Posteado por: Juan | diciembre 6, 2010

Las implicancias religiosas de los recientes descubrimientos en la ciencia – Diarmuid Ó Murchú

Galileo fue golpeado por la iglesia católica por apoyar la teoría de Copérnico que la Tierra giraba alrededor del Sol, poniendo el Sol y no la Tierra en el centro del sistema solar. Estábamos despertando a una nueva visión amplia del universo, aunque tendrían que pasar casi otros 400 años antes de que rompiera el agarre firme del control eclesiástico y el reduccionismo científico. En 1650, el destacado erudito bíblico, el arzobispo James Ussher, calculó que la creación del mundo tuvo lugar el 23 de octubre, 4004 aC, y que el fin del mundo tendría lugar al mediodía del 23 de octubre 1997. Se convirtió en la enseñanza catequética estándar en muchas partes del mundo cristiano hasta aproximadamente 1960.

Mientras tanto un cambio de paradigma que había sucedido en el año 1900 con Einstein y las teorías de la relatividad y la formulación de la teoría cuántica. Ya no era la Tierra la que ocupaba la mente buscadora sino el universo en general, ahora tan complejo y misterioso que hablar de su comienzo o su final parecía miopía, e irrelevante incluso.

Con los descubrimientos de Hubble de la década de 1920 y el trabajo pionero del sacerdote-astrónomo belga Georges Lemaitre, se sembraron las semillas de la teoría principal de la ciencia del Siglo XX, el Big Bang. El término fue acuñado por Fred Hoyle en la década de 1940 pero sólo se convirtió en una teoría formal después del descubrimiento de la radiación cósmica de fondo por Arno Penzias y Robert Wilson en 1963. Desde un punto enérgico único hace 13 mil millones de años todo lo que sabemos en la creación de hoy comenzó a desarrollarse, incluyendo el planeta Tierra, que evolucionó por primera vez 4 mil millones de años atrás.

La evidencia del Big Bang levantó otros imponderables, en particular el descubrimiento de la gravedad de gran alcance en los horizontes lejanos del espacio-tiempo. La fuerza de las ondas de gravedad sugiere que grandes cantidades de materia existe en alguna parte. Sobre su naturaleza y ubicación no sabemos nada por el momento, pero los científicos se ven obligados a la conclusión desconcertante que el mundo observable forma como máximo el 10% del universo conocido, lo que significa que no sabemos nada sobre el 90% del universo creado.

Ha necesitado descubrimientos de esta naturaleza para desafiar la arrogancia con la que los seres humanos estudiamos y proponemos teorías sobre el universo creado. El verdadero problema, por supuesto, no es ni el descubrimiento ni el estudio sino el poder. Sentimos que tenemos el derecho de estar en control, el control absoluto y ésta sigue siendo la fuerza impulsora detrás de una gran parte de la ciencia moderna, y tristemente detrás de una buena dosis de dogmatismo religioso también.

Finalmente llegamos al gran tema: el multiverso. La historia se remonta a 1957 cuando un estudiante de doctorado de Estados Unidos, Hugh Everett (supervisado por el profesor de Princeton, John A. Wheeler), propuso la posible existencia de más que un universo. Su argumento se basa en ecuaciones matemáticas derivadas de la teoría cuántica, que también conduce a la noción de que el universo es auto-creación y preparada para el crecimiento y la expansión indefinida.

En 1981 la idea de un multiverso recibió un impulso añadido a partir de la teoría de la inflación de Alan Guth. La teoría cuántica postula la existencia de un espacio vacío original (por lo tanto, el vacío cuántico), que consiste en movimientos de energía (fluctuaciones) de la cual se forma toda la materia. Guth propone que las fluctuaciones se manifiestan inicialmente como burbujas en una espuma, y que poco después del Big Bang estas burbujas expandieron (inflación) cada uno convirtiéndose en un mini-universo en sí mismo. Una gran cantidad de evidencia experimental apoya esta propuesta. Es fuertemente respaldado por los principales científicos de nuestro tiempo como Andri Linde (Moscú y Stanford), Martin Rees (Cambridge), Brian Green (Columbia) y Paul Davies (Sydney).

