su cumplimiento; más bien sería una nueva forma de concebirlo lo que daría esperanza e inspiración; es lo que Haught (2000,96-104) describe como la promesa del futuro.
Fue subversivo en un sentido religioso y político. Políticamente, Jesús parecía haber adoptado la imagen de la realeza de la cultura, pero desafió y socavó la comprensión de lo “real” de ese entonces. La única vez que Jesús aprobó que sus seguidores lo llamaran rey (en los evangelios sinópticos), eligió montar un burro mientras que los reyes siempre montaban un caballo. Abrazó el culto de la “realeza”, pero invirtió totalmente su significado.
En lo religioso, el comportamiento de Jesús debe haber sorprendido y confundido a la gente de su pueblo. Los estudiosos de las Escrituras se inclinan a asumir que Jesús estaba muy a gusto en su contexto judío, y estimaba su fe judía. Me parece a mí que la evidencia de esta asunción es muy circunstancial y podría ser una proyección de la misma necesidad de los académicos de tener una fe enraizada en la tradición religiosa.
En las parábolas y milagros Jesús está siempre rompiendo las leyes religiosas y burlándose de la tradición religiosa. Claramente infringía las leyes religiosas que observaban la pureza ritual y nunca ofrecía una explicación o disculpa por su comportamiento tan audaz. Acudía al templo (o sinagoga) para rezar y alabar, pero muchas veces acompañado por los más desechados, cuya misma inclusión se convertía en un acto de profanación del lugar sagrado.
Como un predicador popular, invitaba al pueblo a hacer alianza con Dios, no abandonando su lugar en el mundo sino abrazándolo en el nombre del amor y la justicia. De acuerdo con el Evangelio de Juan, Jesús estaba comprometido con la plenitud de vida -mucho más allá de lo que podía pedir cualquier sistema-.
Me siento atraído por lo que encontré por primera vez en un trabajo provocativo de Tomas Sheehan (1986) donde dice que Jesús al promulgar la visión del REINO DE DIOS, no sólo trascendía su propia religión judía, sino las religiones en general. Boff (1980, 98) se hace eco de los mismos sentimientos en las siguientes palabras:

Jesús no teologiza la religión, haciendo que el pueblo busque la voluntad
de Dios, no sólo en libros sagrados, sino principalmente en la vida diaria;
desmitologiza el lenguaje religioso, usando las expresiones de nuestras
experiencias comunes; desritualiza la piedad insistiendo que uno está
siempre ante Dios y no sólo cuando va al templo a rezar; Él emancipa el
mensaje de Dios de su conexión con una comunidad religiosa y lo dirige
a toda la gene de buena voluntad; y, finalmente seculariza los medios de
salvación, haciendo del sacramento “del otro” un elemento determinante
para entrar al Reino de Dios.

La Visión Domesticada

Me parece a mí que los Doce Apóstoles en general nunca captaron de qué se trataba el REINO. Querían que Jesús fuera un “Mesías Heroico”, y se desilusionaron mucho cuando Jesús se negó a cumplir sus expectativas. La eclesiología básica de San Pablo, encapsulada en grupos pequeños y flexibles, centrada en la Palabra y en el servicio a la comunidad, de muchas maneras honra lo inclusivo, liberando la visión de Jesús. Con la incorporación del cristianismo en el mundo romano en el siglo IV, la visión de Jesús del Reino fue totalmente demolida. De ahí en adelante se impuso la domesticación eclesiástica.
La Cristiandad nunca olvidó totalmente la visión del Reino, y yo sospecho que nunca lo hará. La verdad arquetípica siempre sobrevivió, y más allá de todos los esfuerzos de domesticación, eventualmente triunfa. Por muchos años de la Edad Media, los frutos del Reino parecían extenderse en distintos y varios movimientos místicos, feministas y algunos orientados hacia la justicia. La Iglesia oficial estaba desorientada por lo que pasaba y tenía mucha dificultad en controlarla. Consecuentemente, los historiadores eclesiales -que tienden a ser varones y clérigos- describen este período como la noche oscura de la Iglesia. Desde la perspectiva del espíritu creador de Dios, yo sospecho que fue una época gloriosa de creatividad y crecimiento espiritual.
Hoy, la domesticación sufre un período de confusión. La Iglesia lucha por movilizar la credibilidad de sus seguidores desilusionados. La mano firme del control está perdiendo su fuerza, al tiempo que la gente crece y se compromete con su fe, no como hijos pasivos sino como adultos cuestionadores. Paradójicamente, la visión del Reino está floreciendo una vez más después de varios siglos de subversión. La gente adulta está comenzando a reclamar una fe adulta en un Dios adulto.
