Posteado por: Juan | diciembre 15, 2011

La Ciencia Después de Einstein – Albert Nolan

Capítulo 4 de Jesús Hoy de Albert Nolan O.P.

Durante casi cuatrocientos años, el pensamiento occi­dental ha estado dominado por la ciencia moderna. Y du­rante la mayor parte de ese tiempo, la ciencia ha sido un problema de primer orden para la fe. Hoy esta situación es­tá cambiando. Hay una nueva ciencia, una nueva clase de mentalidad científica que abre nuevas y vastas posibilida­des a la espiritualidad y la fe en Dios. Este cambio consti­tuye uno de los signos realmente importantes de nuestro tiempo.

La mentalidad científica del pasado

Los arquitectos principales de la cosmovisión científica fueron Francis Bacon (1561-1626), René Descartes (1596­1650) e Isaac Newton (1642-1727). Hubo otros, pero es­tos hombres podían ser llamados los padres de la ciencia moderna.

La ciencia era para Bacon conquista del hombre y do­mesticación de la naturaleza. Las mujeres eran vistas como parte de la naturaleza y no podían ser contadas entre los conquistadores científicos de la misma.

Para Descartes el cuerpo humano era, simplemente, una máquina. Pero la mente pensante racional era algo comple­tamente separado y superior: el espíritu en la máquina.

Newton veía todo el universo como una máquina gi­gante. Afirmaba que era un reloj que había sido creado por Dios, el cual le había dado cuerda y había dejado que si­guiera funcionando por su cuenta.

El universo es, según esta cosmovisión, una colección de objetos, y los más pequeños de éstos son los átomos. Los átomos operan como las partes de una máquina, mecánica y predeciblemente, según las leyes estrictas de la física, las leyes de la gravedad y el movimiento, y de acuerdo con las propiedades que Dios ha dado a cada átomo. Ésta era una cosmovisión científica, en el sentido de que estaba basada en medidas, experimentos controlados y pruebas empíricas ‒ los «hechos» tal como aparecían en aquellos días.

Los famosos descubrimientos e invenciones de la revo­lución industrial fueron posibles gracias a esta cosmovi­sión mecanicista. El minucioso estudio que Newton reali­zó de las leyes de la gravedad y del movimiento hizo posi­ble que la tecnología construyera máquinas cada vez más sofisticadas.

Esta cosmovisión mecanicista del siglo XVII se convir­tió en la norma de todas las empresas científicas. John Locke veía la sociedad como una máquina en la que las partes eran individuos aislados que trataban de satisfacer sus intereses egoístas y eran capaces de cooperar entre sí únicamente por medio de contratos sociales. El estudio científico que Freud hizo de la psique humana, y en espe­cial de la mente inconsciente, aun siendo brillante, estaba limitado por el marco mecánico y materialista de su pen­samiento. El socialismo científico de Marx, basado en un concienzudo análisis del capitalismo y en las predicciones sobre su futuro, estaba profundamente influido por la com­prensión mecanicista de lo que significa «científico». In­cluso el estudio científico que Darwin hizo de la evolución estaba limitado por la visión según la cual la única forma mecánica en que una especie podía evolucionar a partir de otra era por selección natural. La medicina occidental su­frió la misma limitación. El cuerpo era visto como una es­pecie de máquina sofisticada.

De hecho, esta clase de mentalidad científica ha influi­do en el pensamiento de la mayoría, especialmente de quie­nes han tenido una educación occidental científica típica. Ha habido y sigue habiendo excepciones: místicos, poetas, artistas, algunas personas creyentes, pueblos con culturas premodernas y, en general, en casi todas las partes del mun­do, las mujeres. Según la cosmovisión mecanicista, el pen­samiento de estos grupos es acientífico, supersticioso y má­gico, pero la mayoría de las veces inofensivo. En opinión de los científicos, tales formas irracionales de pensar no con­tribuían en nada al progreso de la «humanidad».

Dios estaba completamente ausente de este mundo. Si Dios existía, tendría que estar en otro mundo espiritual o sobrenatural. Esto explica la esquizofrenia de dos mundos en que hemos crecido la mayoría de los seres humanos, el dualismo que separa el mundo material del mundo espiri­tual, el cuerpo del alma, la creación del Creador.

Y en esto llegó Albert Einstein (1879-1955).