Me parece la adopción de la geometría fractal particularmente inspiradora: “Las versiones recientes de la teoría inflacionaria afirman que en vez de ser una bola de fuego, el universo es un fractal en crecimiento enorme” (Andrei Linde). Los fractales son imágenes-conceptos matemáticas revolucionarias en los que se encuentran patrones que se repiten cada vez más profundamente (un poco como una muñeca rusa). Cuanto más desentrañamos el patrón observable (a través de simulaciones por computadora) más nos encontramos con que se repita en las capas subsistentes. Es una exposición maravillosa del principio rector de la nueva física: el todo es mayor que la suma de las partes y sin embargo el conjunto está contenido en cada parte.

¿Cómo se relacionan estos descubrimientos al ámbito de la fe cristiana u otra? Ofrezco algunas reflexiones.

1. Mucho antes de que la religión había evolucionada, los seres humanos creían que la divina estuvo íntimamente involucrado en la creación. Todas las religiones apoyan esta idea. ¿Es la creación una especie de revelación primaria de Dios para nosotros? Si es así, tenemos que atender cuidadosamente a nuestra manera de entender la creación.

2. Nuestra tendencia humana, sobre todo en los últimos 2000 años, es reducir la creación a un artefacto humano que podemos usar y someter a nuestro favor. Todas las grandes religiones, en una forma u otra apoyan esta orientación. En consecuencia, ya no podemos asumir que los entendimientos religiosos de la creación son adecuadas, espiritualmente o teológicamente.

3. Aunque los científicos también abrazan la preocupación adictiva con el poder y el control, muchas de sus intuiciones sobre la vida cósmica y planetaria pueden ser mucho más espiritualmente informadas hoy que las ideas de las religiones formales. Por otra parte, varios de estos conocimientos científicos son congruentes con los y las grandes místicos/as de todas las tradiciones religiosas de la humanidad.

4. Los teólogos cristianos muestran profunda preocupación sobre el concepto de creatio ex nihilo (creación de la nada). Ellos desean mantener esta creencia con el fin de salvaguardar la iniciativa divina, y, presumiblemente, su comprensión del poder divino. Hoy en día, entendemos la nada primordial como un sustrato de la creatividad en plena ebullición. Tal vez, para Dios, la noción de un punto de partida no es significativa. ¿No será otra fascinación antropocéntrica?

5. Las escrituras de todas las tradiciones aluden al fin del mundo. Es muy explícito en la tradición cristiana y musulmana. La ciencia contemporánea se está moviendo rápidamente hacia la noción de un mundo sin principio ni fin. ¿Podría ser un indicador más fuerte de la verdad, en lugar de la postura anti-mundo que sustenta algunas de las principales religiones?

6. El gran temor – científica y religiosa – que genera muchas de estas ideas nuevas se refieren a nuestro lugar humano y nuestro papel en el plan de la creación. Está muy claro que no estamos a cargo, que tampoco somos la última especie en ningún sentido, que dependemos de muchos otros aspectos de la creación para sobrevivir en la tierra, que somos un organismo pequeño entre muchos otros iguales, y también preocupante, no tan sabios como nos gustaría pensar. Entonces, ¿cuál es nuestro propósito?

7. De todas las respuestas a esta pregunta la que me parece más desafiante y estimulante es la propuesta que somos la creación tomando consciencia de sí misma. Nuestra vocación única – y la contribución a la creación – es aumentar el crecimiento en la conciencia de la responsabilidad. ¡Una responsabilidad impresionante! (Tal vez, esto es lo que todos los grandes místicos eran, y son)

8. Teológicamente, la cuestión crucial es alrededor de la noción de la revelación. Si lo divino ha sido revelado la creatividad y el sentido en toda la historia de la creación, a través de estos miles de millones de años, ¿por qué restringir la autonomía de lo divino al tiempo y los límites de la cultura validadas por las religiones? ¡De alguna manera no parece tener sentido más!

Un psicólogo social y miembro de la Congregación Misioneros del Sagrado Corazón, el Padre Diarmuid O’Murchu ha trabajado en Irlanda y el Reino Unido. Escribe libros y da charlas en todo el mundo sobre la formación en la fe y la vida religiosa a la luz de nuevos conocimientos de la ciencia y de los intentos de enfrentar y resolver la crisis ecológica. Sus libros incluyen La Teología Cuántica, la Fe Evolutiva y Reclamando la Espiritualidad.

Publicado en inglés en National Catholic Reporter http://ncronline.org/blogs/eco-catholic/religious-implications-recent-discoveries-science


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