Posteado por: Juan | marzo 26, 2013

LOS CAMPOS MORFOGÉNICOS y LA RESONANCIA MÓRFICA – Rupert Sheldrake

LOS CAMPOS MORFOGÉNICOS

En la década de 1920, con un espíritu holístico, algunos biólogos propusieron separadamente un nuevo modo de afrontar la morfogénesis biológica: el concepto de los campos embrionarios, evolutivos o morfogénicos. Estos campos eran como los campos conocidos de la física, regiones invisibles de influencia con propiedades intrínsecamente holísticas, pero por otro lado representaban una clase de campos desconocidos en física. Existían dentro y en tomo de los organismos, y contenían en sí una jerarquía de campos dentro de campos: campos de órganos, de tejidos, de células. Así como en la ciencia del magnetismo y la electricidad las almas fueron reemplazadas por los campos electromagnéticos, de un modo comparable, en biología las entelequias fueron reemplazadas por los campos biológicos. Los campos magnéticos eran, de hecho, una de las principales analogías utilizadas por quienes postulaban los campos morfogénicos. Así como al cortar imanes en fragmentos se obtenían otros imanes más pequeños pero completos, cada uno con su propio campo magnético, del mismo modo el corte de organismos como el de los gusanos planos dejaba fragmentos con campos completos de gusanos, que a cada ejemplar le permitían regenerar su forma completa.

Igual que las entelequias, los campos morfogénicos atraían los sistemas en desarrollo hacia los fines, metas o representaciones contenidos en ellos. Para estos campos morfogénicos podía formularse un modelo matemático en términos de atrayentes dentro de tazones de atracción. El matemático René Thom expresó esta idea así: Toda creación o destrucción de formas, o morfogénesis, puede describirse por la desaparición de los atrayentes que representan las formas iniciales, y su reemplazo mediante captura por los atrayentes que representan las formas finales.  La idea de los campos morfogénicos ha sido ampliamente adoptada en la biología del desarrollo. No obstante, la naturaleza de estos campos sigue siendo oscura. Algunos biólogos piensan que son giros verbales útiles, pero que en realidad no consisten en más que “pautas espacio-temporales complejas de interacciones físico-químicas todavía no comprendidas por completo”. Para otros, estos campos están gobernados por ecuaciones de los campos morfogénicos que existen en un reino platónico de formas matemáticas eternas. Por ejemplo, las ecuaciones del campo morfogénico de los dinosaurios existieron siempre, incluso antes del Big Bang. Estas ecuaciones no fueron afectadas por la evolución de los dinosaurios ni por su extinción. De algún modo, las ecuaciones de los campos morfogénicos para todas las especies pasadas, presentes y futuras, y para todas las posibles (muchas de las cuales no existieron en realidad) habitan eternamente en un reino matemático trascendental. Estas verdades matemáticas están más allá del tiempo; no pueden evolucionar ni les afecta nada que suceda realmente en el mundo físico. Son como diseños ideales de todos los organismos posibles en la mente de un dios matemático.

Existe un tercer modo de concebir estos campos. Según la hipótesis de la causación formativa, se trata de un nuevo tipo de campos, hasta ahora desconocidos para la física, de una naturaleza intrínsecamente evolutiva. Los campos de una especie dada, por ejemplo la jirafa, han evolucionado; son heredados por las jirafas actuales de las jirafas anteriores. Contienen una especie de memoria colectiva en la cual cada miembro de la especie puede apoyarse, y a la que a su turno puede realizar aportes. La actividad formativa de los campos no está determinada por leyes matemáticas y temporales – aunque en alguna medida es posible modelarlos matemáticamente – sino por las formas reales asumidas por los miembros anteriores de la especie. Cuanto más se repite una pauta de desarrollo, más probable es que sea seguida y que vuelva a aparecer. Los campos son los medios para incorporar, conservar y heredar los hábitos de la especie.