La nueva ciencia

No es casual que el nombre de Einstein se haya convertido en sinónimo de inteligencia excepcional. No ha habido otro genio como él. Lo que él y otras muchas personas han sido capaces de demostrar durante los últimos cien años es que la cosmovisión mecanicista que llamamos ciencia es, simplemente, acientífica. Y aunque ha hecho falta tiempo para que las consecuencias de sus descubrimientos, y de otros descubrimientos similares, fueran apreciadas, hoy la gran comunidad de científicos de todo el mundo, con con­tadas excepciones, ha abandonado la visión mecanicista de la realidad.

Lo realmente significativo acerca de este cambio de pa­radigma que está sacudiendo el mundo es su carácter científico. La cosmovisión mecanicista ha sido desmantelada por innumerables experimentos, por mediciones meticulo­sas, por pruebas  empíricas  sólidas.    La  hipótesis  mecánica  no  puede  explicar  ya  los  «hechos» tal como los científicos los conocen hoy.

Aunque la mayoría de las personas no han actualizado aún sus conocimientos en este ámbito, la nueva mentalidad científica ha llegado para quedarse. Es la forma en que ca­si todos pensaremos en un futuro no muy lejano. Cambiará nuestra conciencia como ninguna otra cosa lo ha hecho an­tes. Hoy aparece como un signo de un mañana enorme­mente apasionante.

¿Y en qué consiste esta nueva cosmovisión científica?

Vamos a empezar por algunos de los descubrimientos me­jor conocidos de la física cuántica.

Física cuántica

Uno de los grandes descubrimientos de Einstein fue que la energía y la materia eran, en palabras de Bill Bryson, «dos formas de la misma cosa; la energía es materia liberada; la materia es energía que espera ser liberada». Esto no era una teoría vaga. Einstein midió de hecho la cantidad de materia (su masa) que sería equivalente a una cantidad par­ticular de energía. De ahí surgió la fórmula más famosa del mundo: E = mc2.

Esto no se podía conciliar con el modelo mecanicista de la física, porque se suponía que la energía era una acti­vidad o movimiento y que la materia era una cosa. ¿Cómo podía una cosa convertirse en movimiento y cómo podía una actividad convertirse en una partícula de materia?

Pero esto no era más que el comienzo. Einstein descu­brió también que la luz se comporta unas veces como una partícula, y otras veces como una onda. Los científicos me­canicistas habían establecido ya que la luz tiene que ser una onda y, por tanto, dieron el salto a la conclusión de que tiene que haber alguna clase de sustancia donde se muevan las ondas de luz. A esta sustancia hipotética le llamaron  «éter».

Hoy los científicos nos dicen que el éter no existe y que la luz no es una onda ni una partícula. La verdad es que nuestras mentes humanas son limitadas. No podemos com­prender la luz; sólo podemos tratada como si fuera una on­da y, para otros fines, como si fuera una partícula. En rea­lidad, no es ninguna de las dos cosas; es algo que está más allá de la mente y la imaginación humanas. Para nosotros, la luz es un misterio.

La luz es una forma de energía, y la energía, claro está, es igualmente misteriosa ‒ aunque no tan misteriosa como el átomo.  Cuando Einstein y otros muchos científicos «abrieron» el átomo y analizaron sus «contenidos», sepa­rando electrones, protones, neutrones y otras muchas «par­tículas», hasta llegar a los pequeños quarks infinitesimales, pronto cayeron en la cuenta de que en realidad no se trata­ba de partículas ni de ondas ni de ningún otro objeto reco­nocible. Se trataba de modelos y relaciones. Pero ¿cómo podemos tener modelos y relaciones sin nada que sea mo­delado o relacionado?

El misterio se hizo aún más profundo cuando el gran fí­sico Niels Bohr dio el salto cuántico. Los electrones, que han de ser tratados como partículas que se mueven en una órbita, a veces saltan de una órbita a otra sin pasar a través del espacio entre ambas órbitas. ¿Cómo es esto posible?

Hay otros muchos enigmas que constituyen un desafío para la explicación, no porque no tengamos pruebas sufi­cientes, sino porque en el mundo subatómico las pruebas empíricas se contradicen a sí mismas. Parece que en ese mundo no hay lógica o racionalidad. Es para nosotros un mundo muy extraño.