La llamada a la adultez fue precisamente lo que los primeros seguidores de Jesús encontraron difícil de apropiar. Habían sido adoctrinados en un tipo de sumisión y “obediencia mediante el sufrimiento” que inculcaba una actitud infantil. Jesús rompió con todo eso y llamó a sus seguidores a hacer lo mismo. Pero la mayoría no pudieron vivir el desafío. Nos ha llevado a nosotros, los cristianos, 2000 años alcanzar a este Jesús adulto que nos conduce por un camino de fe adulta. Ahora, quizás por primera vez en la historia de la cristiandad, podemos renunciar a este infantilismo. No será una tarea fácil, probablemente cause no sólo una sino varias rupturas o cismas en las Iglesias domesticadas contemporáneas.

Novena Cadena
El Cautiverio de la Respetabilidad de la Clase Media

Llevó mucho esfuerzo mitigar el escándalo de la revelación de dios en un pobre carpintero. Su vida y dichos fueron reinterpretados para hacerlos más agradables a los ricos y poderosos. Se tejieron innumerables leyendas alrededor de él, generalmente tratando de elevarlo a un nivel de súper emperador.
-Justo L. González

Es la tarea de la eclesiología asiática liberar a Jesús para la gente común.
-Bying-MuAhn
Los evangelios sugieren que la vida de Jesús concluyó con una procesión triunfal a la ciudad de Jerusalén. Generalmente se dice que era el tiempo de la Pascua. Seguro que la ciudad albergaría mucha gente, la atmósfera sería tensa y expectante y los militares estarían alerta.
Aparentemente era también la ocasión en que figuras mesiánicas buscaban atención y notoriedad. Lo que parece también razonablemente claro es que las autoridades se manejaban sutilmente con tales competidores mesiánicos. En este caso, Jesús hubiera sido rápidamente arrestado -dependiendo de la fuerza de sus reclamos subversivos- y hubiera sido sofocado, seguramente con la muerte.
Cuando Honrar es un Error
Los evangelios proveen un esquema detallado de juicios y supuestas acusaciones. Siguiendo el proceso establecido, la crucifixión era la pena decretada. En la narración de la Pasión en los evangelios, Jesús es tratado como una persona de importancia y estatus. Sus juicios son eventos de perfil alto en los que la justicia máxima es buscada para alguien muy especial. Éste es un Jesús de clase media, de estatus, dignidad y honor.
Pero, ¿fue éste el Jesús real? ¿Es así como se dieron los hechos realmente? ¿Es éste el revolucionario radical del nuevo Reino de Dios? ¿O es ésta una proyección de la respetabilidad de la clase media, con una historia que se embelleció a medida que la tradición oral se fue desarrollando?
Como un gran visionario del Nuevo Reino de Dios, Jesús hizo tambalear los fundamentos de la cultura heredada. Sospecho que muchas de sus historias hicieron que la gente la cuestionara por semanas, por no decir meses. Seguramente atrajo a muchos seguidores y, como suele pasar con los profetas, pocos fueron los que estuvieron con él al final. Se convirtió en algo demasiado grande, abrazar no sólo al mensaje sino también al mensajero.
Por lo que toca a las autoridades en Jerusalén, las que eran religiosas ciertamente habían escuchado hablar de Jesús. Una y otra vez habían tratado de eliminarlo, ahora tenían una gran oportunidad y la tomaron. Sospecho que lo hicieron sin tomar en cuenta lo legal o social. Para ellos Jesús era una peste, eligieron librarse de él tan pronto como podían.
Es Prudente Ser Respetable
2.000 años más tarde, Jesús todavía es cautivo de la respetabilidad de la clase media. Se espera que los cristianos se comporten de acuerdo a las normas culturalmente sancionadas de adhesión, fidelidad y respeto. Se espera que los cristianos obedezcan las leyes de la Iglesia como del Estado, que no cuestionen lo que las autoridades legítimas dicen y que no perturben el equilibrio de los sistemas humanos. Se espera que los cristianos se adhieran a las estructuras jerárquicas que prevalecen en sociedades jerárquicas y que denuncien a aquellos que cuestionen tales paradigmas. Se espera que los cristianos sean buenos y caritativos. El hablar de derechos humanos y justicia tiene una connotación de “izquierda”, y eso se percibe como extraño al cristianismo.
Ello está en las antípodas de la figura profética de Nazaret que escandalizó y perturbó las convenciones de su época en el nombre de la justicia y la liberación. Nuestra respetabilidad se ha cobrado muy caro el auténtico sentido de la vida cristiana. Hemos perdido de vista la visión más profunda, y hemos apagado la pasión y el entusiasmo por el Nuevo Reino de Dios.
El seguimiento de Jesús no es una religión respetable, y sospecho que nunca quiso serlo. Es una llamada a la verdad, justicia y liberación para los que están oprimidos, excluidos y desapoderados. No es para aquellas personas que buscan aceptación y amor a través de la brutalidad y la exclusión, muchas veces invocadas en nombre de la respetabilidad del poder patriarcal.
