Posteado por: Juan | marzo 26, 2013

EL RENACIMIENTO DE LA NATURALEZA – Rupert Sheldrake

Introducción al libro EL RENACIMIENTO DE LA NATURALEZA – El resurgimiento de la ciencia y de Dios de RUPERT SHELDRAKE

El libro está disponible en http://losdependientes.com.ar/uploads/fyzul2pj88.pdf

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La familia de mi abuela tenía una plantación de mimbreras en Nottinghamshire, que producía materia prima para los cesteros del lugar. La más vívida imagen del renacimiento de la naturaleza llegó a mí mientras estaba en la vieja finca de la familia en Farndon, una aldea sobre el río Trent, próxima a mi pueblo natal, Newark. Yo tenía cuatro o cinco años. Cerca de la casa vi una fila de mimbreras de las que colgaban alambres oxidados. Quise saber qué hacían allí esos arbustos en fila y se lo pregunté a mi tío. Me explicó que alguna vez había habido una cerca de alambre y estacas de mimbrera, pero las estacas habían vuelto a la vida, convirtiéndose en esas plantas. Me sentí lleno de reverencia.

Después olvidé el incidente, hasta hace unos años, cuando reapareció en mi mente en un momento de iluminación súbita. Primero, el recuerdo en sí, el momento de comprensión al ver las estacas convertidas en arbustos vivos. Después, la sorprendente revelación de que ese recuerdo resumía gran  parte de mi carrera científica. Durante más de veinte años, en Cambridge, en Malasia y en la India, había investigado el desarrollo de las plantas. Siempre me fascinó el interjuego entre la muerte y la regeneración. En particular, descubrí que la hormona vegetal auxina, que estimula el crecimiento y el desarrollo, e induce el enraizamiento de los gajos, es producida por células que mueren.

(1) Por ejemplo, la generan las células de madera que “se suicidan” al diferenciarse en tubos conductores de savia en las venas de las hojas, los sistemas y todos los órganos mientras se desarrollan. La muerte de esas células estimula el crecimiento, y con ello más muertes celulares y más producción de auxina. Esta investigación me llevó a desarrollar una teoría general del envejecimiento, la muerte y la regeneración de las células tanto en las plantas como en los animales: las células son regeneradas por el crecimiento, mientras que la cesación del crecimiento conduce a la senescencia y la muerte.

(2) En la India investigué la fisiología de los guisantes de palomas, arbusto con frutos en vaina, cuyas ramas flexibles se utilizan en cestería, como el mimbre en Europa. Uno de los aspectos más exitosos de mi trabajo fue el estudio del crecimiento regenerativo, sobre el que ahora se basa un nuevo sistema de recolección, que permite obtener cosechas múltiples de una misma planta.

(3) Más recientemente, me he dedicado a desarrollar un modo de comprender la naturaleza viva en términos de memoria intrínseca. Describo ese enfoque en mis libros A New Science of Life y The Presence of the Past. En una visión retrospectiva, todas esas actividades aparentemente disímiles son variaciones sobre el tema único del rebrote de las estacas de mimbrera. De modo análogo, este libro es una respuesta a la idea de que la naturaleza, que hemos tratado como muerta y mecánica, está en realidad viva; está volviendo a vivir ante nuestros ojos. Estudié biología en la escuela y en Cambridge debido a mi fuerte interés por las plantas y los animales, un interés alentado por mi padre herborista, farmacéutico y microscopista aficionado, y aceptado por mi madre, que me ayudó a recopilar mis diversas colecciones de animales y toleró las invasiones anuales de renacuajos y gusanos. Pero al avanzar en mis estudios me enseñaron que la experiencia directa e intuitiva de plantas y animales se consideraba emocional y no-científica. Según mis maestros, los organismos biológicos eran en realidad máquinas inanimadas, carentes de todo propósito intrínseco, productos del ciego azar y de la selección natural; toda la naturaleza no era más que un sistema mecánico inanimado. No tuve ningún problema en asimilar esa educación científica ya través de las prácticas de laboratorio, que progresaron desde la disección hasta la vivisección, adquirí el desapego emocional necesario. Pero siempre existió una tensión; mis estudios científicos parecían relacionarse muy débilmente con mi propia experiencia. El problema quedó resumido para mí cierto día en un pasillo del Departamento de Bioquímica, cuando vi un gráfico de las vías metabólicas en cuya parte superior alguien había escrito con grandes letras azules: CONÓCETE A TI MISMO.

Más tarde llegué a reconocer que el conflicto que experimentaba con tanta intensidad era un síntoma de una escisión que atraviesa a toda nuestra civilización, y que todos experimentamos en mayor o menor grado. Ahora está amenazada incluso nuestra supervivencia.

Desde el tiempo de nuestros más remotos antepasados hasta el siglo XVII se dio por sentado que el mundo de la naturaleza estaba vivo. Pero en los tres últimos siglos una cantidad creciente de personas educadas empezaron a pensar en la naturaleza como algo inerte. Ésta ha sido la doctrina central de la ciencia ortodoxa: la teoría mecanicista de la naturaleza.