La última teoría o forma de describir lo que parece su­ceder en el mundo subatómico tiene que ver con el vacío cuántico. El noventa por ciento de cualquier átomo es es­pacio vacío. En ese espacio no hay nada, ni siquiera un hipotético éter. Pero los electrones y todas las demás «partí­culas» que parecen girar dentro del átomo surgen de esa nada y vuelven a desaparecer en ella. En palabras del cos­mólogo matemático Brian Swimme, «las partículas ele­mentales emergen del vacío mismo. . . éste es el sencillo e impresionante descubrimiento. . . en la base del universo hierve la creatividad». Más adelante se expresa casi como un místico: «Empleo la expresión “abismo que lo nutre to­do” como una manera de señalar este misterio que está en la base del ser».

David Bohm, el físico cuántico que más ha estudiado este fenómeno, habla de orden implicado y orden explica­do. El orden implicado es el vacío creador, la totalidad in­tacta del universo, que es invisible porque no es accesible a nuestros sentidos. El orden explicado es la multiplicidad y diversidad de cosas y acontecimientos que surgen del or­den implicado y se presentan ante nosotros como prueba empírica.

El universo no es lo que era antes. No es una máquina. Es un misterio.

El universo está expandiéndose

Otro de los descubrimientos de Einstein fue tan extraordi­nario que, durante años, él mismo no pudo creérselo. Sus cálculos llevaron a la conclusión de que todo el universo estaba contrayéndose o expandiéndose. Esto era difícil de admitir incluso para Einstein. Pero entonces, unos años después, el astrónomo Edwin Hubble (1889-1953) propor­cionó pruebas incontrovertibles del fenómeno de un universo que se expande rápidamente. Antes de Hubble, la única galaxia conocida era la nuestra, la Vía Láctea, y no estaba expandiéndose, porque las galaxias se mantienen unidas por la fuerza de la gravedad. Hoy sabemos que exis­ten unos 140.000 millones de galaxias, muchas de ellas des­cubiertas por Hubble, y que se están alejando unas de otras en todas las direcciones a una velocidad cada vez mayor.

Los cálculos de Einstein no estaban equivocados. Algu­nos años después, habló de este ocultamiento de sus con­clusiones como el mayor error de su vida.

El paso siguiente consistió en retrotraerse desde el mo­mento presente a un punto del tiempo y del espacio donde todo tenía que haber empezado a expandirse

hacia fuera. Conocido por muchos como el «Big Bang», se estima que tuvo lugar hace aproximadamente 13.000 ó 15.000 millo­nes de años.

Varios cientos de miles de científicos ‒ el más conocido de los cuales es Stephen Hawking ‒ se pusieron a trabajar tratando de rastrear los numerosos pasos de la evolución del universo desde la primera gran explosión de energía pura, pasando por el desarrollo de protones, electrones, átomos, moléculas de hidrógeno y helio, estrellas, supernovas (estrellas que explotan), galaxias, planetas que giran alrededor de estrellas. . . , hasta llegar al planeta Tierra, la evolución de la vida, de la que nosotros somos un ejemplo destacado.

Se ha escrito mucho sobre el desarrollo de esta expan­sión, pero fueron Brian Swimme y Thomas Berry quienes presentaron toda la historia en un largo y apasionante rela­to en su libro «La historia del universo: desde el destello primordial a la era ecozoíca» ‒ una celebración de la expansión del cosmos. Se trata del nuevo relato de la creación que ha avivado la imaginación de cientos de mi­les de personas. Lo llamamos la «nueva cosmología».

Después de realizar millones de experimentos y cálcu­los, lo que tenemos hoyes una nueva cosmovisión que ve nuestro universo increíblemente inmenso expandiéndose a una velocidad increíble desde un punto más pequeño de cuanto podamos imaginar. Y si esto no aturde la mente, po­demos tratar de captar lo que los científicos quieren decir cuando afirman que no hay espacio fuera de este universo, ni tiempo antes del Big Bang, porque el espacio y el tiem­po se crean a medida que el universo se expande. Si uno fuera capaz de imaginar que viaja a una velocidad increí­ble hacia el extremo del universo, podría volver a encon­trarse de nuevo en el punto de partida, debido a lo que Einstein llamó la curvatura del espacio.

Como observó en una ocasión el biólogo J.B.S. Haldane, «el universo no es sólo más extraño de lo que suponemos, sino que es más extraño de lo que podemos suponer».

Sistemas que se autoorganizan

Hace mucho tiempo que los biólogos han abandonado la idea de que los organismos vivos son como máquinas. Los profesionales de la medicina reconocen hoy que es ineficaz tratar el cuerpo humano como un mecanismo separado. Hablan de la sanación holística, del tratamiento de toda la persona, incluido su entorno social y físico.