Los cristianos están llamados a ser diferentes y deben ser reconocidos por ser diferentes. Cuando nos hacemos uno con las normas y procedimientos de la sociedad, hemos perdido la capacidad de ser sal de la tierra y luz para el mundo. Continuamos afianzando el legado de domesticar el mensaje de Jesús.
En la espiritualidad cristiana convencional, se considera que el sufrimiento hasta el martirio es la marca singular de la dedicación cristiana. Mientras no intento subestimar el potencial de cambio que ese testimonio heroico puede hacer posible, la opción del martirio está basada en una retórica que nace de la violencia redentora. En el presente, por lo menos, la opción de vivir por Jesús, más que morir por Él, es lo realmente heroico.
Esto se traduce en un compromiso radical por los valores de la visión del Nuevo Reino de Dios, buscando construir en todo el mundo la justicia, la inclusión y la igualdad que busca un lugar para todos, particularmente para los pobres y marginados en la mesa de la abundancia de Dios. Ésta es la visión subversiva por la cual Jesús entregó toda su vida hasta llegar a la muerte misma. No hay amor más grande que aquel que deja una marca indeleble al construir un mundo mejor para aquellos relegados al margen.
Cuando caminamos la vida como lo hizo Jesús, quizás el martirio más grande no sea el derramamiento de sangre, sino la incomprensión, el rechazo, y el ridículo que experimentamos dentro de nuestra familia, país, iglesia y amigos. El discipulado cristiano no es una opción popular, pero para los que son llamados tiene un valor tan grande que sostiene al discípulo en el que puede ser un camino difícil y solitario.
Décima Cadena
El Cautiverio del Personalismo Distorsionado
Las personas no están aisladas sino que existen únicamente en relación. Por tanto, lo significativo no es el cuerpo aislado de Jesús, sino su cuerpo interactuando con otros cuerpos. El cuerpo corporativo generado por Jesús en su interacción con sus contemporáneos y con nosotros es la encarnación de la gestalt de Cristo.
– Meter C. Hodgson
Jesús emerge en la existencia a través de Cristo/Comunidad y participa en su co-creación… Por tanto, lo verdaderamente cristológico, lo realmente revelador de la encarnación divina y del poder salvífico en la vida humana, debe residir en la conectividad y no en individuos separados.
-Rita Nakashima Brock
La espiritualidad cristiana atesora la noción de una relación personal con Jesús. En general se la considera la señal de una vida espiritual bien madura. Esta aspiración bien intencionada conlleva una cantidad de presunciones no examinadas, de las cuales la más básica es la posible proyección en Jesús de lo que nosotros entendemos que significa ser persona, en el contexto de la cultura occidental contemporánea.
El Ser Separado
En occidente, el paradigma valioso respecto a ser persona es el de ser independiente, individualizado, racional. Es un concepto desarrollado originalmente en la Grecia antigua, y detallada en los sistemas filosóficos de Platón y Aristóteles. En general, éste es el concepto de persona que adoptan los concilios eclesiásticos (por ej. Nicea y Calcedonia) al formular las primeras doctrinas cristológicas. Es el concepto de persona adoptado ampliamente en culturas occidentales contemporáneas, y en aquellas influenciadas fuertemente por valores occidentales. Pero está particularmente ausente en las culturas nativas del África, Asia, América Central y América del Sur.
Se da por descontada la validez de la versión griega/occidentalizada de la persona humana, y se valora hasta tal punto que a la mayoría nunca se le ocurre cuestionar su hegemonía. Sin embargo, hay un concepto alternativo que está mucho más generalizado de lo que suponemos y que es mucho más congruente con nuestra historia evolutiva como especie humana. Frecuentemente se lo encapsula en la frase: “En todo momento soy la suma de mis relaciones, y eso es lo que constituye mi identidad.” Esto es lo que en adelante llamaré concepto relacional; el otro enfoque lo denominaré concepto autónomo.
En la descripción autónoma, el énfasis está mayormente en la singularidad humana por encima y en contra de todo lo demás en la creación. No sólo es ésta una orientación de confrontación, también habla de la especie humana como algo superior a todo lo demás que existe. El matiz más fuerte es que cada persona es independiente y separada de todas las demás personas y toda otra cosa en la creación. La separación probablemente sea el rasgo singular más distintivo del punto de vista autónomo.