LA RESONANCIA MÓRFICA

La hipótesis de la causación formativa, propuesta por primera vez en mi libro A New Science of Life (1981) y desarrollada en The Presence of the Past (1988), sugiere que los sistemas que se autoorganizan en todos los niveles de complejidad – incluso las moléculas, los cristales, las células, los tejidos, los organismos y las sociedades de organismos – son organizados por “campos mórficos”. Los campos morfogénicos son sólo un tipo de campo mórfico, el relacionado con el desarrollo y el mantenimiento de los cuerpos de los organismos. Los campos morfogénicos también organizan la morfogénesis de las moléculas; por ejemplo, determinan el modo como las cadenas o el aminoácido se codifican para que los genes se desplieguen en complejas estructuras tridimensionales de proteínas. De modo análogo, los cristales reciben su forma de campos morfogénicos con una memoria intrínseca de los cristales anteriores del mismo tipo. Desde este punto de vista, sustancias como la penicilina cristalizan como lo hacen, no en virtud de leyes matemáticas intemporales, sino porque han cristalizado de ese modo antes; siguen hábitos preestablecidos mediante la repetición.

El modo como las moléculas de hemoglobina, los cristales de penicilina o las jirafas del pasado influyen en los campos mórficos del presente depende de un proceso denominado resonancia mórfica, que consiste en la influencia de algo sobre lo que es semejante, a través del espacio y el tiempo. La resonancia mórfica no disminuye con la distancia. No involucra una transferencia de energía, sino de información. En efecto, esta hipótesis permite comprender las regularidades de la naturaleza como gobernadas por hábitos heredados en virtud de la resonancia mórfica, y no por leyes energéticas eternas, no-materiales.

Esta hipótesis es inevitablemente polémica, pero puede someterse a prueba con experimentos, y ya existen considerables observaciones circunstanciales en su favor. Por ejemplo, cuando se cristaliza por primera vez una sustancia química orgánica (digamos, una nueva droga), no habrá ninguna resonancia mórfica de cristales anteriores de este tipo. Tiene que crearse un nuevo campo mórfico; entre la variedad de maneras energéticamente posibles en que la sustancia podría cristalizar, sólo una cobra realidad. La próxima vez que esta sustancia cristalice en cualquier lugar del mundo, la resonancia mórfica de los primeros cristales aumentará la posibilidad de esta misma pauta de cristalización, y así sucesivamente. A medida que la pauta se convierte en algo cada vez más habitual, aparece una memoria acumulativa. Como consecuencia, el cristal tenderá a formarse más fácilmente en todo el mundo. Esta tendencia es bien conocida; por lo general, resulta difícil que cristalicen nuevos compuestos; a veces se necesitan semanas, o incluso meses, para su formación en soluciones sobresaturadas.

A medida que pasa el tiempo, tienden a aparecer con más facilidad en todo el mundo. Entre los químicos, la explicación más aceptada de este fenómeno es que hay fragmentos de los cristales anteriores que pasan de un laboratorio a otro prendidos en las barbas o las ropas de los químicos que emigran. Esos cristales sirven después como núcleos para otros nuevos del mismo tipo. O bien se supone que esos cristales-semillas son esparcidos por todo el mundo como partículas microscópicas de polvo atmosférico.

La hipótesis de la causación formativa predice que tales cristalizaciones deben producirse con mayor facilidad en condiciones normalizadas a medida que pasa el tiempo, incluso aunque los químicos ajenos sean rigurosamente excluidos del laboratorio, y se filtren las partículas de polvo de la atmósfera. En el reino de la morfogénesis biológica, la hipótesis predice que si los organismos siguen una pauta inusual de desarrollo -por ejemplo, cuando aparecen adultos anormales como resultado de la exposición de los embriones a un ambiente inusual-, cuanto mayor sea la frecuencia con que esto suceda, más probable será que vuelva a suceder. Ya existen pruebas, recogidas en experimentos con las moscas de las frutas, de que, efectivamente, es más probable que se desarrollen de modo anormal después de que otros ejemplares lo hayan hecho.