Hoy los organismos vivos son descritos como sistemas que se autorregulan. Se organizan, se nutren y se sanan ellos mismos; se propagan y se protegen ellos mismos e in­teractúan creativamente con otros sistemas.

Antes lo llamábamos instinto ‒ en los animales, y hasta en las plantas.  Hoy hablamos de genes que tienen mensa­jes codificados o instrucciones que se conectan entre  sí  en  una  espiral  de  ADN  en  el  núcleo  de  todas  las  células  vivas.   Si tuviéramos que poner por escrito las instrucciones con­tenidas en cualquiera de las minúsculas espirales de ADN, llenaríamos unos mil libros de seiscientas páginas cada uno.

Esto significa, en palabras de Fritjof Capra, que «la ac­tividad de organización de los sistemas vivos, en cualquier nivel, es una actividad mental» (las cursivas son mías). Todos los seres vivos tienen mente, ya sea de una clase o de otra. «Mente» no significa aquí una cosa o un objeto. Es una clase particular de proceso. Vivir y conocer son inseparables.

No obstante, la mente humana es diferente. No sólo es un proceso más complejo, sino que, debido a que está tan próxima a nosotros, es más misteriosa aún para nosotros. Es lo que llamamos conciencia. Los psicólogos y los mís­ticos han tratado de decir algo sobre este fenómeno, pero es tan básico que no se puede explicar en función de otra realidad más básica. Se ha observado que lo más funda­mental en la existencia no es la materia, los átomos o los quarks, sino nuestra propia conciencia.

Se han hecho muchos estudios sobre el fenómeno de la conciencia. Podemos conocer algo conscientemente o in­conscientemente. Podemos llegar a ser conscientes de que somos conscientes. Podemos llegar a ser conscientes de nosotros mismos como personas conscientes (autoconcien­cia), y parece que podemos experimentar la conciencia co­mo tal, sin ningún objeto particular.

Otra interesante manera en que la cosmovisión mecani­cista está siendo superada es a través de los descubrimientos que tienen que ver con la teoría del caos. Al parecer, sistemas de varias clases existen con frecuencia en un es­tado de caos o, como ellos dicen, «al borde del caos», y después, de pronto e impredeciblemente, emerge algo lla­mado un «atractor extraño» que reordena el caos y produ­ce un orden nuevo.

La predictibilidad ha sido la piedra angular de la física newtoniana y de los grandes avances en tecnología. Esto sigue siendo verdad en algunos niveles, pero parece que no siempre ni en todas partes. Los científicos están descu­briendo cada vez más acontecimientos que nunca se po­drían haber predicho. El misterio se hace más profundo.

Holones

La ciencia y la filosofía han funcionado siempre basándo­se en lo que se llama «causalidad lineal»: A causa B, B causa C, etcétera. Pero basta con ponerse a pensar en ello para descubrir que cualquier acontecimiento particular tie­ne múltiples causas, circunstancias e influencias, por no mencionar las reacciones que denominamos «feedback». Basta pensar en el papel de la temperatura, la presión, el ecosistema y otros acontecimientos vinculados a éstos, pa­ra comprender que no hay una línea de causalidad posible que sea independiente y esté desconectada de todo lo de­más que está sucediendo. Siempre hay toda una red de cau­sas y condiciones, y

cada una de esas causas y condiciones es el resultado de una red más amplia de causas y condi­ciones, hasta que todo el universo, desde el comienzo de los tiempos, es visto como algo que de algún modo está implicado en cualquier acontecimiento particular. Todo, sin excepción, está conectado con todo lo demás.

El universo no es una colección de objetos; es un siste­ma de sistemas dentro de sistemas. Esto no se aplica sólo a los organismos vivos. Cada cosa natural es un sistema y parte de un sistema, un todo y parte de un todo mayor. «Holón» es la palabra que se ha acuñado para designarlo.

Quizás el golpe de gracia al mundo mecanicista fue el descubrimiento de que el todo, cualquier todo, es mayor que sus partes, y que es el todo lo que determina cómo van a comportarse las partes. Una máquina como puede ser, por ejemplo, un reloj, un automóvil o un aeroplano no es un todo. No es más que la suma total de sus partes, que funcionan juntas. Pero los todos naturales, desde los orga­nismos vivos, pasando por los ecosistemas, hasta las gala­xias, operan de un modo diferente. Cada uno de ellos es más que la suma total de sus partes.