Antropológicamente tiende a estar basado en la opinión de que nosotros, los humanos, estuvimos enlazados con la naturaleza durante la mayor parte de nuestro desarrollo evolutivo, y que al llegar a la madurez requirió que nos diferenciásemos claramente de todo lo demás. De ahí la noción de separación. Ésta es la base de la alienación severa que los humanos experimentamos hoy, especialmente en las así llamadas naciones desarrolladas de occidente. Al separarnos de la naturaleza y establecernos por encima de ella, muchas veces con la bendición y validación de la religión formal, nos aislamos efectivamente de la matriz sustentadora a la que pertenecemos íntima e integralmente.
Nuestro concepto de persona autónoma probablemente sea la ilusión más grande que sufrimos los seres humanos. Se contrapone a lo que hemos sido durante gran parte de los seis millones de años que hemos poblado la tierra. Es producto de los milenios recientes, mayormente, cuando no totalmente. Es otro corolario de la necesidad compulsiva de los seres humanos de estar totalmente al cargo. Cuanto más nos ponemos al cargo, tanto más nos distanciamos de la matriz relacional cósmica a la que pertenece todo en la creación.
El concepto relacional del ser humano lucha por honrar la red relacional de la vida a través del cual todo se concibe, crece y prospera. Nosotros los humanos somos una dimensión integral de esa red, pero nos convertimos en pestes amenazadoras a medida que profanamos y explotamos parte de la red de la vida. La verdad dolorosa, naturalmente, es que no destruiremos la creación, porque todo lo demás en la creación tiende a respetar la red relacional. No es la creación la que destruiremos, sino a nosotros mismos.
¿Qué Tipo de Persona era Jesús?
Los apologistas cristianos supusieron desde el principio de los tiempos cristianos que Jesús pertenecía al mundo de personas autónomas.11 De ahí el deseo de los apóstoles de exaltar a Jesús en un trono como una figura soberana, algo que él siempre resistió según los Evangelios Sinópticos. En esta senda de ignorancia, una de las más persistentes de cualquier tradición religiosa conocida por la humanidad, los cristianos nunca parecen haber cuestionado esta presunción básica acerca de la persona de Jesús. Invocamos mucha retórica acerca de ser moldeados a imagen y semejanza de Dios, pero, en verdad, dedicamos una cantidad de energía enorme moldeando a Dios a nuestra imagen y semejanza, y con Jesús hemos hecho lo mismo de la manera más descabellada. Como dijo Richard Rohr (2004, 122):
Jesús vino para hacer una declaración desconcertante acerca de nosotros,
y hemos evitado ese mensaje tratando de hacer declaraciones profundas
acerca de él – afirmaciones acerca de las cuales nunca estamos todos de
acuerdo y nunca lo estaremos, sino que simplemente las discutimos.
Tal vez una de las pistas más claras dadas en los Evangelios está en Lucas 7, 18-22, donde Jesús insinúa una comprensión de sí mismo muy diferente en la respuesta a los discípulos de Juan el Bautista. Los discípulos enfrentaron directamente a Jesús con la cuestión de su identidad. Resulta interesante que él no responde con lo que la Iglesia ha proclamado que es la gran afirmación de fe, supuestamente dicho por Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente”. Jesús no responde directamente a los discípulos de Juan el Bautista, él contesta de manera extrañamente desconcertante: “Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído…” (v.22).
En mi opinión, la pista vital es inequívoca. Jesús sugiere que vayan y miren su matriz relacional, el contexto en que su vida es vivida liberando lo relacional, el compromiso con su cultura de la que Jesús mismo obtiene su identidad personal e individual. Aparte de ese contexto, de esa red relacional, Jesús no tiene una identidad personal, como se sugiere en las citas de apertura de Brock (1992) y Hodgson (1994).
Por extensión, ahora vislumbramos un significado más profundo acerca de la noción del Reino de Dios, el enfoque principal de la vida y misión de Jesús. El trabajo del Reino no es algo que Jesús esté activando en el mundo de su época. La visión del Reino es una extensión de la persona de Jesús a través del cual Jesús se convierte en una identidad personal única. El Nuevo Reino de Dios es la matriz relacional de Jesús en su sentido más grande y más integral. Por lo tanto, Jesús, cuando habla de sí mismo, señala al Reino que es la plenitud de su ser relacional. Como dijo Robert W. Funk (1996, 305):
Jesús se refirió a algo que él llamó dominio de Dios, algo que él no
creó, algo que él no controló. Yo quiero descubrir qué fue lo que Jesús
vio, o escuchó o sintió que le resultaba tan encantador, tan cautivante,
tan estimulante que lo mantuvo en su asombro. Yo no quiero que
lo que hicieron sus seguidores me engañe: en lugar de mirar para ver qué
fue lo que él vio, sus discípulos tendieron a clavar su mirada en su dedo
índice. Jesús mismo no debería ser, no debe ser, el objeto de la fe. Eso
sería repetir la idolatría de los primeros creyentes.