Desde este punto de vista, los organismos vivos no sólo heredan los genes, sino también los campos mórficos. Los genes se reciben materialmente de los antepasados, y permiten elaborar ciertos tipos de moléculas proteínicas; los campos mórficos se heredan de un modo no-material, por medio de la resonancia mórfica, no sólo de los antepasados directos, sino también de los demás miembros de la especie. El organismo en desarrollo se sincroniza con los campos mórficos de su especie, y de tal modo se basa en una memoria mancomunada o colectiva.

Las mutaciones genéticas pueden afectar a este proceso de sintonía y la capacidad del organismo para desarrollarse bajo la influencia de los campos, así como los cambios en los condensadores o en otros componentes de un televisor pueden afectar su sintonización con un canal privado o la recepción de los programas; es posible que la imagen o el sonido se reciban distorsionados. Pero el hecho de que los componentes mutantes puedan afectar a las imágenes y los sonidos producidos por el receptor de televisión no demuestra que los programas televisivos estén incorporados en los componentes del equipo y sean generados dentro de él. De modo análogo, los cambios gen éticos pueden afectar la forma y la conducta de los organismos, pero esto no demuestra que la forma y la conducta de estos últimos estén programadas en los genes.

La conducta instintiva presenta las mismas características holísticas, intencionales, que la morfogénesis. Por ejemplo, una avispa del barro hembra construye un nido subterráneo, lo reviste de barro y después levanta en la entrada un largo tubo que finaliza en un embudo. La función de la estructura parece ser excluir a las avispas parásitas, que patinan sobre la suave superficie interior del embudo y no pueden penetrar en el nido. El insecto pone un huevo en el extremo del túnel y almacena gusanos paralizados y sellados en compartimientos separados. Finalmente, obtura con barro la entrada en el nivel del suelo, destruye el embudo cuidadosamente construido y esparce los fragmentos. Lo hace todo instintivamente, sin tener que aprenderlo de otras avispas.

Desde un punto de vista vitalista, esa conducta instintiva intencional depende de la actividad organizadora del alma o la entelequia, que organiza la actividad de los sentidos, el sistema nervioso y los órganos motores para el logro de sus fines. Desde el punto de vista criptovitalista ahora convencional, esta organización dirigida hacia la meta puede atribuirse al programa gen ético. Pero el modo como la síntesis de ciertas proteínas origina una conducta compleja dirigida hacia una meta (como la de la avispa del barro) sigue siendo totalmente oscuro. Desde un punto de vista holístico, esa conducta intencional depende de principios organizadores holísticos. La naturaleza de estos principios, a veces denominada “propiedades sistémicas emergentes”, por lo general queda sin aclarar. Yo considero que está constituida por campos mórficos que, igual que los otros tipos de campos mórficos, se heredan gracias a la resonancia mórfica. Los instintos son hábitos de conducta de la especie, y dependen de una memoria colectiva inconsciente. A través de los campos mórficos, las pautas de conducta son atraídas hacia fines o metas proporcionados por sus atrayentes.

Si la conducta es efectivamente gobernada por campos mórficos, cuando algunos miembros de una especie adquieren una nueva pauta de conducta y por lo tanto un nuevo campo -por ejemplo aprendiendo una nueva astucia- los otros deben tender a aprender lo mismo con más rapidez, incluso en ausencia de cualquier medio conocido de conexión o comunicación. Cuantos más sean los miembros de la especie que realizan ese aprendizaje, mayor será este efecto en todo el mundo. Así, por ejemplo, si las ratas de laboratorio aprenden una nueva treta en América, las ratas de los laboratorios de cualquier otra parte deben presentar una tendencia a aprenderla con más rapidez. Existen pruebas experimentales de que realmente este efecto se produce.

Tomado de EL RENACIMIENTO DE LA NATURALEZA, disponible en http://losdependientes.com.ar/uploads/fyzul2pj88.pdf


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