Ésta es la razón por la que algunos científicos hablan hoy de la Tierra como «Gaia». La tierra no es un organis­mo vivo como una planta. No se reproduce, pero sí parece que se autorregula. De alguna misteriosa manera, la Tierra como un todo, como un «yo», regula la temperatura, el im­pacto de los rayos solares, etcétera, con el fin de sobrevivir y seguir evolucionando.

Ciencia y religión

Éste es el planteamiento científico sobre el futuro, y ya es­tá revolucionando la relación entre ciencia y religión. Esto tendrá una enorme importancia para cualquier búsqueda genuina de Dios hoyo mañana. De improviso, la ciencia, que antes era un obstáculo, se ha convertido en una ayuda, una especie de trampolín hacia la espiritualidad y la místi­ca. Esto no se debe a que la ciencia pueda probar algo so­bre Dios o la fe. Más bien, la ciencia ha reconocido sus propias limitaciones. Hoy son los científicos quienes di­cen: «No sabemos y nunca podremos saber muchas cosas. Es un misterio».

Por otro lado, la religión, la espiritualidad y la mística se verán también revolucionadas por esta nueva mentalidad científica. Por ejemplo, hay sólo un mundo, un universo. Ya no es posible pensar sobre Dios, el alma humana y otros espíritus como si habitaran en otro mundo. Además, el uni­verso es un todo interconectado. No somos partes separadas e independientes. Hay un número inimaginable de es­pecies y sistemas diversos, pero juntos forman un todo. Y lo más importante es que los humanos no controlamos el Universo.

Los signos en pocas palabras

Al ver los signos juntos y como un todo, recuerdo la famo­sa cita de la Historia de dos ciudades, de Charles Dickens: «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos». Los signos de nuestro tiempo son asombrosamente ambi­guos y confusos.

Hemos entrado en una época que está lle­na de promesas, pero cargada de inimaginables peligros. Tampoco estamos todos en el mismo lugar. Unos han avan­zado muchísimo, otros están retrocediendo, y hay quienes no tienen ni idea de adónde van. Esto hace que resulte muy difícil resumir dónde nos encontramos como familia hu­mana en este momento de nuestra evolución. Una metáfo­ra podría ayudamos.

Somos como un transatlántico gigante que ha soltado amarras y va a la deriva. Los peligros a que está expuesto son incalculables. ¿Vamos a naufragar o a extinguimos? Algunos pretenden regresar a la seguridad del puerto, pero eso ya no es posible. Otros están tan distraídos que no son conscientes del hecho de que van a la deriva. Y no faltan quienes desearían saltar y nadar solos hasta la orilla. Pero estamos demasiado lejos de ella, y ya no hay posibilidad alguna de ir cada uno por separado. Todos estamos juntos en este barco.

Por otro lado, es cada vez mayor el número de pasaje­ros que ven este ir a la deriva como una oportunidad sin precedentes para alejarse de la esclavitud y el sufrimiento del pasado y avanzar en busca de la tierra prometida de la libertad y la felicidad. Cada día se abren nuevas posibi­lidades en el horizonte. El hambre de una nueva espiritua­lidad es un signo de esperanza. El deseo de justicia, paz y cooperación es alentador. Las nuevas voces desde abajo y la globalización de la compasión hacia quienes están ne­cesitados son prometedoras. Se reconocen los peligros del individualismo. Y la nueva ciencia nos proporciona un mapa del lugar donde estamos, de dónde venimos y adón­de podríamos ir.

Los peligros y las amenazas siguen estando presentes.  El barco tiene ya una vía de agua, y mientras algunos están tratando de reparar la brecha, otros, en su ceguera egoísta, están produciendo nuevas brechas y hacen caso omiso de los icebergs que tenemos delante de nosotros. No hay nin­guna tempestad. La naturaleza no es hostil. La tormenta ha estallado a bordo entre los mismos pasajeros, porque cada uno quiere cumplir ciegamente su propio programa.

Pero ¿quién lleva el timón de este barco? ¿Quién tiene el control: las fuerzas del mercado, los ejércitos, el gran imperio norteamericano, la pura casualidad o Dios?

En este contexto, en este momento de la evolución de nuestro universo, somos invitados a considerar de nuevo y a tornar en serio la sabiduría espiritual de Jesús de Nazaret.

(El libro JESUS HOY está en venta en http://217.127.67.71/catalogo/product_info.php?products_id=1644)


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