Jesús pertenece, total e inequívocamente, a la dimensión relacional del ser humano y nunca tendría que haber sido aprisionado en el molde del ser autónomo. Este es el reduccionismo que a la larga creó una preocupación voyeurista con la divinidad de Jesús, y se convirtió en una distracción burda de la manera radicalmente nueva de ser humano que Jesús nos manifestó. Esta iniciativa de comprometerse con la revelación relacional liberadora de Dios en Jesús sigue siendo uno de los desafíos más grandes para la fe cristiana que todavía espera una respuesta auténtica del pueblo cristiano.
Undécima Cadena
El Cautiverio de la Religiosidad Insípida
La sensación de impotencia es la forma más profunda de separación que la civilización produce.
-Dorothee Soelle

El mundo está lleno de cristianos, y sin embargo nada cambia. Tal vez sea hora de cambiar. Bailemos con Eva y vayamos en busca de Lilith, la primera de nuestros ancestros en rechazar la encarnación de la jerarquía destructiva.
-Lisa Isherwood.
Las culturas patriarcales tienden a generar un clima de codependencia. Algunos están al cargo y otros son sumisos, y para mantener a la mayoría en un rol “obediente”, es predecible que surja una retórica de la paternidad. Vemos esto en toda cultura religiosa importante, porque toda la religión formal está fuertemente influenciada por la hegemonía patriarcal. En el cristianismo, se manifiesta en nuestra designación de Dios como Padre, la iglesia como madre, nuestra relación con Dios como hijos, y la adopción de la familia como el icono principal de cómo la fe ha de ser vivida.
En este contexto, hay poca esperanza de que se honre un discipulado de iguales. El adulto como adulto siempre luchará para encontrar un lugar auténtico. La adultez se relega a aquellos que gobiernan, es decir, a aquellos que controlan. Debido a que el control es básicamente el de una relación disfuncional que falla de una manera u otra, el común de la gente tiende a ser tratada como “niños”.
Una Espiritualidad de Lugares Comunes
Aquí se desarrollan varios rasgos de comportamiento. En esta coyuntura quiero destacar el de la religiosidad insípida. La gente tiende a alimentarse con una espiritualidad del tipo devocional en que los poderes que gobiernan tratan de calmar todos sus miedos, responder a todas sus preguntas, y asegurarles que a la larga está garantizado el rescate divino si permanecen leales a los requisitos del grupo que gobierna. La mayor parte del tiempo, la gente se siente no merecedora, y así es precisamente como la elite reinante prefiere que sea. La gente recurre a las prácticas devocionales para ganar el favor de la deidad reinante. Su compromiso con Dios y con la vida es materia de preparación para que se cumpla en una vida por llegar.
Jesús y la historia cristiana han sido condenadas a la misma espiritualidad de tipo infantil. Jesús es descrito popularmente como un niño amable y obediente en un sistema de familia que honra la prioridad del varón como jefe, y Jesús mismo es designado el primogénito. Sin cuestionar el hecho, se presume que es fiel a su fe judía nativa, aunque varios factores en los Evangelios sinópticos, especialmente en las parábolas, muestran a Jesús criticando e ignorando algunos principios centrales de su propia fe. La Iglesia, hasta el día de hoy, continúa afirmando que Jesús quería una nueva religión en su nombre, una proclamación que deja fríos a los expertos serios y a un bloque creciente de cristianos iluminados intelectualmente.
La literatura espiritual tiende a adoptar el Evangelio de Juan con fervor excesivo, proclamando que Jesús continuamente sostenía una relación de oración con el Dios al que se dirigía y al que honraba como padre. Por lo tanto, en la vida cristiana se considera fundamental la relación espiritual “personal” con Dios, quedando redundante e irrelevante el compromiso con las esferas sociales, políticas o incluso interpersonales. Es en este nivel que la visión del Reino de Dios queda comprometida de una manera más seria. La salvación llega a verse como algo singularmente individual, y se descarta toda responsabilidad por la creación de Dios, aduciendo que es una distracción que interrumpe el verdadero trabajo de la salvación.
La cultura de la religiosidad insípida no se desmantelará fácilmente. Reconozco respetuosamente que este tipo de esperanza espiritualizada es lo que sostiene y nutre a millones de personas en las partes más pobres del planeta. Les ayuda a mantener algo de sentido y esperanza frente a la horrenda opresión e injusticia que sufren. La ironía cruel es que no ofrece ninguna solución a su suerte. Los mantiene resignados ante algo que deberían combatir y resistir, como Jesús querría que lo hicieran. En su lugar se les hace pensar que ésta es la voluntad de Dios para ellos, y muchas veces es la óptica que avalan los predicadores evangélicos proclamando una fe complicada y transigida que poco tiene que ver con el Jesús liberador de los Evangelios.