En el mundo oficial -el mundo del trabajo, de la empresa y la política- la naturaleza es concebida como la fuente inanimada de recursos naturales, explotable para el desarrollo económico. Éste es el sentido de la naturaleza que se da por sentado, por ejemplo, en Nature, un importante periódico científico internacional. El enfoque mecanicista nos ha procurado progreso tecnológico e industrial. Nos ha proporcionado mejores medios para luchar contra las enfermedades; ha ayudado a transformar la agricultura tradicional en agroindustria, a mecanizar la labranza, y nos ha brindado las armas de un poder antes inimaginable. Las economías modernas están erigidas sobre ese cimiento mecanicista, y todos vivimos bajo su influencia.

En nuestro mundo no-oficial, privado, la naturaleza se identifica sobre todo con el campo como oposición a la ciudad, y principalmente con los lugares salvajes no echados a perder. Muchas personas tienen vínculos emocionales con ciertos lugares, a menudo asociados con su infancia, sienten empatía con animales o plantas, obtienen inspiración de la belleza de la naturaleza o experimentan una sensación mística de unidad con el mundo natural. A menudo, los niños son educados en una atmósfera animista de cuentos de hadas, animales que hablan y transformaciones mágicas. El mundo viviente es alabado en poemas, canciones y cánticos, y reflejado en obras de arte. Millones de personas de la ciudad sueñan con mudarse al campo, en algunos casos después de la jubilación, o con tener una segunda residencia en un paisaje rural. Nuestra relación privada con la naturaleza presupone que está viva, y por lo general, al menos implícitamente, que es femenina.

El enfoque del científico, tecnócrata, economista o desarrollista es mecanicista, por lo menos durante las horas de trabajo, se basa en el supuesto de que la naturaleza es inanimada y neutra. Nada natural tiene vida, propósito o valor propios. Los recursos naturales están allí para que se los desarrolle y su único valor es el que les atribuyen las fuerzas del mercado o los planificadores oficiales.

Esta dicotomía también puede considerarse en términos de racionalismo y romanticismo establecidos como opuestos polares a fines del siglo XVIII. Entonces, lo mismo que ahora, los racionalistas contaban en apariencia con el respaldo de los éxitos científicos y tecnológicos, ya los románticos les respaldaba la intensidad innegable de la experiencia personal. Para los románticos, el racionalismo es no-romántico; para los racionalistas, el romanticismo resulta irracional. Todos somos herederos de estas dos tradiciones, y de la tensión existente entre ellas.

Durante varias generaciones los occidentales nos hemos acostumbrado a vivir con esa división interna. Una escisión comparable se ha establecido ahora en Europa oriental, Japón, China, la India y en alguna medida también en los países “menos desarrollados”. Los misioneros del progreso mecanicista han difundido su doctrina en todas las naciones del mundo, haciéndola prevalecer sobre las actitudes animistas más tradicionales.

En la primera parte de este libro exploro las raíces de la división entre nuestra sensación de que la naturaleza está viva y la teoría de la naturaleza como algo muerto. No se trata sólo de una cuestión de interés histórico. Todos sufrimos la influencia de los hábitos mentales mecanicistas que dan forma a nuestras vidas, por lo general de modo inconsciente. Para someter a examen esos supuestos necesitamos considerar sus orígenes culturales y rastrear su desarrollo. Debemos recordar que lo que ahora son lugares comunes alguna vez tuvieron el carácter de teorías disputables, arraigadas en tipos peculiares de teología y filosofía, y que sólo creían en ellos una pequeña cantidad de intelectuales europeos. En virtud de los éxitos de la tecnología, la teoría mecanicista de la naturaleza ha triunfado ahora en una escala global. Se ha convertido en la ortodoxia oficial del progreso económico. Es una especie de religión y nos ha conducido a la crisis actual.

En la segunda parte, muestro de qué modo la ciencia misma ha comenzado a trascender la cosmovisión mecanicista. La idea de que todo está determinado de antemano y es en principio predecible ha dado paso a las ideas del indeterminismo, la espontaneidad y el caos. Los invisibles poderes organizadores de la naturaleza animada están emergiendo de nuevo en forma de campos. Los átomos sólidos e inertes de la física newtoniana se han disuelto en estructuras de actividad vibratoria. La máquina del mundo, sin capacidad creadora, se ha convertido en un cosmos evolutivo y creador. Incluso las leyes de la naturaleza podrían no ser eternas; podrían haber evolucionado junto con la naturaleza.

Por simple que parezca la idea de la naturaleza viva tiene profundas consecuencias, que examinamos en la parte final de este libro. Trastorna hábitos de pensamiento profundamente arraigados; apunta a un nuevo tipo de ciencia, a una nueva comprensión de la religión y a una nueva relación entre la humanidad y el resto del mundo viviente. Está en armonía con la idea de la Tierra como un organismo vivo y con el reverdecimiento de nuestras actitudes políticas y económicas. Necesitamos con urgencia encontrar métodos de restablecer nuestro sentido consciente de conexión con la naturaleza viva. Reconocer la vida de la naturaleza exige una revolución en nuestro modo de vida. Y no tenemos tiempo que perder.

 

 


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