Compasión para la Liberación
Si verdaderamente honramos el Jesús del Reino de Dios, lo que encontramos es un visionario espiritual encendido con el Espíritu viviente de Dios, animado con la intensa pasión del profeta, iluminado con la profunda percepción del místico, y enraizado en el fango y textura de la tierra viviente. Verdaderamente esto es Dios con la gente, el Emmanuel de una manera ferozmente real. Éste no es un Dios para un aislamiento devocional, para una retórica evangélica, o para un análisis académico. Éste es un Dios de compromiso, participación, liberación y compasión.
La compasión es una cualidad interesante de Jesús. La palabra griega splanchnizomai es un verbo, no un sustantivo, como en su traducción al inglés. La domesticación cultural frecuentemente adopta la estrategia de reducir los verbos a sustantivos. Tiene consecuencias alarmantes para la visión de Jesús. Honrando el verbo original griego splanchnizomai, “compasión” significa una empatía visceral intensa con el sufrimiento del otro. Jesús siente la agonía del dolor del otro en lo profundo de su propio estómago, una experiencia de conexión con el sufrimiento. “Compasión” es una palabra llena de fuerza, vitalidad, enojo justificado, y un deseo insaciable de ver que se haga justicia. No tiene nada que ver con lástima o piedad, las palabras insípidas que muchas veces se usan para traducir ese término fogoso.12
De todas las necesidades urgentes que tiene la iglesia cristiana hoy, ninguna es más importante que la necesidad de recuperar la faz profética de Jesús. Cualquier otra cosa es sólo otra forma de perpetuar el culto del espiritualismo insípido y la ideología de la obediencia. Hará tambalear la credibilidad misma de la iglesia según ha existido durante los últimos dos mil años, pero Jesús es más grande que el contexto; y al final es la visión de Jesús la que importa. Sea que la iglesia opte por la reforma o no, la historia de Jesús se seguirá contando, seguirá creciendo y floreciendo con su audaz originalidad.
Duodécima Cadena
El Cautiverio de la Dominación Negra
Los colonizadores le arrebataron al África su cultura, religiones y sistemas económicos, pero la cristiandad mantuvo intacto el poder patriarcal, es más, lo reforzó.
-Marcella Althaus-Reid

Muchas cristologías africanas están preocupadas con las culturas antiguas del África que se vuelven irrelevantes para nuestras necesidades y asuntos africanos contemporáneos.
-John Onatyekan
La cristiandad se convierte rápidamente en la religión del Hemisferio Sur. En 1966 el 66% de los católicos vivían en el mundo blanco occidentalizado; hoy el 75% vive en el Hemisferio Sur, y otras denominaciones cristianas siguen un patrón similar. Esto nos presenta con un potencial desafío espiritual fascinante. Requiere una redefinición fundamental del modo en que comprendemos nuestra herencia cristiana y la manera en que lo vivimos en el mundo contemporáneo.
A medida que trascendemos progresivamente la etnicidad blanca que millones de personas suponen que es endémica a la identidad cristiana, nos encontraremos con algunas preguntas sobrecogedoras pero liberadoras. El nuevo contexto cultural expeditará la reapropiación de una comprensión diferente de encarnación. Históricamente, la encarnación de Dios en nuestra especie es una solidaridad con la raza negra más que con ninguna otra identidad étnica. La solidaridad de Dios con la humanidad a través de los seis millones de años de evolución humana ha sido predominantemente un reconocimiento de la etnicidad negra en el Hemisferio Sur.
La Falsa Ilusión del Poder
Sin embargo las culturas negras de hoy son precisamente las que traicionan más a Jesús. Las iglesias negras perpetúan una religiosidad devocional que difiere en gran medida con las realidades de la vida diaria y son muy débiles para confrontar las grandes cuestiones de la justicia en el mundo. La masa creciente de clero negro tiende a perpetuar el poder y el control a un grado que hace que el imperialismo occidental parezca insulso y benigno.
La lógica es trágicamente miope. Los obispos y curas africanos adoptan la filosofía de inculturación, concepto presentado más que nada por misioneros occidentales, y buscan como modelos principales a sus jefes locales. En las culturas africanas, el jefe ostenta el poder absoluto y autoridad sin cuestión. Es respetado y honrado como si fuera una deidad por mérito propio. El clero africano proclama que éste es un aspecto único de su cultura y que pertenece profundamente a su historia y tradiciones.
Ésta es su gran ilusión. No pertenece a sus tradiciones, y un poco de historia indica fácilmente que no es así. Pertenece a la era del colonialismo europeo, cuando los colonos elevaron a los jefes, de su condición de animadores sociales y espirituales de sus comunidades para convertirlos en tiranos despiadados que cobrarían impuestos e impondrían la voluntad de los colonos en otros aspectos. Aquí es dónde el gran jefe obtuvo su prerrogativa poderosa, no del África misma, sino del occidente patriarcal.
Opresión Internalizada
Este monopolio patriarcal se ha infiltrado en cada dominio de la cultura humana, y aunque los occidentales están desencantados con su hegemonía, en varias partes de los dos tercios del mundo de África, sudeste de Asia y Sudamérica, todavía cautiva a la gente con una atracción mortífera. Éste es el encanto de la opresión internalizada. Aquellos que alguna vez fueron víctimas de la opresión todavía llevan el dolor y el trauma de esa opresión en el subconsciente profundo. Tiene que salir de una manera u otra, y para aquellos que no comprenden cómo funcionan los procesos internos, los propios parientes, el propio pueblo y cultura pueden convertirse fácilmente en víctimas de las proyecciones subconscientes.
En nuestro deseo de estar a la altura de los opresores, repetimos subconscientemente la estrategia de los opresores. Se pueden haber eliminado las estructuras externas y sistemas de las fuerzas opresoras, no obstante, se tarda mucho más tiempo en liberar las cadenas internas que nos aprisionan.13 Bajo el gobierno colonial internalizamos la necesidad de ser sumisos y obedientes, se nos entrenó para pensar que esta dispensación hecha por el hombre provino de Dios en realidad. Sin saberlo podemos perpetuar esta ideología mortífera, que no tiene nada que ver con un Dios de encarnación y todo que ver con la encarnación del colonialismo.
En varias culturas del Hemisferio Sur -cristiano y no cristiano- hay una expectativa cultural para que las mujeres se vistan de una manera que exponga lo menos posible sus atributos corporales. Ésta es otra imposición cultural alimentada por el deseo patriarcal de hacer y mantener invisibles a las mujeres. Está fuertemente reforzado y protegido por la religión dominante. Las mujeres mismas la defienden ferozmente para ser respetadas y respetarse entre ellas. Esta explicación no resiste análisis y sirve como un ejemplo clásico de la clase de racionalización que se vuelve demasiado común cuando la opresión internalizada ni se nombra ni se reconoce.14
Para los cristianos en el Hemisferio Sur, éste es el momento de la suprema comprensión. La opresión puede durar siglos, precisamente cuando ha sido normalizada e incluso exonerada como un estándar cultural. Esto nunca puede justificarse diciendo que es la voluntad de Jesús. Esto es comprometer la visión liberadora de Jesús y su aversión total al sistema de valores patriarcales en todas sus formas.
Demográficamente el futuro de la cristiandad está en las tierras del sur, pero la cuestión formidable es si el sur cristiano puede honrar la visión radicalmente liberadora de su fundador, y las perspectivas no son buenas. Sin embargo, la historia de Jesús tiene una indomable resiliencia, y cabe la esperanza de que el Sur, infundido con la sabiduría decisiva del Gran Espíritu, aceptará el desafío profético, y podrá hacerlo antes de lo que se supone.
* * *
NOTAS
1.Varios expertos ya han estado componiendo una historia alternativa de Jesús para nuestra época. Estos incluyen a Bohache (2003), Borg (1994b), Crossan (1991, 1994), Cunningham (1999), Davies (1995), Edwards (1995), Haight (1999), Heyward (1999), Hodgson (1989), Isherwood (1999), Jonson (1992), Powell (1998), Wink (2001), y Witherington (1994). Para tener una perspectiva ecuménica, ver Haight (1999) y Kuster (2001). Hoy gran parte del trabajo pionero sobre el Jesús histórico se lleva a cabo en Estados Unidos en el Foro del “Jesus Seminar” (ver el sitio en Internet http://virtualreligion.net/forum/new.html). El enfoque objetivo y eficiente del seminario desagrada a varios expertos de las escrituras. Es una ironía que aquello que a veces se parece a un enfoque reduccionista sobre la vida y época de Jesús haya provocado una amplia escala de comprensión entre expertos profundamente imbuidos con sentimiento místico y profético. Ver, p.ej. Borg 1994a; Crossan 1994; Funk 1996; y el panorama valioso de Hoover 2002.
2. El origen humano es un tema de debate muy animado en este momento. En general los paleontólogos contemporáneos parecen estar de acuerdo que nuestros ancestros de 4,4 millones de años fueron auténticamente humanos (ver White, Suwa, y Asfaw 1994). Muchos consideran que esa fecha es conservadora, asegurando que es sólo cuestión de tiempo hasta que tengamos evidencia confiable que ubicaría los orígenes más atrás. En julio de 2001 apareció una pista sólida para la evidencia expandida cuando un paleontólogo francés, Michel Brunet, descubrió un cráneo humano en Chad, África del Norte. Tentativamente se había determinado que su antigüedad estaba en el orden de 7 a 7,5 millones de años. Para más información, ver http://www.cradleofhumankind.co.za/mw. A la luz de esta investigación, estoy adoptando una fecha tentativa de seis millones de años para los orígenes de la especie humana.
3. Los cristianos tienden a usar el término encarnación en un sentido estrecho antropocéntrico para describir la venida de Jesús en carne humana como la nuestra. Una cantidad de estudiosos contemporáneos están de acuerdo con Ducan Reid (Edwards 2001, 79-83) en que es más responsable bíblicamente y culturalmente aplicar el concepto a toda forma de encarnación, incluyendo el cosmos y el planeta hogar, y no sólo el cuerpo humano.
4. Ruether (1992), Toola (2001), y Wessels (2003) han intentado situar la historia de Jesús en el contexto de la nueva cosmología.
5. Hay más sobre este tema en Grosso 1992; también http://www.ciis.edu/pcc/studentslwebb.html y http://www.angelfire.com/Teilhard.
6. Contar cuentos es una de las técnicas más antiguas usada por los humanos para comunicar y conectarse. Es una estrategia adoptada por todos los grandes líderes religiosos y por los sabios durante varios milenios. Hoy la capacidad del cuento para otorgar poder y liberar nuevos significados está en evidencia entre pueblos indígenas de varios países. El poder del cuento para despertar y articular significados ha sido explorado en tiempos recientes por Bruchac (2000) y por Estés (1994). Hay varias páginas Web informativas acerca del cuento y la sabiduría de la narración, p.ej. http://web.lemoyne.edu; http://www.storyarts.org; y http://www.creatingthe21stcentury.org.
7. Durante gran parte del siglo veinte, el enfoque patriarcal de la teología y las escrituras era tema de análisis crítico, pero generalmente buscado por hombres estudiosos blancos en sí, que al procurar un desafío, reflejaban las suposiciones del mundo académico occidentalizado formal. En décadas recientes, el horizonte se ha ampliado para incluir a las mujeres y varios estudiosos de antecedentes étnicos varios. Recientemente, en la última década del siglo veinte, se permitió que no académicos, miembros de las bases de la sociedad, ofrecieran una opinión, que todavía está algo marginada en varios contextos académicos. Este surgimiento contracultural a veces es llamado “Queering” o “Queer theory” (www.queertheory.com; http://www.queerbychoice.com/qtheorylinks). Su aplicación a la historia de Jesús ha sido examinada por Althaus-Reid (2001; 2003); Bohache (2003), Goss (1994), e Isherwood (1999), entre otros.
8. La androginia se percibe popularmente como una forma extrema de confusión sexual en que una persona se comporta de una manera incongruente con su identidad biológica como varón o mujer. A diferencia de una persona transexual, que se siente atrapado en el cuerpo equivocado, la energía erótica del andrógino no se concentra en la corporeidad externa sino en una intensidad psíquica interna, que no se puede acomodar culturalmente en los roles convencionales masculino/femenino. La aspiración más profunda del andrógino es la integración total de lo masculino y lo femenino, varón y mujer. Aquí entramos en el dominio del misticismo. Esto no es una condición humana extraña caracterizada por la confusión y la inadaptación; en todo caso es ultrareal, pero el conocimiento convencional no puede aceptarlo. Más información sobre este tema en Avis 1989, p.26; Heilbrun 1993; Singer 2000.
9. A lo largo de esta obra el tema de la violencia redentora surge frecuentemente. Mis fuentes principales son Bartlett 2001; Brock 1992; Girard 1977; 1986; 2001; Schüssler Fiorenza, 1994.
10. Se ha escrito mucho sobre este tema. Fuellenbach 1995; Song 1993; y Keck 2000, me sirvieron de mucho.
11. Sorprendentemente, muy pocos teólogos parecen ocuparse de este tema. El mejor análisis que he encontrado es el de Hodgson (1989; 1994).
Borg (1994b) ofrece una comprensión muy creativa y dinámica de la compasión como cualidad en la vida y ministerio de Jesús.
12. Más información sobre este tema en Gil 1998; también la página de Internet http://www.uvm.edu/culture/site/privilege.html.
13. La teóloga feminista Kelly Brown Douglas (1999) provee un panorama útil e informativo sobre la manera en que la opresión internalizada debilita la comprensión de la sexualidad humana por parte de la gente negra, mientras que Jeremy Ayers (2004) examina el impacto más amplio del pensamiento dualista sobre el cuerpo negro.
14. La teóloga feminista Kelly Brown Douglas (1999) provee un panorama útil e informativo sobre la manera en que la opresión internalizada debilita la comprensión de la sexualidad humana por parte de la gente negra, mientras que Jeremy Ayers (2004) examina el impacto más amplio del pensamiento dualista sobre el cuerpo negro.

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